
La maldición del Rey Lycan
- Tür: Werewolf
- Yazar: Maia Levone
- Bölümler: 14
- Durum: Devam ediyor
- Yaş sınırı: 18+
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Açıklama
Yo era una mestiza sin loba, condenada a servir en el castillo del Rey Lycan. Solo quería sobrevivir hasta que encontré a Rowan Berkir consumido por espinas negras. Sus colmillos se hundieron en mi piel y mi sangre reconoció la suya. Él era mi mate. También era el hombre que había masacrado a las hechiceras de las que yo descendía. Rowan me encadenó, me convirtió en su cura y me tocó como si me odiara tanto como me deseaba. Yo empecé a amarlo justo antes de que me rechazara frente a toda su corte y ordenara quemarme viva, sin saber que llevaba a su hijo en mi vientre. Escapé al Bosque Oscuro y desperté como Thalia Bloodrose-Fatos, heredera del Aquelarre de la Rosa y del trono que su familia robó. Cinco años después, el rey que me llamó esclava ha llegado sin corona, dispuesto a arrodillarse. Pero mi perdón no romperá la maldición. Tal vez tenga que romperlo a él.
Preludio
La maldición
Rowan
El páramo ya olía a muerte cuando llegué al Aquelarre de la Rosa.
Las casas blancas ardían bajo un cielo sin luna mientras mis soldados recorrían las calles, derribaban altares, sacaban familias de los sótanos y prendían fuego a cualquier símbolo que llevara una rosa bordada.
El humo tenía un olor dulzón que se pegaba a la garganta, pero *p*n*s lo noté.
Lo único que cruzaba por mi cabeza era el hecho de que mi padre, mi madre y mis dos hermanos estaban muertos.
Dante, el mayor, había quedado tendido en las escaleras del salón real con el cuello roto, mi madre murió a pocos metros de él y, días después, encontraron en el bosque los cuerpos de seis niños del orfanato que mi madre patrocinaba sobre círculos rituales marcados con el sello del aquelarre.
El Consejo me había entregado pruebas, nombres y confesiones, y todo conducía a Thais Bloodrose, la mujer que había cenado en nuestra mesa y a la que mi madre llamaba amiga.
Mátalos a todos, gruñó Eren dentro de mí.
Y la verdad, era que no necesitaba que mi bestia me lo pidiera porque había tomado esa decisión mucho antes de llegar.
Al llegar cerca de la plaza, el capitán de la guardia se acercó cubierto de ceniza.
Habíamos llegado al páramo antes de que el cielo terminara de oscurecer, y durante horas vi desfilar ante mí cofres con objetos rituales, pergaminos manchados y declaraciones recogidas por hombres del Consejo.
No comprobé personalmente una sola de aquellas pruebas, en ese momento me pareció innecesario: llevaba días sin dormir, había enterrado a mi familia y necesitaba que alguien tuviera un rostro al que pudiera odiar.
Y Thais Bloodrose me lo había dado.
Mi mejor amigo Alexis había preguntado los pasos a seguir y me sugirió capturar a la Hechicera Suprema y obligarla a responder ante el consejo, pero eso no era lo que quería.
No había ido al Aquelarre de la Rosa a escuchar explicaciones, sino a ejecutar una sentencia que en mi cabeza ya estaba dictada.
La diferencia entre venganza y justicia me importaba muy poco mientras todavía pudiera recordar el tacto helado de la mano de mi madre cuando cerré sus ojos.
—Majestad, el templo está rodeado. Hay aprendices dentro. Ancianos, sanadores... también niños.
—¿Y Thais? —pregunté con rudeza.
—No aparece.
Miré las puertas de mármol del templo y una rosa roja estaba tallada sobre ellas, abierta como una herida.
—Clávenlas desde fuera.
El capitán tardó un segundo en obedecer.
—Majestad...
Lo miré.
—He dicho que las claven —ordené con rabia.
El capitán apretó la mandíbula antes de girarse.
Vi la duda en él y también en dos soldados que aguardaban detrás, lobos que habían servido a mi padre y que no estaban acostumbrados a recibir órdenes contra niños. En otro tiempo aquella vacilación habría bastado para detenerme y preguntar qué clase de rey estaba a punto de convertirme.
Había perdido demasiado como para tolerar que alguien más conservara escrúpulos, así que aquella noche solo la interpreté como debilidad.
Los soldados comenzaron a martillar barras de hierro sobre las hojas del templo y, al otro lado, primero respondieron los golpes y después los gritos. Un muchacho que no tendría más de trece años apareció corriendo entre dos columnas con una daga ceremonial entre las manos; temblaba tanto que la punta le golpeaba la muñeca.
