
Cadenas de plata y fuego
- Genre: Werewolf
- Author: Zéquiel Espin
- Chapters: 8
- Status: Ongoing
- Age Rating: 18+
- 👁 33
- ⭐ 5.0
- 💬 2
Annotation
Mataría por ella, te juro que mataría por ella... Ezequiel no es un hombre lobo, es un lobo que puede convertirse en humano, pero a diferencia de los cambia formas, el sólo puede convertirse en humano durante 30 minutos. Tiene que romper su maldición si sólo tiene relaciones sexuales con el amor de su vida, pero el detalle está en conseguirla. Allí conoce a Abigail, una mujer Alfa que es la líder de su manada y quiere acabar con su mayor enemigo, la manada de Ezequiel. (Primer libro de la duologia)
Demacrada.
El aire de Alaska era una bofetada helada, pero lo que realmente cortaba era el hedor a sangre. No cualquier sangre, era sangre de lobo, espesa sobre la maldita nieve del bosque.
Abigail gruñó, un sonido que era mitad desafío, mitad furia demacrada. Su pelaje carmesí se confundía con la noche de sangre y sus ojos azules eran dos faros encendidos de rabia. Los de la Manada del Fuego se habían atrevido a pisar su línea, la manada de la plata. ¡Nunca!
Saltó, sintiendo el impulso primario de la Alfa, esa necesidad de arrancar la garganta del enemigo. Por generaciones, su gente había odiado a la Manada del Fuego. Era una guerra vieja, dura, por territorio y respeto. Pero esta noche, había algo mal. El fuego de la batalla se sentía frío, como si lucharan contra sombras.
De repente, un aullido se clavó en la noche. No era el aullido de un lobo herido, era un gemido de ultratumba, sucio y antinatural, ése aullido penetró entre sus huesos.
Y luego aparecieron ellos. Tres siluetas. Lobos flacos, de un negro que parecía robar la luz. Olían a tierra de cementerio y a algo que hacía que el estómago se encogiera, magia negra. Eran la Manada de los Huesos Negros, y no estabanhaciendo sus jueguitos de guerra absurda.
El más grande se movió como un relámpago oscuro hacia Abigail. Ella reaccionó por instinto, girando, pero no fue lo suficientemente rápida. Un dolor cegador y agudo le rasgó el costado. No solo sintió la carne abierta, sino un veneno helado que se esparció desde la herida. Magia. La hizo caer de rodillas.
El mundo se volvió un borrón. Sus lobos, los de la Plata, se retiraban confusos, llevándose a sus caídos. Ella quedó allí, la gran Alfa, sola, sangrando sobre la nieve que pronto sería su mortal sudario. Nadie la vio caer, excepto el que menos debía verla, sus malditos enemigos.
La batalla había terminado, y ella fué Dada por muerta
En el borde del bosque, un espectador. Ezequiel, de la manada de fuego, el paria marcado. Su pelaje era de un negro ahumado, el color de su maldición. Él vivía como una sombra, protegiendo a su gente sin ser visto. El destierro le dolía más que cualquier golpe.
Pero cuando vio a Abigail caer, el dolor personal se evaporó. Su instinto —algo mucho más profundo y peligroso que la lealtad de la manada— tomó el control. Sabía que estaba herida, sólo fué instinto.
Se deslizó entre los árboles. La encontró desplomada, respirando a bocanadas, su hermosa luz azul apagándose por su sangre en el suelo. Olfateó la herida. El hedor a muerte y brujería era inconfundible. Huesos Negros. Estaban usando el odio de los demás para cazarlos a todos.
Con un gruñido grave, Ezequiel la alzó. Ella era pesada, pero el impulso de protegerla era una fuerza primitiva. Olvidó su maldición, olvidó su destierro. En ese momento, solo era un lobo rescatando a su compañera. Se la llevó, corriendo hacia su escondite de hielo, el único lugar donde podía atreverse a transformarse así sea por 30 minutos.
Ezequiel la dejó suavemente en un lecho improvisado de pino, dentro de la cueva gélida. La miró, notó que aún respiraba, pero necesitaba ayuda urgente.
Y entonces, lo sintió. El familiar e ineludible tirón del tiempo.
No podía curarla como lobo. Necesitaba manos humanas, y necesitaba palabras. Su tiempo se agotaba como un incendio forestal.
No podía curarla como lobo. Necesitaba manos humanas, y necesitaba palabras. Su tiempo se agotaba como un incendio forestal.
El temblor comenzó. El pelaje de Ezequiel empezó a humear con un vapor frío y doloroso. Los músculos se desgarraron y se recompusieron. Los huesos crujieron.
Ella abrió los ojos, confusa. Frente a ella, el gran lobo oscuro se convirtió en un hombre musculoso, desnudo y cubierto de cicatrices. Estaba empapado en sudor y urgencia.
