
Venganza equivocada. Universo Ferrari.
- Genre: Billionaire/CEO
- Author: Jeda Clavo
- Chapters: 89
- Status: Completed
- Age Rating: 18+
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Annotation
Sebastián Ferrari, era un hombre que vivía sin considerar lo que pensaban de él, tomaba lo que quería de la gente sin medir las consecuencias y con Anabella Estrada, no iba a ser la excepción, siendo niña y en sus primeros años de adolescencia, tuvo con ella una relación de amor odio, pues a veces la protegía y se preocupaba por su seguridad, pero otras no la toleraba, sin embargo, al crecer ella un poco más, sus sentimientos cambiaron, pero no quería ceder a ellos, no podía olvidar que la madre de ella, fue la causante de la muerte prematura de la suya. Por eso, tal vez podría usarla para hacer pagar a Alicia Estrada y Giovanni Ferrari lo que le hicieron a su madre, su mejor venganza hacer sufrir a la niña de sus ojos. Sin embargo, una muerte inesperada le hace cambiar lo que pensaba.
Chapter 1
Capítulo 1. Consumando la venganza.
Tres semanas habían pasado desde que el mundo de Anabella Estrada se derrumbó.
Tres semanas desde que comprendió que la traición no siempre llega de los enemigos, sino de quienes uno ama sin medida.
Seguía encerrada en su habitación, rodeada de los mismos cuadros que antes la hacían soñar. El olor a óleo y lienzo era lo único que le recordaba que seguía viva.
Cada trazo sobre la tela tenía su historia… hasta que apareció Sebastián Ferrari y las borró todas.
Él había sido su primer amor, su primer todo… y también su mayor desgracia.
La vergüenza de aquella noche todavía le ardía bajo la piel.
“Fue una apuesta, Anabella. Nada más.”
Las palabras seguían repitiéndose como un eco cruel.
A veces se preguntaba en qué momento empezó a amarlo. Quizás cuando la defendía de las burlas de los demás. O cuando la ignoraba, y ella necesitaba una sola mirada suya para sentir que existía.
Era el hijo de Giovanni Ferrari, su padrastro, el hombre que había dado a su madre una nueva oportunidad.
Pero también era el hijo del odio.
Sebastián nunca aceptó que su padre se casara con Alicia Estrada, a quien culpaba por la muerte de su madre. Y esa herida se transformó en veneno… uno que acabaría por contaminar a todos.
******
Recordaba con nitidez la primera vez en que sintió algo más que admiración por él: su fiesta de quince años.
Años atrás, las cosas eran distintas.
Anabella tenía sueños sencillos: quería estudiar arte en Roma, abrir una galería, llenar el mundo de colores.
Pasaba horas en su pequeño estudio, con pintura en las manos y la música suave acompañando sus pensamientos.
Para ella, la vida era eso: una paleta donde todo podía mezclarse hasta encontrar el tono perfecto.
Pero entonces aparecía Sebastián.
Él era ese color oscuro que manchaba su lienzo y, aun así, lo hacía más vivo.
A veces era amable, incluso dulce; en otras, la hacía llorar sin motivo.
De niña lo admiraba, de adolescente lo deseaba y, a los quince, creyó que lo había enamorado.
Aquella noche había sido perfecta: luces, risas, su vestido celeste girando entre la pista de baile.
Y, al final de la velada, él la sacó a bailar.
Su corazón latía tan fuerte que creía que todos podían escucharlo.
“Eres toda una mujer, Bella”, le dijo sonriendo.
Ella creyó en esas palabras.
Al día siguiente, bajó corriendo al jardín. Lo vio en la piscina, el sol reflejándose en su piel, y pensó que el destino le daba una señal.
Se armó de valor y lo abrazó.
—Sebastián, estoy enamorada de ti.
Lo que recibió fue un golpe disfrazado de sonrisa. Se volvió lentamente, con una expresión que jamás olvidaría.
—¿Enamorada? —replicó, con una sonrisa cruel—. Claro, igual que tu madre, lo estuvo de mi padre. De tal palo, tal astilla. Se quieren asegurar que todo el dinero de los Ferrari caiga en sus manos; la madre se encarga del viejo y la mocosa del hijo.
Y cada palabra pronunciada por él, fue como un golpe físico.
—Te pareces tanto a ella… —continuó—. Dispuesta a venderte por dinero. Pero lamento informarte que no me interesas, Bella. No caigo en esa trampa, porque tú no me provocas ni un mal pensamiento. Ahora haz el favor de retirarte de mi vista, ¡ME DAS ASCO! No quiero imaginar en el tipo de mujer en que te convertirás cuando a ese cuerpo le empiecen a salir curvas
La vergüenza la quemó viva. Corrió sin mirar atrás.
Aquel día creyó que nada podría doler más. No sabía que años después él le demostraría lo contrario.
*****
El reencuentro ocurrió tres años más tarde, en su cumpleaños número dieciocho.
Anabella seguía siendo la misma soñadora.
Tenía su estudio, sus pinturas, y la esperanza de entrar en una prestigiosa escuela de arte en Roma.
