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La Predestinada del Alfa

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Annotation

Selena siempre creyó que sus sueños eran solo fruto de su imaginación, un refugio de su mente inquieta. Pero cuando el mismo hombre de ojos ámbar sigue apareciendo noche tras noche, los límites entre el sueño y la realidad comienzan a desvanecerse. Él la toca, la llama por su nombre y la reclama como si siempre le hubiera pertenecido. Con cada nuevo encuentro, la intensidad entre ellos crece, pero también la sensación de peligro. El deseo y el misterio se entrelazan cuando la verdad empieza a surgir de las sombras. El hombre de sus sueños no es solo un delirio, y Selena descubre que hay algo mucho más profundo—y oscuro—uniéndolos. Cuando despierta con marcas en su piel y un símbolo grabado en su hombro, comprende: él no es solo un sueño. Es real. Y viene por ella.

Chapter 1

Selena

Tenía diecisiete años cuando todo comenzó.

Al principio, pensé que era solo otro desvarío tonto, fruto de las historias prohibidas que devoraba a escondidas. Pero estos sueños… estos sueños eran diferentes. Eran viscerales, intensos. Tan reales que, al despertar, mi corazón todavía martilleaba en mi pecho, mi piel hormigueaba donde él me había tocado.

Él.

El hombre que aparecía todas las noches, envolviéndome con su presencia avasalladora.

Era hermoso. No, hermoso era un adjetivo demasiado débil para describirlo. Él era el pecado mismo moldeado a la perfección. Cabello negro y salvaje, una mandíbula afilada y fuerte, y esos ojos…

¡Dios mío, esos ojos!

Ámbar ardiente, como fuego líquido, brillando en medio de la oscuridad. Me observaba como si me conociera. Como si ya supiera cada uno de mis secretos más profundos antes de que yo misma los admitiera.

Y siempre era igual.

La primera vez que apareció, intenté huir. Mi instinto gritaba que aquello no era normal, que había algo extraño en la forma en que me miraba. Pero cuando su voz tocó mis oídos—grave, ronca, cargada de un hambre silenciosa—, me congelé.

Selena…

El sonido de mi nombre en su boca era un hechizo.

Y entonces, él se acercaba.

Podía sentir el calor de su cuerpo, el aroma que se aferraba a su piel—tierra húmeda y madera quemándose, algo primitivo y arrollador. Cuando su mano tocaba mi rostro, un escalofrío recorría mi espalda, despertando una inquietud que no comprendía.

Y entonces, él me besaba.

No era un beso casto.

Era un roce hambriento, un choque feroz de labios, una reivindicación. Cada vez que sus dedos se enredaban en mi cabello y me jalaban más cerca, el mundo a mi alrededor desaparecía. Olvidaba quién era, dónde estaba. Todo lo que existía era él.

Hasta que algo cambiaba.

Al principio, solo eran sombras a su alrededor, distorsionando el aire, como una ilusión a punto de romperse. Pero noche tras noche, la transformación se hacía más intensa. Veía sus músculos tensarse, sus ojos arder aún más, un brillo salvaje dominando su expresión.

Y entonces, él desaparecía.

En el lugar del hombre, tomaba forma un lobo.

Grande. Imponente. Peligroso.

Su pelaje negro brillaba bajo la luz plateada de la luna. Y sus ojos… los mismos ojos ámbar brillaban en la oscuridad, fijos en mí, expectantes.

Como si esperara algo.

Como si esperara que yo entendiera.

Debería haber estado aterrada. Cualquier persona normal lo estaría.

Pero el miedo nunca llegaba.

Porque en el fondo de mi alma, yo lo sabía.

Sabía que él no era solo un sueño.

Sabía que de alguna manera, él me pertenecía… y que yo también le pertenecía a él.

A la mañana siguiente, desperté jadeante, las sábanas pegadas a mi cuerpo por el sudor. La habitación aún estaba oscura, pero los primeros rayos de sol comenzaban a atravesar las cortinas, disipando las sombras de la noche.

Me llevé una mano a los labios, sintiendo la sensación del beso aún viva en mi piel. Pero eso era imposible. Lo sabía.

O al menos, debería saberlo.

Me levanté de un salto. El reflejo en el espejo me mostró a una chica de ojos desorbitados, el cabello largo y oscuro enredado sobre los hombros. Mis pupilas seguían dilatadas, como si hubiera corrido una maratón.

Respiré hondo, intentando calmar mi corazón.

Esto no era normal. Ningún sueño debería ser tan real. Ningún roce, ninguna voz, ninguna mirada debería permanecer conmigo tanto tiempo después de despertar.

Pero yo lo sentía.

Sentía que algo dentro de mí estaba despierto, esperando… ansiando.

Un escalofrío volvió a recorrer mi piel.

Fue entonces cuando lo noté.

Un rasguño fino, como un corte superficial, cruzaba el lateral de mi cuello. Lo toqué, sintiendo un ligero ardor.

El aire se atascó en mi garganta.

