
Frozed
- Genre: LGBTQ+
- Author: Sarangheve
- Chapters: 58
- Status: Ongoing
- Age Rating: 18+
- 👁 213
- ⭐ 7.5
- 💬 4
Annotation
Frozed sigue la historia de Eduard Delany, más conocido como ED, un hombre marcado por su frialdad y desconfianza hacia el amor. Aunque es una buena persona en el fondo, su corazón ha estado siempre congelado, impidiendo que nadie se acerque lo suficiente para derretir sus defensas. Para ED, el amor verdadero es solo una fantasía inalcanzable. Pero su mundo de hielo comienza a cambiar cuando dos hombres muy distintos logran atravesar su coraza, desafiando todas sus creencias. Lo que comienza como una sorpresa, se transforma en una relación única que le permitirá descubrir que el amor no solo existe, sino que puede venir en formas inesperadas. En medio de este triángulo poliamoroso, ED tendrá que enfrentar sus miedos más profundos y aprender a aceptar que a veces, el verdadero calor proviene de abrirse a otros, sin importar lo imposible que parezca. NA: Edward Delany (ED) es un personaje que nace en la historia "Who is the Rose?" libro 3 de la serie "Who is". no es necesario leerla para seguir esta historia, pero si lo haces será mucho más divertido.
1
Edward
Sé que todos se preguntan por qué soy tan frío. He oído tantos apodos que casi se sienten como parte de mí: Príncipe del Hielo, Jack Frost, Señor Frío, Frozone… pero el que más me ha gustado siempre ha sido Frozed*. Tiene algo de ingenioso, un juego de palabras que parece encapsular perfectamente lo que los demás ven: una persona distante, inalcanzable, congelada. Pero no tienen ni idea de lo que realmente soy. Solo ven la superficie, esa fachada reservada y calculada que construí a lo largo de los años. Es curioso cómo el silencio puede ser malinterpretado, cómo la gente asume que, porque no te derrites a sus pies, no tienes corazón.
Sí, admito que puedo parecer arrogante, altivo incluso. Pero si hay algo que no soy, es indiferente. De hecho, es todo lo contrario. Mi mundo interior bulle con cada gesto, con cada mirada furtiva, con cada palabra no dicha. No puedo evitarlo. Nací con lo que algunos llamarían un don, aunque para mí ha sido más una maldición: una percepción aguda, una sensibilidad extrema. No hay un nombre formal para lo que tengo, pero desde pequeño he sido hipersensible. Percibo cada cambio en el aire, cada emoción que las personas creen que pueden esconder, cada pequeño detalle que pasa desapercibido para los demás. Es como si mi mente estuviera siempre en modo de alerta, recibiendo y procesando información que la mayoría ni siquiera nota.
Por eso prefiero guardar silencio. Es más fácil ser el observador que el observado. En la quietud, puedo ver todo lo que los demás ocultan, incluso a ellos mismos. Mientras los otros hablan, sus cuerpos dicen cosas que no saben que están revelando: una inclinación de la cabeza, el roce nervioso de los dedos, un pestañeo rápido. Y mientras ellos creen que me están contando una historia, yo ya conozco el final.
Este “superpoder”, como algunos lo llamarían, me ha servido bien en mi carrera. Como agente de moda, mi habilidad para leer a las personas, para saber exactamente lo que quieren o lo que temen, me ha permitido convertirme en uno de los mejores, si no el mejor, en todo Estados Unidos. Cuido los detalles como nadie. Percibo lo que otros no ven, y uso eso para negociar contratos millonarios, para asegurar oportunidades y para crear las campañas más exitosas del mercado. Represento a los mejores supermodelos del país, entre ellos a Liam Olson. Junto a su esposo, David, son lo más cercano que tengo a verdaderos amigos. Es irónico, ¿no? El hombre que parece inalcanzable, que no cree en el amor, tiene como amigos a la pareja más feliz que jamás haya conocido, pero yo sé todo lo que tuvieron que sufrir, para construir lo que tienen.
Aunque este don me ha traído éxito profesional, en lo personal ha sido una maldición. Las interacciones sociales se vuelven un campo minado cuando ves más allá de las máscaras que las personas usan. Confío en muy pocas personas porque, al final del día, todos mienten. Pero nada me ha cerrado más al mundo que mi desencanto con el amor.
Todo comenzó cuando era niño.
Los adultos siempre fueron los primeros en enseñarme a desconfiar de las emociones. Mis maestros, por ejemplo, sonreían mientras corregían nuestros ejercicios, pero sus ojos mostraban una fatiga que nunca desaparecía. ¿Cómo podrían engañar a un niño con una sonrisa tan vacía? La verdad estaba escrita en cada gesto que hacían cuando pensaban que nadie los miraba, cuando creían que sus palabras no se reflejaban en sus cuerpos. Para mí, todo era una gran mentira. Sus cansancios, sus frustraciones, sus falsas muestras de afecto hacia otros estudiantes que claramente despreciaban. Lo veía todo. Y entonces comprendí: nadie es sincero todo el tiempo.