Había organizado su fiesta para el fin de semana. Por una vez, quería sentirse feliz.
Pero el destino tiene un extraño sentido del humor. Sebastián regresó.
Llegó con sus amigos y cuatro mujeres despampanantes, reinas de la noche romana.
Ella, con su metro cincuenta y nueve y su cabello castaño recogido con descuido, se sintió invisible.
Aun así, cuando él la invitó a unirse, aceptó.
Jugaban voleibol en la piscina, entre risas. Todo parecía una broma inofensiva, hasta que las mujeres perdieron.
Sebastián se acercó con esa sonrisa que siempre presagiaba peligro.
—La representante de las damas pagará la penitencia —dijo.
—¿Quién? —preguntó una de las chicas.
—Anabella —respondió Pamela, la rubia que lo acompañaba.
Ella protestó.
—No pienso hacerlo.
Sebastián se encogió de hombros.
—Entonces tendrás que pagar otro precio.
Y sin esperar respuesta, la tomó del rostro y la besó.
El tiempo se detuvo. No fue un beso dulce ni inocente. Fue un choque de mundos: el deseo de él contra la ingenuidad de ella.
El agua, la música, las voces desaparecieron. Solo existían sus labios y el vértigo. Ella no supo si huir o entregarse.
Era su primera vez, sintiendo algo así: esa mezcla de miedo y deseo, de cielo y caída.
Cuando se separaron, las risas estallaron alrededor. Los amigos de Sebastián se burlaban. Él la miró, desconcertado. Por un segundo, pareció arrepentirse.
Pero no dijo nada.
Y ella, confundida, corrió a su habitación.
Ella salió corriendo, con las mejillas encendidas, sin saber si de rabia o de vergüenza.
Esa noche no pudo dormir.
Pensaba en él, en el beso, en lo que significaba.
Hasta que escuchó un golpe en la puerta.
Abrió… y lo vio.
Descalzo, con el cabello alborotado, los ojos brillantes.
—Necesito hablar contigo —dijo, entrando sin permiso.
Anabella quiso protestar, pero la voz se le quebró.
Él se acercó despacio, con esa mezcla de ternura y peligro que la paralizaba.
Y entonces, todo cambió.
La noche cayó y el silencio se volvió insoportable.
No podía dormir.
El beso le había dejado una sensación que la asustaba y la atraía a partes iguales.
Miraba el reloj, trataba de leer, de distraerse… hasta que escuchó los golpes en la puerta.
Abrió, y allí estaba él.
Sin camisa, descalzo, con el cabello mojado.
—Necesito hablar contigo —dijo, con la voz grave.
Anabella dudó.
—No tenemos nada que hablar, Sebastián.
—No digas eso, Bella.
El tono no era el del hombre cruel que recordaba. Era casi tierno. Su mirada, nublada por el deseo, recorrió cada centímetro de Bella de pies a cabeza, sin pronunciar una sola palabra, se acercó a ella.
La tomó en sus brazos con determinación y la besó con un ímpetu que la dejó sin aliento. En ese instante, la mente de Bella se quedó en blanco; el pensamiento se desvaneció para dar paso únicamente a la sensación de su piel, un contacto que la enloquecía.
Sin prisa, Sebastián la acostó sobre la cama y comenzó a desvestirla lentamente, acariciando sus senos con destreza. Al sentirlos libres bajo el pijama, su excitación creció, y comenzó a mordisquear cada parte de su cuerpo con devoción.
Cuando sus manos exploraron el centro de su feminidad, un estremecimiento recorrió a Bella, sintiendo cómo todo su ser se derretía. Arqueó la espalda y se dejó llevar por el ritmo que las manos de él le marcaban, perdida en una excitación que la embargaba por completo. Suaves gemidos escapaban de sus labios, que Sebastián acallaba con besos feroces, mientras ambos sentían la sangre arderles por la pasión.
Sebastián se separó por un momento para quitarse el resto de la ropa y regresó a su lado, continuando su seducción con caricias que nublaban los sentidos de Bella, despertando en ella una dulce y ansiosa expectación.
Examinó cada una de sus curvas, tomó uno de sus p*z*n*s entre sus labios para atormentarlo con su lengua, mientras acariciaba el otro con pericia. De allí, su boca descendió por la curva de su vientre hasta llegar al punto más sensible de su cuerpo.
Bella estaba fuera de sí, abrumada por un placer que nunca antes había experimentado. Necesitaba algo más, aunque no sabía exactamente qué. Solo sentía su cuerpo arder, al borde del estallido, y sin poder contenerse, suplicó.
—Por favor… Sebastián.
Él esbozó una risa y preguntó con provocación.
—¿Por favor, qué, Bella? Dime, ¿qué es lo que quieres?
Ella respondió con otro gemido, esta vez cargado de urgencia.
—Hazme… tuya, Sebastián.
—Ya lo estoy haciendo, pequeña. Nunca podrás olvidarme —murmuró él—. Este momento quedará grabado en tu memoria para siempre.
En ese instante, Bella alcanzó el clímax, sintiendo un calor intenso que se expandió por todo su ser y la dejó sin fuerzas. *p*n*s había tenido tiempo de recuperarse cuando Sebastián la penetró con una embestida firme.