-No grites. siseó Ezequiel, su voz era roca raspada. -Soy Ezequiel. El Alfa del Fuego. El lobo que te salvó. Y tienes treinta minutos para entender que si no unimos el Fuego y la Plata, los Huesos Negros nos matarán a todos. Escúchame, Abigail. Tu vida y la de tu gente dependen de que confíes en el paria que tienes delante.
Abigail sintió un golpe de adrenalina, un impulso desesperado por levantarse y atacar al hombre desnudo y humeante frente a ella. ¡Ezequiel! ¡El peor enemigo de su linaje!
Intentó moverse. El dolor la cortó como un látigo, punzando desde la herida maldita en su costado. Cayó de nuevo sobre las agujas de pino. Estaba atrapada. Estaba débil. Estaba a merced del hombre que su manada, la Plata, había jurado erradicar.
Su mente luchó por encontrar un punto de anclaje, y lo encontró en la visión inmediata.
Su mirada, a pesar del dolor, se fijó en la figura de Ezequiel. Estaba completamente desnudo. Era grande, marcado por las cicatrices de una vida de lucha, y el vapor de la transformación aún se aferraba a su piel bronceada. Abigail, la guerrera que no temía a nada, sintió cómo el calor subía por su cuello. No era miedo; era una punzada de pura vergüenza. Ella, la temida Alfa de la Plata, estaba tendida como una presa, débil, mientras su más grande enemigo, susalvador, estaba allí, sin ocultar nada. Era una humillación total, por un momento pensó que se aprovecharía de ella.
-Vístete- siseó Abigail, su voz era *p*n*s un graznido. Su instinto de Alfa no estaba muerto, estaba mal parado, y su primera orden fue para restablecer alguna forma de decoro y control.
Ezequiel no se movió, ni siquiera para cubrirse. No tenía tiempo para formalidades ni para el pudor humano.
-No. No hay tiempo- dijo él. -Me quedan veintiocho minutos. No voy a desperdiciar treinta segundos en tonterías humanas. Mírame, Abigail. Mira al hombre que odias y al lobo que te salvó. Soy el mismo-
Ezequiel dio un paso firme, la brevedad de su forma humana lo hacía parecer más urgente, más peligroso. Se agachó, ignorando su queja, y examinó la herida de su flanco.
-Esto no es una mordida de lobo. Es magia,- explicó, con la voz firme y concentrada. -Magia de la Manada de los Huesos Negros. Ellos son los que han estado saboteando las cacerías, iniciando las escaramuzas entre la Plata y el Fuego. Están creando la guerra para que nos matemos entre nosotros.
Abigail lo miró, incrédula. -Mientes. Es una táctica del Fuego para salvar tu territorio.
-Mi territorio no me importa. Mi manada me ha rechazado. ¿Crees que un Alfa en su sano juicio te salvaría para ganarse unas colinas? ¡No!- expresó, -Te salvé porque tú eres el único otro Alfa lo suficientemente fuerte para creerme.
Se levantó abruptamente, la frustración por el tiempo corriendo era palpable.
Ezequiel acomodó su largo cabello rizado. -Hace siglos, yo era su Alfa. Me maldijeron. La hija del Chamán, Desiree, aún vive y es quien lo orquestó. Ella usó un hechizo para atarme, solo puedo transformarme en humano por treinta minutos. Para romperlo, debo c*g*r con el amor de mi vida, que hechizo tan ridíc*l*.
Hizo una pausa, su mirada oscura se encontró con la de ella. Era un rostro lleno de siglos de soledad.
-Abigail,no es así?,.tuvimos relaciones la primera vez que me encontraste como hombre. Yo pensé que funcionaría. Falló. La maldición sigue aquí. No estás enamorada de mí. Y ahora, Desiree ha regresado, más fuerte, y quiere vernos muertos a todos. Lo que sientes por mí es odio. Lo sé. Pero ahora mismo, tú y yo somos la única opción de Alaska. Tenemos veinticinco minutos para sellar una alianza o para que yo te devuelva a tu manada, donde morirás por esa herida.
Locura.
Ezequiel se había retirado unos pasos para vestirse rápidamente con las prendas que guardaba en su forma humana pieles y cuero áspero, dejando a Abigail sola con su desesperación y su furia.
-¡Loco! ¡Un loco desesperado y egoísta!.- Abigail casi lo maldice.
La idea de que él la había usado como una cura barata era una ofensa más dolorosa que su herida. Si iba a morir por la hechicería de los Huesos Negros, al menos moriría con su honor intacto.
Abigail ignoró el dolor paralizante. El instinto de Alfa, el instinto de matar al depredador, se impuso. Utilizando el tronco de un árbol como apoyo, se impulsó hacia adelante. Con un gemido de esfuerzo, tomó una roca dentada que Ezequiel había usado para machacar hierbas medicinales.
La voz de Abigail era un gruñido bajo y animal, -¡Tonto! Prefiero a la muerte por una bala de Plata antes que a la locura del un maniático que cree que puede abusar de mi nobleza.
Se lanzó cojeando, levantando la roca con la poca fu











