
LA ESPOSA QUE NO DEBIA AMAR
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Annotation
Valeria Montemayor creyó en el amor… hasta que él no llegó. Años después, regresa fría, perfecta y dispuesta a todo para salvar a su familia, incluso aceptar un matrimonio por contrato con Adrián Valmont, el hombre más poderoso —y peligroso— de la élite. Pero antes de la boda, su pasado regresa. Gabriel. El único hombre al que amó. El que nunca olvidó. Y esta vez… tampoco la deja ir. Ahora Valeria vive entre apariencias, deseo y mentiras, atrapada entre dos hombres que podrían destruirse mutuamente… o destruirla a ella. Hasta que todo cambia. Un embarazo. Un heredero. Una verdad imposible. Porque no sabe de quién es el hijo que lleva dentro. Y cuando la verdad salga a la luz… no habrá forma de escapar. Hola. Bienvenidos a mi mundo. No olviden que estoy en redes sociales como Genemua.Libros y en mis historias destacadas encontrarán a los personajes como yo me los imagino. Espero se puedan pasar por ellas y disfrutar de estos personajes. Nos leemos despues.
Chapter 1 - El dia que nunca llego
Valeria.
No recuerdo en qué momento el aeropuerto dejó de ser un lugar… y se convirtió en una promesa.
Tal vez fue cuando tomé la maleta con manos temblorosas, sintiendo que dentro de ese equipaje no llevaba ropa, ni documentos, ni recuerdos… sino una vida entera comprimida en decisiones que no tenían marcha atrás.
O tal vez fue cuando crucé las puertas automáticas y el aire frío me golpeó el rostro, como si el mundo intentara despertarme antes de que fuera demasiado tarde.
Pero no me detuve.
Porque ese día no había espacio para dudas.
Ese día… era el día en que todo iba a cambiar.
Apreté con más fuerza el teléfono entre mis dedos mientras buscaba con la mirada entre la multitud, entre rostros desconocidos, entre pasos apresurados y despedidas ajenas que no me pertenecían, pero que de alguna manera se sentían demasiado cercanas.
Él iba a llegar.
Tenía que hacerlo.
Gabriel no era el tipo de hombre que prometía algo sin cumplirlo. No era de los que dudaban, ni de los que retrocedían. Yo lo conocía. Lo había sentido en cada palabra, en cada mirada, en cada instante en el que me había hecho creer que el mundo podía ser más grande que todo lo que me habían enseñado.
Más libre.
Más nuestro.
—Espérame —me había dicho la noche anterior, con esa voz firme que siempre lograba calmar cualquier tormenta dentro de mí—. No te vayas sin mí.
No me iría.
No podía.
Porque esta vez no se trataba solo de mí.
Se trataba de nosotros.
Respiré hondo, intentando ignorar el nudo en mi estómago, ese que no era miedo… sino anticipación, esa mezcla peligrosa entre lo que deseas con toda el alma y lo que temes perder antes siquiera de tenerlo.
Miré la hora.
Faltaban treinta minutos.
Sonreí *p*n*s.
Era suficiente.
Gabriel siempre llegaba con tiempo. Siempre encontraba la manera. Siempre aparecía cuando más lo necesitaba.
Siempre.
Caminé unos pasos más, moviéndome de un lado a otro sin darme cuenta, como si mi cuerpo no supiera quedarse quieto mientras mi mente repasaba cada detalle, cada palabra, cada instante que nos había llevado hasta aquí.
Nos íbamos a ir.
De verdad.
No habría más escondites.
No habría más miradas a medias.
No habría más miedo.
Solo nosotros.
Y por primera vez en mi vida… eso era suficiente.
El murmullo del aeropuerto se volvió un ruido de fondo, constante, lejano, como si todo lo demás hubiera perdido importancia.
Solo existía una cosa.
Esperarlo.
Miré de nuevo la entrada.
Nada.
Fruncí ligeramente el ceño, pero no dejé que la inquietud creciera.
Aún había tiempo.
Volví a revisar el teléfono.
Sin mensajes.
Sin llamadas.
Nada.
—Tranquila… —murmuré para mí misma, casi en un suspiro—. Va a llegar.
Porque tenía que hacerlo.
Porque no había otra opción.
Porque si no lo hacía…
No.
No iba a pensar en eso.
No podía.
Me senté por un momento, apoyando la maleta a mi lado mientras cruzaba las piernas con una calma que no sentía del todo, observando a las personas pasar frente a mí, cada una con su historia, con su destino, con su propio caos… y sin saber que el mío estaba a punto de romperse en mil pedazos.
Pero yo aún no lo sabía.
Aún no.
Miré la hora otra vez.
Veinte minutos.
Mi corazón comenzó a latir un poco más rápido.
No por miedo.
Por expectativa.
Por ese instante previo en el que todo está a punto de suceder.
