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Bajo La Protección Del Ceo Billonario

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Emma Sullivan llega a Chicago decidida a reconstruir su vida desde cero. A sus 22 años y con un pasado marcado por la pérdida, todo lo que busca es estabilidad… y algo de paz. Pero pronto descubre que la ciudad puede ser tan implacable como seductora. Un nuevo trabajo en una poderosa firma de inversiones parece ser su oportunidad soñada, hasta que empieza a recibir señales inquietantes de que alguien la está observando. Muy de cerca. Cuando el acoso se vuelve imposible de ignorar, quien da un paso al frente para ayudarla no es otro que Daniel Harrison, su jefe: un hombre frío, reservado y peligrosamente atractivo. Acostumbrado al control absoluto, Daniel se mueve entre rascacielos, cenas exclusivas y decisiones que mueven millones. Pero nada en su mundo lo había preparado para ella. Lo que comienza como una intervención profesional se convierte rápidamente en algo más… algo cargado de tensión, deseo contenido y emociones que ninguno de los dos está listo para enfrentar. En un juego de poder, secretos y vulnerabilidad, Emma deberá decidir si puede confiar en un hombre que despierta su corazón… justo cuando su mundo empieza a desmoronarse.

capítulo 1

La lluvia golpeaba el techo del taxi en un tamborileo constante, arrastrando luces de neón por los charcos en la acera. Chicago respiraba caos y electricidad, una ciudad viva que nunca dormía. Emma apoyó la frente en la ventana empañada, sintiendo el cosquilleo frío del vidrio contra su piel.

Era un nuevo comienzo. Un borrón y cuenta nueva.

—Aquí es, señorita —anunció el taxista con voz rasposa, estacionando frente a un edificio de ladrillo viejo, con un letrero un poco descolorido que anunciaba “Departamentos en Renta”.

Emma inspiró hondo, el estómago hecho un nudo de ansiedad y adrenalina. Salió del coche y la lluvia la recibió como una vieja amiga, empapándole el abrigo de inmediato. Mientras sacaba su maleta, una mujer mayor, con un delantal manchado de café y expresión severa, apareció bajo la luz parpadeante del porche.

—Eres la chica nueva —afirmó con voz ronca, sin un ápice de dulzura.

Emma se apresuró a cerrar la cajuela y asintió.

—Sí, Emma Sullivan.

La mujer la miró de arriba abajo, con una mezcla de evaluación y advertencia.

—El barrio no es precisamente de postal, niña. Cierra bien la puerta, no hables con extraños, y si ves a alguien sospechoso, mejor sigue caminando.

Emma tragó saliva, sintiendo el peso de su recomendación en el pecho.

—Entendido.

La casera asintió con satisfacción y volvió a meterse al edificio, dejándola con la lluvia y su maleta.

—Bienvenida a Chicago, supongo —murmuró Emma para sí misma, sacudiéndose el agua del rostro.

—¿Necesitas ayuda con eso?

La voz masculina la tomó por sorpresa. Se giró rápidamente y se encontró con un chico apoyado contra la barandilla del edificio de al lado. Moreno, con el cabello despeinado y una sonrisa pícara que hablaba de seguridad en sí mismo. Tenía la chaqueta abierta a pesar del frío y unos ojos oscuros llenos de curiosidad.

—Richard —se presentó antes de que ella pudiera reaccionar.

Emma titubeó un segundo, pero finalmente asintió.

—Emma.

—Bonito nombre. Vamos, dime qué caja pesa más y la subimos juntos. No te preocupes, no soy un acosador en serie… al menos no uno muy obvio.

Emma soltó una pequeña risa nerviosa.

—Muy tranquilizador.

Richard se echó la caja más grande al hombro como si no pesara nada y le hizo una seña para que lo siguiera.

—Si necesitas recomendaciones, hay una cafetería en la esquina con la mejor hamburguesa por menos de diez dólares. Y si no te gusta cocinar, Mrs. Lu en la tienda de la otra cuadra hace comida china casera que te deja con ganas de volver.