Esto… no podía ser real.

¿O os de nuevo, no quería sentir el peso de ese deseo prohibido en mi pecho. Pero el agotamiento me venció, y cuando el sueño me envolvió, él estaba allí.

Esperándome.

Esta vez, no intenté huir.

Esta vez, cuando se acercó, fui yo quien tocó su rostro primero.

— ¿Quién eres? — susurré, sintiendo su piel cálida bajo mis dedos.

Él tomó mi mano y la llevó hasta su pecho. Su corazón latía fuerte, salvaje, en un ritmo que parecía entonar mi nombre.

Tú ya lo sabes.

Y entonces, como si las estrellas hubieran explotado a nuestro alrededor, todo cambió.

El suelo desapareció.

El cielo se abrió.

Y mi mundo nunca volvió a ser el mismo.

Siempre que intentaba gritar, el sueño terminaba.

Despertaba en mi cama, sudorosa y temblorosa, el corazón golpeando como si acabara de correr una maratón. Mi respiración agitada me anclaba a la realidad, pero el calor de su toque aún ardía en mi piel. Me quedaba ahí, mirando el techo, tratando de descifrar las señales.

¿Estaba perdiendo la cabeza?

¿O estos sueños eran solo un reflejo de mi mente cansada, aburrida por la monotonía de mi vida?

Nunca le conté a nadie. ¿Cómo podría? ¿Cómo explicar que, todas las noches, un extraño invadía mis sueños, tomaba mi boca con besos desesperados y, antes de que pudiera pronunciar una palabra, se transformaba en un lobo de ojos salvajes?

Comencé a evitar dormir, temiendo el momento en que él regresaría. Pero era inútil. Siempre volvía.

Hasta que, una noche, todo cambió.

El sueño llegó más intenso. Estaba en un claro iluminado por la luna llena, el aire impregnado del olor a pino y tierra húmeda. El viento helado besaba mi piel, pero el calor que irradiaba el hombre frente a mí hacía vibrar mi cuerpo.

Él estaba ahí. Esperándome.

La misma mirada penetrante, una mezcla de fascinación y posesión. La misma media sonrisa peligrosa que hacía latir mi corazón como un tambor de guerra.

— ¿Sabes quién soy, Selena? — Su voz era una invitación y una amenaza al mismo tiempo.

Mi nombre en sus labios sonaba como un hechizo, un llamado imposible de ignorar.

Mi instinto gritaba que corriera. Pero mi cuerpo… mi cuerpo no se movía.

— Yo… — mi voz se quebró. Porque, en el fondo, yo lo sabía.

Él se acercó, sus pasos lentos y depredadores. Sus dedos recorrieron mi rostro, trazando mis contornos con una delicadeza inesperada.

Todo mi cuerpo reaccionó a su toque. Una ola de calor subió por mi espalda y mi respiración se atascó en mi garganta.

Tú me sientes, ¿verdad? — susurró, su aliento cálido rozando mi boca, su presencia llenando cada parte de mi ser.

Quería negarlo. Quería huir.

Pero, ¿cómo huir de algo que estaba dentro de mí?

Él sonrió, una sonrisa que mezclaba ternura y peligro.

Es hora de recordar, mi amor.

Y, antes de que pudiera preguntar qué significaban sus palabras, la noche se hizo pedazos a mi alrededor.

Luz y sombras se entrelazaron, arrastrándome hacia un abismo desconocido. El rugido de un lobo resonó en el viento, profundo, gutural, como un llamado primitivo que erizó mi piel. Y entonces… desperté. Sola. Con la abrumadora sensación de que aquel hombre no era solo un sueño. Era real. Y me estaba esperando.

Su voz… Era grave como un trueno distante, pero al mismo tiempo, suave como un susurro que se deslizaba por cada rincón de mi ser. No era solo un sonido; era un eco de algo antiguo, algo que parecía venir de lo más profundo de mí. Cada sílaba cargaba un peso invisible, una memoria olvidada que latía en mi piel, como un secreto al borde de ser revelado.

Intenté responder, pero las palabras murieron en mi garganta. Él dio un paso al frente. Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente, retrocediendo por instinto. Pero no era miedo. No a él. Era algo más. Algo oscuro, profundo y peligroso. Una fuerza invisible que me arrastraba hacia él, como si mi destino estuviera ligado al suyo de una manera que aún no comprendía.

—No tengas miedo de mí, Selena.

La manera en que pronunció mi nombre me hizo estremecer. No fue solo el sonido de su voz. Fue el peso que cargaba, la certeza inquebrantable de que ya me pertenecía. Su tono era una promesa velada, una súplica silenciosa y, al mismo tiempo, una orden imposible de desobedecer.

Extendió su mano. Sus dedos estaban tan cerca que podía sentir el calor irradiando de ellos, llamando a mi piel, despertando algo dentro de mí que no sabía que existía. Y entonces, ante mis ojos, todo cambió.

El hombre desapareció. En su lugar, surgió el lobo.