Un grito escapó de sus labios por el dolor repentino, lo que hizo que él se detuviera por un momento, observándola con atención. Esperó a que el dolor cediera y entonces cubrió su cuello con suaves besos, comenzando a mover sus caderas con embestidas apasionadas que avivaban el fuego entre ambos.
Poco a poco, el dolor dio paso a una ola de placer compartido. Se movieron al unísono, sintiendo pequeñas descargas eléctricas que los sacudían hasta llevarlos nuevamente a la cima. Aferrados el uno al otro, entre jadeos y últimas embestidas, sus cuerpos parecieron estallar en mil pedazos, alcanzando la culminación de una satisfacción sexual intensa y arrebatadora.
Tras el éxtasis, ambos respiraban con dificultad, recuperando poco a poco el aliento. Sebastián la abrazó con ternura y cubrió su cuello con una lluvia de besos. Pero de pronto, su actitud cambió por completo. Se levantó de la cama y, con un tono frío y distante, declaró:
—Espero que hayas quedado satisfecha, mia cara. Nunca pensé que experimentaría tanto éxtasis contigo. ¡Quién lo hubiera imaginado! Y eso que eras virgen… No me quiero imaginar lo buena que serás en la cama cuando tengas experiencia —añadió con saña.
Bella, que se había cubierto con las sábanas, lo miró consternada, sin entender el giro abrupto en su comportamiento.
—No entiendo. ¿Por qué me hablas así, si acabábamos de hacer el amor?
Él soltó una risa malévola.
—¿Hacer el amor? ¿Quién te dijo que yo hago el amor? Yo follo, Bella, para hacer el amor tendría que amarte, y yo ni siquiera te aprecio. Esto solo fue s*x*, por cierto, muy bueno, pero s*x* al fin. No te creas importante en mi vida por haber sido virgen, y no pretendas que esto signifique que me tienes atrapada. Yo no pertenezco a ninguna mujer, y menos a una con una madre como la tuya.
Y antes de que pudiera reaccionar, la puerta se abrió. Sus amigos y amigas entraron en la habitación sin tocar la puerta, riendo, aplaudiendo y burlándose abiertamente. Uno de ellos bromeó.
—¡Felicidades, Sebastián! Lo lograste antes de las ocho horas. No nos importa que hayamos perdido la apuesta.
Anabella sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.
—¿De qué hablan? —susurró.
—De una apuesta —contestó Lorenzo—. Sebastián dijo que podía llevarte a la cama en menos de un día.
El silencio que siguió fue insoportable.
Sebastián no lo negó.
Solo la miró con una frialdad que la heló.
—Fue mi venganza —dijo con voz grave—. Por lo que tu madre y mi padre le hicieron a la mía.
Sus ojos estaban llenos de rencor.
—¿Qué creías, Bella? ¿Qué me enamoraría de ti? —añadió—. No eres más que el reflejo de ella. ¿Por qué no te ves en un espejo? ¿Crees que puedo fijarme en ti cuando tengo una mujer a mi lado como Pamela?
Ella quiso gritar, pero el llanto no la dejó.
Sus padres entraron en ese momento, alarmados por el ruido, y Sebastián aprovechó la escena.
—Perfecto —dijo con amarga satisfacción—. ¡Alicia, Giovanni! Mírenla bien. La hija de la mujer que destruyó mi familia acaba de acostarse con su hijo.
Se volvió hacia Anabella, con la sonrisa de un hombre que ha ganado una guerra equivocada.
—Disfruta tu regalo, Bella. Feliz cumpleaños.
Cuando se fue, la habitación quedó en silencio.
Alicia corrió a abrazar a su hija, pero Anabella no podía sentir nada.
Solo un vacío inmenso, como si le hubieran arrancado algo que no se puede devolver.
Sebastián había logrado su venganza.
Y ella, sin saberlo, había sellado el destino de ambos.
Esa noche, el amor murió.
Pero, en el mismo instante, nació algo más poderoso: el deseo de justicia, de redención, y una vida que pronto comenzaría a latir en su interior.
Chapter 2
Capítulo 2. Una noticia inesperada.
Tiempo actual
Las lágrimas habían llegado en una marea interminable, más profunda de lo que jamás creyó posible. Sebastián no solo le había arrebatado su inocencia física, sino que había destrozado su espíritu.
Antes de aquella noche, Bella creía en la bondad esencial de las personas. Ahora, ese espejismo se había hecho añicos, y con él, su autoestima. Ya ni siquiera se vestía con cuidado ni se maquilaba. Al mirarse al espejo, solo veía unos ojos enrojecidos y un cabello sin brillo; se sentía la criatura más desdichada sobre la tierra.
Había cancelado su fiesta de cumpleaños. Los intentos de su madre y su padrastro por sacarla del abatimiento eran inútiles, como arrojar semillas sobre cemento. Hasta Fernando, inesperadamente, se había convertido en un faro de consuelo.
La llamaba, la visitaba y se quedaba a su lado mientras ella lloraba desconsolada. Incluso le había ped