Emma le sonrió, sorprendida de lo fácil que le resultaba hablar con él.

—Gracias. Lo tendré en cuenta.

Subieron los escalones, y por primera vez en mucho tiempo, Emma sintió que tal vez—solo tal vez—este nuevo comienzo no iba a ser tan aterrador después de todo.

*****

El ascensor subió con un suave zumbido, las paredes de acero reflejaban su imagen con un brillo impersonal. Emma inspiró hondo y ajustó la fina chaqueta beige que había elegido con tanto cuidado esa mañana. Su reflejo le devolvía la mirada de una mujer que quería encajar, aunque en el fondo se sintiera como una impostora.

Las puertas se abrieron con un leve ding, revelando el universo pulcro y afilado de Harrison & Co.. Techos altos, ventanales infinitos y muebles minimalistas en tonos grises y negros le daban a la oficina un aire impersonal, frío, casi quirúrgico. Como si la calidez humana estuviera fuera de lugar en un lugar como ese.

Emma cruzó el umbral con paso firme. A su derecha, una recepcionista de labios rojos y moño perfecto ni siquiera levantó la vista de su pantalla. A la izquierda, escritorios organizados con precisión quirúrgica albergaban empleados que parecían diseñados a medida para ese ambiente: todos con trajes impolutos, concentrados en sus pantallas como si el mundo exterior no existiera.

—Tienes suerte de haber conseguido este puesto.

Emma giró la cabeza hacia la dueña de la voz, una mujer esbelta de melena oscura perfectamente alisada y una sonrisa que no llegaba a sus ojos. Su vestido entallado resaltaba su figura, y el par de tacones de aguja negros hacían un eco seco contra el mármol al acercarse.

—Soy Jessica Moreno, directora de cuentas senior.

Jessica la recorrió de arriba abajo con una mirada afilada, como si pudiera detectar cada imperfección en su ropa, su postura, su mera existencia.

—Emma Sullivan —respondió ella, extendiendo la mano.

Jessica tardó un segundo de más en aceptarla, y cuando lo hizo, su apretón fue firme, demasiado calculado.

—Bienvenida a Harrison & Co. —dijo Jessica con una sonrisa que más que amistosa parecía un desafío—. Aunque, debo decir que es… interesante que hayan contratado a alguien sin experiencia en este nivel.

El tono era cortés, pero la daga estaba allí, oculta tras el terciopelo.

Emma sintió la punzada de inseguridad en el pecho. No era la primera vez que alguien la hacía sentir como si no perteneciera, pero tampoco era la primera vez que decidía ignorarlo.

—Estoy segura de que aprenderé rápido —contestó con voz neutra, sin dejar que su inseguridad se filtrara.

Jessica ladeó la cabeza con una expresión que podría pasar por admiración… o diversión.

—Espero que sí. No todos sobreviven aquí. —Le dedicó una última mirada y giró sobre sus tacones, alejándose con la misma elegancia letal con la que había llegado.

Emma exhaló despacio, sintiendo la presión en su pecho.

Sí, definitivamente este mundo era diferente a todo lo que había conocido. Y tal vez, solo tal vez, ella no encajaba en él.

Pero eso no significaba que no lo intentaría.

El café Rust & Bloom estaba envuelto en un aroma dulce y especiado, una mezcla de canela, vainilla y café tostado que contrastaba con el frío invernal del exterior. El lugar tenía una atmósfera acogedora: paredes de ladrillo visto, luces cálidas suspendidas sobre pequeñas mesas de madera y una barra de mármol donde una barista servía capuchinos con dibujos en la espuma.

Emma sacudió la nieve de su abrigo antes de entrar, buscando con la mirada a Olivia. La encontró en la esquina, con el cabello castaño rojizo cayéndole en ondas desordenadas sobre los hombros y su eterna libreta de notas abierta junto a una taza de café.