—No pasará, Rey Lycan.
Tal vez fue valiente o tal vez demasiado tonto para comprender a qué se enfrentaba; no tuvo tiempo de descubrir la diferencia porque le atravesé el pecho con la espada y lo dejé caer frente a la rosa de mármol.
—Fuego azul —ordené.
Las llamas subieron por las puertas y los gritos cambiaron hasta dejar de ser amenazas y golpes contra el mármol para convertirse en súplicas. Una niña llamó a su madre tantas veces que su voz terminó mezclándose con el rugido del incendio y, durante un instante, algo en mi pecho intentó detenerme; entonces recordé los ojos abiertos de mi hermano Dante.
—Que arda.
—¡Basta!
La voz cruzó la plaza como una descarga y Thais Bloodrose apareció escoltada entre los restos del templo. Llevaba el vestido blanco de las sacerdotisas roto en un hombro y manchado de sangre; dos guardias la sujetaban mientras las esposas anuladoras de magia le quemaban las muñecas, pero ella ni siquiera los miró, sus ojos azules fueron directamente al fuego.
—Hay niños ahí dentro —dijo ella con dolor.
—Lo sé.
Thais me miró con un horror que habría preferido ver convertido en miedo.
—Rowan, abre las puertas.
—Confiesa.
—No hice lo que dices.
Una mano pequeña apareció entre una abertura del mármol, desapareció segundos después bajo las llamas y Thais se dobló como si la hubieran golpeado.
—Confiesa y quizá detenga esto —dije con firmeza.
Me miró con lágrimas corriéndole por las mejillas.
—Tú no quieres una confesión, quieres una mentira que haga soportable lo que estás haciendo.
La abofeteé con furia y su labio se abrió.
—¡Tus símbolos estaban sobre los cadáveres de mi familia! —grité con ira.
—Los copiaron.
—¡Había altares en tus bosques!
—Los sembraron.
—¡Encontramos niños muertos!
El dolor le transformó el rostro.
—Y yo intenté advertirle a tu madre quién los estaba matando.
En ese momento, escuché pasos detrás de mí. Varek descendía por la escalinata con la capa del Consejo limpia pese a la masacre. Thais lo vio y dejó de respirar.
—Tú...
Varek inclinó la cabeza.
—No la escuche, majestad, las hechiceras convierten la duda en un arma.
Thais forcejeó.
—Tu madre me escribió antes de morir. Sabía que alguien del Consejo había entrado en el palacio. Me pidió que escondiera algo que ellos no podían encontrar.
—Mientes.
—Busca su última carta… pregunta quién selló las cámaras antes de que llegaran los guardianes reales. Pregunta por qué el Consejo llegó primero a los cadáveres.
Vi cómo Varek apretaba el puño *p*n*s un instante, pero fue suficiente para que la duda me atravesara. Entonces las puertas del templo cedieron y el cuerpo de una mujer cayó envuelto en fuego. Thais gritó, aquella duda murió con el sonido y ella terminó de rodillas frente a mí.
Thais volvió la mirada hacia Varek y luego hacia mí.
Durante un instante dejó de forcejear, como si comprendiera que ya no podía convencerme con argumentos y solo le quedara intentar salvar vidas. Aun así, antes de arrodillarse, habló con una calma que me resultó más perturbadora que cualquier amenaza.
—Estás castigando al pueblo equivocado, Rowan. Y cuando lo entiendas, no habrá tumba suficientemente profunda para esconderte de lo que hiciste hoy.
Varek soltó una risa breve.
—Ella es una vil manipuladora, mi rey.
Miré a la mujer con asco.
—¡Mátame a mí! —rogó ella—. Rómpeme el núcleo, arráncame la piel, borra mi nombre. Pero deja vivir a los demás. Hay inocentes, Rowan. Hay niños que todavía creen que los dioses escuchan. No les demuestres que están equivocados.
La plaza quedó en silencio y Varek se acercó a mi oído.
—Mi rey, su usted vacila, las demás especies creerán que la corona es débil.
Miré a las familias reunidas entre los soldados: madres abrazando a sus hijos, ancianos intentando cubrir a los jóvenes y hombres heridos que *p*n*s podían mantenerse en pie. Todos llevaban la rosa bordada en alguna parte, el mismo símbolo que había aparecido sobre los muertos de mi familia.
—Llévenla con los demás —espeté.
Thais levantó la cabeza.
—Rowan, no.
Varek desenrolló el edicto.
—Por traición a la corona, asesinato de la familia Berkir y genocidio ritual, el Consejo Lycan decreta la extinción del Aquelarre de la Rosa.