Inmenso. Magnífico. Salvaje.

Sus ojos ardían como brasas encendidas, atrapando los míos con una intensidad sofocante. La luz plateada de la luna se reflejaba en su pelaje oscuro, creando un resplandor etéreo que lo hacía aún más imponente, más irreal.

Pero esta vez, no se quedó quieto. Avanzó.

El aire se volvió denso, pesado. El miedo y la fascinación se mezclaron en mis venas. Mi cuerpo reaccionó antes de que mi mente pudiera comprender lo que estaba ocurriendo. Retrocedí, mi respiración entrecortada.

El lobo no se detuvo. Mi corazón martilleaba en mi pecho, su latido frenético resonando en mis oídos como un tambor de guerra. Tropecé. Caí de espaldas al suelo.

El impacto me dejó sin aliento.

Y entonces, él se inclinó sobre mí. Sus ojos. Aquellos ojos imposibles de ignorar estaban tan cerca que podía ver mi reflejo en ellos.

Su aliento caliente acarició mi piel.

Y en ese instante, supe que no estaba soñando.

Pero antes de que pudiera hacer algo…

Todo se desvaneció.

El mundo a mi alrededor se disolvió en sombras.

Desperté con un grito atrapado en mi garganta, mi cuerpo cubierto de sudor frío, un escalofrío recorriéndome de pies a cabeza.

El cuarto estaba oscuro. Pero él seguía allí. No podía verlo. No podía tocarlo. Pero podía sentirlo.

Su presencia flotaba en el aire, como un perfume invisible que no debería existir fuera de mis sueños.

Lentamente, giré la cabeza hacia la ventana. La luna llena debería estar brillando en el cielo, pero todo lo que vi fueron densas nubes cubriendo el firmamento, ocultando cualquier vestigio de luz. Como si el universo me estuviera ocultando algo.

—¿Qué me está pasando? —mi voz salió baja, quebrada, un susurro ahogado en el vacío.

Me abracé a mí misma, como si ese gesto pudiera disipar la sensación de su presencia en mi piel. Pero no sirvió de nada. El frío no se iba. La sensación de que no estaba sola no se desvanecía.

A la mañana siguiente, todo parecía igual.

Pero no lo estaba.

Había algo diferente en mí. Un peso invisible. Un llamado silencioso que no podía ignorar.

Fue entonces cuando me miré en el espejo.

Mientras me ponía la blusa, un detalle captó mi atención. Me detuve. Mi corazón se disparó.

En mi hombro…

Algo que no estaba ahí antes.

Un símbolo.

No era una mancha. No era un rasguño.

Era una marca.

Una cicatriz perfectamente delineada. Una luna creciente.

Mi cuerpo se quedó inmóvil.

No era posible.

Toqué la marca con dedos temblorosos, sintiendo la textura ligeramente elevada de la piel. Parecía antigua y, al mismo tiempo, nueva. Como si acabara de aparecer… o como si siempre hubiera estado ahí, esperando el momento exacto para ser revelada.

Un escalofrío me recorrió la columna.

Mi mente se negaba a aceptar lo que estaba viendo, pero mi cuerpo lo sabía.

Cada fibra de mi ser entendía que esto no era un sueño.

No era casualidad.

Era una advertencia.

Y lo que fuera que significaba…

Él estaba viniendo por mí.

Mis manos se aferraron al borde del lavamanos, intentando estabilizarme. Mi pecho subía y bajaba de manera errática, el aire quemando mis pulmones. No entendía nada, pero lo sentía.

El mismo frío en mi piel.

La misma presencia envolviendo el aire.

Un hilo invisible me conectaba a él, tirando de mí con más fuerza a cada segundo.

Un susurro fantasmagórico cruzó mi mente.

Selena…

Cerré los ojos, sintiendo que mi realidad se fracturaba.

Él estaba aquí.

Incluso si no podía verlo, él ya estaba aquí.

Chapter 2

Selena

Durante dos años, soñé con él.

Cada noche, aquel hombre desconocido invadía mi mente. Era hermoso de una manera imposible, casi sobrenatural. Sus ojos claros y brillantes me quemaban hasta el alma, como si pudieran ver cada uno de mis secretos más profundos. Su toque era un incendio, susurros un llamado al caos. Y cuando despertaba, su aroma aún flotaba en el aire, una mezcla de tierra mojada y madera, visceral, indomable.

Pero él solo era un sueño. ¿No era así?

Aprendí a convivir con esa obsesión silenciosa. O al menos, eso intentaba. Hasta aquella mañana, cuando mi hermano, Ethan, soltó una bomba de manera casual.

—Un viejo amigo se quedará aquí unos días. Llegó ayer.

Levanté la vista de mi taza de café, sin mucho interés.

—¿Desde cuándo recibes visitas?

Ethan rió, acomodándose la mochila del gimnasio.

—Tiene que arreglar algunos asuntos en la ciudad. Probablemente te agradará. Se llama Damian.

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