
La Presa Del Magnate Ruso
- Genre: Billionaire/CEO
- Author: Blanca Pinto
- Chapters: 13
- Status: Ongoing
- Age Rating: 18+
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- ⭐ 5.0
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Annotation
«Él no busca amor, busca control. Y yo soy su activo más valioso». Elena Rossi no se impresiona con el oro. Estudiante de arte, impulsiva y con una lengua lo suficientemente afilada como para cortar el acero, vive una vida tranquila en el Upper East Side… hasta que el penthouse de al lado deja de estar vacío. Alaric Ivanov es una sombra gélida llegada desde San Petersburgo. Un magnate que reconstruyó un imperio sobre las cenizas de su linaje y que ahora tiene Nueva York a sus pies. Es meticuloso, posesivo y tiene un secreto: no se mudó a ese edificio por la vista, se mudó por ella. Desde su balcón, Alaric cuenta cada uno de sus pasos. Desde su oficina, controla cada uno de sus minutos. — No soy un objeto que puedas comprar, Alaric —le desafió ella, sosteniéndole la mirada de acero. Él acortó la distancia, atrapándola entre su cuerpo y la pared, mientras el aroma a sándalo y peligro la embriagaba. — No te estoy comprando, Elena —susurró él con ese acento ruso que le erizaba la piel—. "Solo estoy reclamando lo que el destino puso en mi camino para que fuera mío". En este juego de poder, Elena descubrirá que ser la presa de un Ivanov es una sentencia de la que no se puede escapar… y que, a veces, el cazador es el único lugar donde te sientes a salvo. En una ciudad que nunca duerme, Elena aprenderá que algunas deudas no se pagan con dinero, sino con la voluntad… y que el lobo nunca deja escapar a lo que ya considera suyo. ¿Es ella solo un trofeo más en su colección, o la única mujer capaz de destruir su imperio?
Chapter 1 PRIMER ENCUENTRO
La lluvia caía con furia sobre Nueva York, convirtiendo las calles en espejos oscuros que filtraban las luces de los rascacielos. Elena ajustó la chaqueta de cuero sobre sus hombros y apretó el paso. El aroma a tierra mojada le resultaba reconfortante, hasta que un chirrido metálico quebró su calma.
Los neumáticos de un sedán negro se deslizaron sobre el asfalto húmedo, frenando a escasos centímetros de sus piernas. El corazón de la joven se disparó, golpeándole el pecho como un tambor. Por un instante, el miedo la paralizó; al siguiente, la indignación la encendió. La ventanilla trasera descendió con un siseo eléctrico, revelando la silueta de un hombre sumergido en la penumbra. Él no dijo nada, solo la observó con unos ojos fríos como el acero que recorrieron cada detalle de su rostro. Elena avanzó, golpeando el cristal con los nudillos.
—¡Eh, tú! ¡Pedazo de animal! —su voz vibraba con furia—. ¿Acaso compraste la calle con ese traje de pingüino? ¡Casi me dejas pegada al pavimento!
Los guardaespaldas amagaron con bajar del vehíc*l*, pero el hombre hizo una seña casi imperceptible para detenerlos. Se inclinó hacia delante, dejando que la luz de la calle revelara un rostro de facciones aristocráticas y una serenidad inquietante.
—Tienes una boca muy grande para alguien tan pequeña —dijo él. Su voz barítona cortó el aire como un cuchillo—. Me pregunto si también serás así de ruidosa cuando no estés gritando.
Elena arqueó una ceja, sin retroceder un solo milímetro.
—Soy lo suficientemente grande como para saber que eres un imbécil.
Sin pensarlo, le dio una patada a la llanta del coche. El golpe resonó en la noche antes de que ella se diera la vuelta para marcharse, con la adrenalina quemándole la piel. Alaric Ivanov la siguió con la mirada. Una sonrisa *p*n*s perceptible curvó sus labios; no era rabia lo que sentía, sino una fascinación oscura. En ese instante, supo que Elena Rossi no sería una desconocida más. Ella se había convertido en su próxima adquisición.