Mis padres, por supuesto, fueron los primeros en hacerme cuestionar el amor. No puedo decir que fueron malos padres; de hecho, nos criaron a mí y a mi hermana Evelyn, cinco años menor, con todo el cariño y los recursos del mundo. Pero el amor que decían tener el uno por el otro comenzó a desmoronarse con el tiempo. Yo veía las grietas mucho antes de que ellos las sintieran. Observaba las pequeñas tensiones, los gestos automáticos, las sonrisas vacías que se intercambiaban en las cenas familiares. Aún se regalaban flores y celebraban aniversarios, pero ya no había amor. Solo quedaban las apariencias. Nunca se hicieron daño de manera evidente, nunca hubo gritos ni peleas, pero el daño estaba allí, en lo que no se decían. Vivían en una mentira que me lastimaba más que cualquier golpe físico.
Ese fue mi primer gran descubrimiento: el amor no era real. Era una construcción que las personas mantenían para no enfrentarse a sus propias soledades. Un contrato social disfrazado de emoción pura.
Por eso, cuando era niño, prefería la brutal honestidad de mis compañeros. Los otros niños eran transparentes. Si no les gustabas, te lo decían a la cara o simplemente te ignoraban. Si se enojaban contigo, te empujaban o te golpeaban. Eso dolía, claro, pero era un dolor honesto, sin dobleces. Pero a medida que crecí, los niños también lo hicieron, y con ellos llegaron las máscaras. En la secundaria, todo se volvió más complicado. Las chicas se acercaban a mí con una falsa amistad, solo para presumir que conocían al "hijo mayor de los Delany", el chico guapo y con dinero. Y los chicos... bueno, algunos me odiaban y otros me envidiaban, pero muchos de ellos ocultaban sus propios sentimientos. Era fácil ver cómo sus ojos brillaban cuando me miraban, cómo sus respiraciones se aceleraban al pasar junto a mí, tragándose suspiros y fingiendo desprecio.
Lo mismo sucedió en la universidad. El amor no valía nada. Las relaciones eran transacciones y, sinceramente, no necesitaba amar para follar. Chicas, chicos, era lo mismo para mí. Si había atracción física, era suficiente. Relaciones de una noche, encuentros esporádicos. Pero en cuanto veía que alguien empezaba a desarrollar sentimientos, me desvanecía de su vida. Lo que para ellos era amor, para mí era un espejismo.
Fue también en la universidad donde descubrí mi verdadera vocación. Empecé modelando para un catálogo de ropa deportiva, principalmente para ganar dinero por mi cuenta. Lo que me fascinó de ese mundo no fue estar frente a la cámara, sino el trabajo detrás de escena. Los agentes eran los verdaderos magos, los que construían las ilusiones sin tener que exponerse. Eran los maestros de la manipulación, cuidando cada detalle, creando imágenes perfectas para el mundo, mientras ellos permanecían en las sombras.
Así es como se formó el Edward Delany de hoy. Un hombre que prefiere el silencio porque no todos están dispuestos a escuchar la verdad. Un observador que no busca la atención, pero que controla todo desde las sombras. Alguien que no cree en el amor porque su corazón se ha sumergido en un bloque de hielo tan denso que nadie ha logrado atravesarlo.
*Frozed hace un juego, con la palabra “congelado” en inglés y la terminación “ed” iniciales de nuestro protagonista.
2
Zaid
—Disculpe, señorita —saludé con voz firme a la recepcionista—. Buenos días.
Tenía una cita en esa oficina a las ocho de la mañana, y el reloj en la pared marcaba las siete cuarenta. Siempre he sido un hombre extremadamente puntual, además de madrugador, hábitos que se afianzaron durante mi tiempo en el ejército.
—Buenos días, ¿en qué puedo ayudarle? —respondió con amabilidad, esbozando una sonrisa profesional.
—Soy Zaid Evans. Tengo una cita con el señor Edward Delany.
—Oh, sí. Permítame anunciarlo, él lo está esperando.
La mujer levantó el teléfono interno y dijo un par de palabras rápidas. Luego me dirigió una sonrisa.
—Puede pasar. Adelante.
Asentí y le agradecí con un breve gesto antes de dirigirme a la puerta de la oficina. El señor Delany había solicitado los servicios de la agencia de seguridad personal para la que trabajo, pidiendo expresamente al mejor guardaespaldas. Y aquí estaba yo.
Hice m