Los arqueros tensaron las cuerdas y una mujer huyó con un bebé contra el pecho.
—Que nadie salga.
La flecha atravesó la espalda de la madre, cayó sobre el niño y Thais lanzó un alarido tan potente que la tierra tembló.
—¡Detente! —suplicó ella—. ¡Todavía puedes detenerlo!
No lo hice.
El fuego azul cayó sobre la plaza y los cuerpos comenzaron a arder mientras Thais forcejeaba hasta dislocarse un hombro; la obligaron a mirar cómo su pueblo desaparecía entre las llamas y yo también lo hice, sin apartar los ojos ni una sola vez.
Cuando el último grito se apagó, algo dentro de mí se enfrió y caminé hacia ella.
—Tu aquelarre ya no existe.
Ya no había súplica en su mirada, sino una serenidad tan oscura que Eren retrocedió dentro de mí. Así que me moví rápido y hundí la mano en su pecho hasta sentir cómo cedían las costillas y el corazón golpeaba contra mis dedos.
—¿Últimas palabras?
Thais tosió sangre y sonrió.
—No te maldeciré por haberme matado, te maldeciré por haber disfrutado mientras morían —dijo mientras sus ojos se volvieron negro—. Me quitaste a mi pueblo. Ahora cargarás con mi jardín.
La palma ensangrentada de Thais se apoyó sobre mi pecho.
El viento levantó las cenizas, Varek retrocedió.
Intenté responderle, pero el aire cambió antes de que pudiera pronunciar una palabra.
No fue una corriente normal, olía a tierra mojada, hierro y flores recién cortadas, una combinación imposible en medio de tanta ceniza. Las brasas de la plaza se apagaron al mismo tiempo y los soldados retrocedieron, mientras el cuerpo de Thais parecía absorber la poca luz que quedaba a su alrededor. Entonces comprendí que la mujer a la que acababa de condenar todavía guardaba suficiente poder para hacer algo que ninguno de nosotros podría deshacer.
—Rex Lycanorum, in cruciatu morieris, et populus tuus in cinerem cadet (Rey de los Lycans, morirás en tormento y tu pueblo caerá en cenizas).
Intenté arrancarle el corazón, pero mi brazo dejó de responder.
—Nullum remedium in terris invenietur ad hanc cladem (No habrá remedio en la tierra para esta perdición).
Eren aulló.
—Sola rosa ex sanguine meo florens hanc exsecrationem solvet (Solo una rosa florecida de mi sangre romperá esta maldición).
La luz roja salió de su cuerpo y entró en el mío.
Caí de rodillas y sentí raíces abriéndose bajo mi piel, espinas buscando mis huesos y una flor negra desplegándose alrededor de mi corazón.
—Donec illa veniat, in tenebris perite (Hasta que ella llegue, perezcan en la oscuridad).
El cuerpo de Thais se convirtió en ceniza luminosa.
Brotes negros nacieron bajo mis manos, luego se extendieron sobre los cadáveres, quebraron el mármol y devoraron la hierba.
—¡Rowan! —gritó Alexis.
—¡No lo toquen! —ordenó Varek—. ¡No toquen las rosas!
Alexis rompió mi camisa con una daga y el silencio que siguió me confirmó lo que no quería ver: el rosal ya cubría parte de mi pecho.
Vomité sangre mientras, a lo lejos, las raíces negras abandonaban el páramo y se deslizaban hacia Lycantia, hacia mi reino.
La voz de Thais regresó una última vez.
—Cuando la rosa perdida vuelva, sabrás que mataste la única verdad que podía salvarte.
La oscuridad me tragó.
Y comprendí demasiado tarde que mi venganza no había terminado con el aquelarre, solo había elegido una víctima más grande.
Mi pueblo entero.
Capítulo 1
Una noche lejos de las cocinas
Nasrin
Nueve años después
La humillación no tiene fondo.
Lo descubrí con las rodillas sobre piedra helada, los dedos entumecidos dentro de un balde de agua negra y la bota de mi jefa, Mireya, aplastándome la mano contra el suelo de la cocina.
—Más fuerte, mestiza. Quiero verme la cara en esas piedras.
—Sí, señora.
No levanté la vista, no hacía falta.
Mireya dirigía a las Omegas del servicio y ese puesto le daba privilegios suficientes para convertir mi vida en un castigo permanente: si protestaba, limpiaba los hornos; si la miraba mal, fregaba los pasillos durante la madrugada, y si lloraba, encontraba alguna manera de hacerme llorar todavía más.
Con el tiempo había aprendido una técnica sencilla para soportarla: respirar, obedecer y sobrevivir.
—Parece una rata blanca —comentó una