Minutos después, Elena entró al edificio intentando recuperar el aliento. Presionó el botón del ascensor y cruzó los brazos, pero justo antes de que las puertas se cerraran, una mano firme detuvo el mecanismo. Su estómago se contrajo al ver quién entraba: Alaric Ivanov.
Él ocupó el espacio con una confianza abrumadora, atrapándola en un silencio denso mientras el cubíc*l* comenzaba a subir.
—Curioso —murmuró él, rompiendo la tensión—. Primero intentas desafiarme en plena calle y ahora compartes conmigo un espacio donde no tienes escapatoria.
—No necesito escapar de nadie —respondió ella, fingiendo una indiferencia que no sentía—. Mucho menos de un vecino con exceso de ego.
Alaric se inclinó lo suficiente para que su perfume, una mezcla de sándalo y cuero, la envolviera por completo.
—Elena Rossi —susurró, y ella se congeló al escuchar su nombre en esos labios extraños—. "No tiene idea de cuánto me alegra que el destino haya decidido ponernos pared con pared", pensó él mientras su mirada descendía hacia la mancha de nacimiento en el cuello de la joven.
—¿Cómo sabes mi nombre? ¿Me estás siguiendo? —preguntó ella con un hilo de voz.
El hombre apoyó una mano en la pared, justo al lado de la cabeza de Elena, acortando la distancia hasta que ella pudo sentir el calor de su cuerpo.
—No necesito seguirte —aseguró él, sus ojos fijos en los suyos—. Ya estás dentro de mi campo de visión. Y creeme, Elena, no pienso apartar la mirada.
El ascensor se detuvo con un leve temblor. Las puertas se abrieron, pero ninguno se movió. El aire estaba cargado de una electricidad más peligrosa que la tormenta exterior. Finalmente, ella dio un paso al frente, rozando su hombro al pasar.
—Entonces tendrás que acostumbrarte a que no siempre te guste lo que ves —sentenció ella antes de salir.
Alaric permaneció inmóvil, observando cómo se alejaba. La cicatriz en su nudillo brilló bajo la luz del techo. No era un hombre que dejara escapar lo que deseaba, y Elena acababa de convertirse en su obsesión.
La joven entró en su apartamento y cerró la puerta de un golpe, apoyando la espalda contra la madera fría. El silencio de su hogar, que siempre había sido su refugio, ahora se sentía insuficiente. El aroma a sándalo de Ivanov parecía haberse filtrado en sus poros, recordándole que el peligro no se había quedado en el pasillo.
—Es solo un hombre con demasiado dinero y muy poca educación —se dijo a sí misma, intentando normalizar el ritmo de su pulso.
Caminó hacia su mesa de dibujo. El trazo del lápiz sobre el papel solía ser su escape, pero esta noche las líneas se negaban a obedecer. Cada sombra que proyectaba la lámpara le recordaba a la mandíbula afilada de su vecino y a esos ojos color acero que parecían leer sus pensamientos más profundos. La sensación de ser observada no la abandonaba; era una presión física, como si el aire de la estancia hubiera ganado peso.
Impulsada por una mezcla de nervios e indignación, se acercó al gran ventanal y descorrió las cortinas de terciopelo. Al otro lado del vacío, en el penthouse contiguo, la penumbra era absoluta, excepto por una silueta recortada contra el resplandor de los rascacielos.
Alaric Ivanov estaba allí, de pie tras su cristal, sosteniendo una copa con un líquido ambarino. No se ocultaba. La miraba fijamente, como si ella fuera la única pieza valiosa en una ciudad de ocho millones de personas.
Elena frunció el ceño y apretó los puños, sosteniéndole el desafío a través de la distancia.
—¿Qué diablos crees que haces? —masulló, con la sangre hirviendo bajo su piel.