Me levanté de nuevo.
No podía quedarme quieta.
Recorrí el mismo tramo por tercera vez, mirando hacia la entrada, buscando su silueta entre la gente, imaginando el momento exacto en el que aparecería corriendo, con esa sonrisa que siempre llegaba antes que él, con esa mirada que me hacía sentir que no había nada imposible.
—Valeria…
Casi pude escucharlo.
Casi pude verlo.
Pero no estaba.
Tragué saliva.
Quince minutos.
Mi mano se tensó alrededor del teléfono.
—Vamos… —susurré, más para mí que para él—. Vamos, Gabriel…
El nombre se me quedó atrapado en el pecho.
Algo empezó a sentirse… distinto.
No incorrecto.
No aún.
Pero sí… diferente.
Como una grieta invisible en una realidad que todavía intentaba sostener.
Miré nuevamente la entrada.
Nada.
Diez minutos.
La respiración se volvió más corta.
Más rápida.
Más consciente.
Marqué su número.
Una vez.
Dos.
Tres.
Nada.
El tono de llamada se repetía una y otra vez como una burla, como un eco que no llevaba a ninguna parte, como una respuesta que no quería escuchar pero que comenzaba a formarse lentamente en mi interior.
No.
No.
No.
Él iba a llegar.
Tenía que llegar.
—Último llamado para pasajeros del vuelo 782 con destino a…
La voz por los altavoces me atravesó como un golpe seco.
Negué con la cabeza.
Aún no.
Aún no era momento.
Miré a mi alrededor, como si en cualquier segundo todo fuera a alinearse, como si el universo fuera a corregirse, como si Gabriel fuera a aparecer justo a tiempo para demostrarme que todo esto no era más que un instante de duda.
Cinco minutos.
Mi corazón ya no latía normal.
Golpeaba.
Fuerte.
Desordenado.
Doloroso.
—Por favor… —murmuré, sin darme cuenta de que las palabras ya no eran un pensamiento, sino una súplica—. Por favor, ven…
Pero no vino.
La puerta de embarque comenzó a cerrarse lentamente, como si el mundo estuviera tomando una decisión sin preguntarme, como si todo avanzara sin importar lo que yo necesitaba, lo que yo esperaba, lo que yo había creído.
Me quedé inmóvil.
Observando.
Esperando.
Un segundo más.
Solo uno.
Uno en el que todo pudiera cambiar.
Pero no cambió.
El tiempo siguió avanzando.
Las personas siguieron caminando.
Y él…
no llegó.
Sentí cómo algo dentro de mí se rompía.
No de golpe.
No con ruido.
Sino lentamente… como si se desgarrara desde adentro.
Como si cada esperanza se apagara una a una.
Como si cada promesa perdiera sentido.
—No… —susurré, *p*n*s, sin aire—. No…
Di un paso hacia atrás.
Luego otro.
Como si alejarme pudiera cambiar lo que estaba pasando.
Como si negarlo fuera suficiente.
Pero no lo era.
Nunca lo es.
El avión despegó.
Y con él… todo lo que alguna vez creí posible.
Mis manos comenzaron a temblar.
Mis piernas ya no respondían igual.
Y mis ojos… se llenaron de algo que no pude contener.
Lágrimas.
Pero no de tristeza inmediata.
Sino de comprensión.
De esa que llega tarde.
De esa que duele más.
—Me abandonó… —la voz salió rota, irreconocible, como si no fuera mía—. Él… no vino…
Y en ese instante…
dejé de esperar.
Dejé de creer.
Dejé de ser la misma.
Porque hay promesas que no solo se rompen…
te rompen a ti con ellas.
Y ese día…
yo me rompí con él.
Gracias por leer, estoy en redes como Genemua.Libros, te espero por allá.
Nos leemos despues.
Chapter 2 - Lo que les hicieron
Valeria
—Señorita, ¿se encuentra bien?
La voz de la azafata llegó lejana, suave, casi compasiva.
Asentí sin mirarla.
Mentí.
—Sí.
No estaba bien.
No lo iba a estar.
Porque el hombre que me había prometido cambiar mi vida… había decidido no aparecer en ella.
Apreté los dedos contra el borde del asiento, sintiendo cómo la presión era lo único que me mantenía presente, lo único que evitaba que me desmoronara por completo en medio de ese lugar lleno de desconocidos.
Respira.
Respira.
Respira.
Pero cada respiración dolía.
Cada segundo dolía.
Cada pensamiento… dolía más.
—Espérame.
Su voz volvió a mi memoria, tan clara, tan viva, tan real… que por un segundo sentí que todo había sido un error, que en cualquier momento iba a despertar y él estaría ahí, riéndose de mi dramatismo, diciéndome que nunca dudaría de él.
Pero no era un sueño.
Era r