Como si pudiera escucharla a pesar del doble acristalamiento, el hombre alzó su copa en un gesto lento y ceremonial. No era un saludo; era un brindis de victoria.
"Crees que estas paredes te protegen, pero solo eres una mariposa atrapada bajo mi cristal", pensó él, mientras una sonrisa depredadora asomaba en su rostro.
Elena cerró las cortinas de golpe, sintiendo que el corazón le martilleaba las costillas. No iba a permitir que ese hombre la intimidara en su propia casa. Sin embargo, antes de que pudiera dar un paso más, el timbre rompió el silencio de la noche, haciéndola saltar.
Al abrir, se encontró con la imponente figura de su vecino ocupando todo el marco de la puerta. Alaric se había quitado la chaqueta; las mangas de su camisa blanca estaban remangadas con precisión, revelando la fibra eficiente de sus antebrazos y esa cicatriz en el nudillo que sugería un pasado menos refinado.
—Vecina —dijo él. Su voz profunda resonó en el pasillo como el eco de un trueno lejano—. He pensado que nuestra presentación en el asfalto fue algo... Accidentada. Un mal comienzo para quienes compartirán tanto tiempo cerca.
Elena se cruzó de brazos, bloqueando la entrada con su propio cuerpo. —¿Siempre intentas disculparte irrumpiendo en la paz de los demás a medianoche?
Ivanov inclinó la cabeza, analizando con fascinación la chispa de rebeldía en los ojos castaños de la joven.
—Nunca me disculpo —corrigió él con una calma que devoraba el aire—. Pero siempre me aseguro de conocer a fondo aquello que logra captar mi interés. Y tú lo hiciste de una manera inolvidable.
Elena dio un paso al frente, acortando la distancia de forma temeraria hasta que el calor que emanaba de él la rodeó.
—Pues ahórrate el esfuerzo. No pienso ser otra de tus adquisiciones, ni el nuevo juguete de un magnate aburrido.
Él la observó en un silencio denso, dejando que la tensión creciera hasta volverse casi insoportable. Finalmente, se inclinó hacia ella, bajando la voz hasta que solo Elena pudo escucharle.
—No eres un objeto, Elena. Eres la excepción —susurró, y el rastro de su acento ruso hizo que ella se estremeciera—. "Y las excepciones son las únicas cosas por las que vale la pena destruir un imperio", pensó él mientras sus ojos bajaban un segundo hacia sus labios antes de volver a chocar con los de ella.
—Entonces prepárate para la frustración —sentenció ella, tratando de que su voz no traicionara su nerviosismo—. Porque conmigo no vas a ganar.
Alaric no respondió. Solo la miró con esa paciencia letal de quien sabe que el tiempo está de su parte. Se dio la vuelta y caminó hacia su puerta, dejándola con la palabra en la boca y la inquietante certeza de que la cacería no había hecho más que empezar.
Chapter 2 FURIA INTERNA
**ELENA**
Entré en mi apartamento y cerré la puerta con un golpe seco, dejando caer el peso de mi espalda contra la madera. Si esperaba que el silencio me devolviera la cordura, estaba muy equivocada.
El m*ld*t* perfume de Alaric —una mezcla de sándalo y “tengo más dinero que tú”— se me había pegado a la ropa como si me hubiera abrazado un anuncio de loción cara.
—Relájate, Elena. Solo es un tipo con un traje demasiado ajustado y modales de la Edad de Piedra —me dije a mí misma, tratando de que mi corazón dejara de bailar tap sobre mis costillas.
Fui directa a mi mesa de dibujo. Normalmente, mi lápiz es mi mejor terapia, pero esta noche parecía tener vida propia. Cada boceto que intentaba terminaba pareciéndose a una mandíbula perfectamente esculpida o a unos ojos color acero que daban más frío que el congelador de mi casa. Tenía esa sensación molesta en la nuca, como si alguien me estuviera respirando en el