—Por fin —dijo Liv en cuanto la vio, cerrando la libreta de un golpe y alzando una ceja—. Iba a enviar una patrulla de búsqueda.

Emma sonrió y dejó su bolso en la silla antes de quitarse el abrigo.

—Mi primer día. Sobreviví. *p*n*s.

—Dios, cuéntame todo. —Liv apoyó los codos en la mesa, expectante—. ¿Cómo es? ¿Luces de neón? ¿Trajes de diseñador? ¿Gente que vendería a su propia madre por un ascenso?

Emma soltó una risa corta mientras tomaba el menú.

—Exacto. Y lo mejor: ya tengo mi propia enemiga en el departamento de cuentas.

—Déjame adivinar. Rubia, tacones imposibles, sonrisa de víbora.

—Morena, pero sí a todo lo demás. —Emma suspiró y dejó el menú sobre la mesa—. Se llama Jessica. Me hizo sentir como si hubiera entrado por la puerta equivocada y nadie se hubiera dado cuenta aún.

—Típico. —Liv bufó y tomó un sorbo de su café—. Pero dime la verdad, ¿hay alguien interesante? Ya sabes… del tipo alto, oscuro y peligroso.

Emma rodó los ojos.

—Liv…

—No me mires así. Soy periodista. Mi trabajo es investigar.

—Aún no conozco a nadie realmente. Solo he oído murmullos sobre los Harrison, pero ni siquiera los he visto.

La sonrisa de Liv desapareció un poco.

—Ten cuidado con esa familia.

Emma frunció el ceño.

—¿A qué te refieres?

Liv se inclinó sobre la mesa, bajando la voz.

—No son personas comunes. Manejan esta ciudad como si fuera su tablero de ajedrez. Empresas, políticos, prensa… todo. Y créeme, no llegan a donde están con contratos legales y apretón de manos.

Emma sintió un escalofrío recorrerle la espalda, pero intentó disimularlo.

—¿No estarás exagerando?

—Emma, prométeme algo. —Liv entrecerró los ojos, su mirada seria—. No dejes que esos tiburones te devoren.

Emma forzó una sonrisa, pero el peso de las palabras de su amiga quedó suspendido en el aire.

Porque, aunque aún no lo sabía, Liv tenía razón.

*****

La sala de juntas de Harrison & Co. era una obra maestra de elegancia y dominio. Ventanales de piso a techo dejaban entrar la luz grisácea de Chicago, reflejándose en la mesa de cristal pulido. Cada superficie brillaba con precisión quirúrgica, un reflejo del hombre que dirigía la empresa con puño de hierro.

Daniel Harrison estaba de pie al final de la mesa, con los puños apoyados sobre el vidrio, observando la proyección de los informes financieros con una mirada afilada. Su traje negro estaba impecablemente ajustado a su cuerpo atlético, y la corbata aflojada insinuaba que la reunión se había extendido más de lo esperado. Se encontraba en la cabecera de la mesa, vestido con un traje negro impecable, su postura dominante y su expresión tallada en granito. No tenía tiempo para distracciones innecesarias… hasta que ella entró.

Emma llevaba un conjunto profesional, su blusa blanca ligeramente entallada, la falda lápiz resaltando el balance entre elegancia y curvas. No era el atuendo lo que captó su atención, sino la forma en que su presencia alteró la atmósfera. Como un destello de electricidad en un espacio que él creía controlado.

Cuando ella se sentó al otro extremo de la mesa, un instante fugaz de contacto visual bastó para que un calor denso y primario se instalara en su cuerpo. Sus ojos verdes, grandes y curiosos, lo recorrieron con una mezcla de respeto y nerviosismo. Daniel sintió una punzada en el pecho. No de interés, sino de reconocimiento. Como si la hubiera estado esperando sin saberlo.

Junto a él, Eleanor Harrison—su hermana mayor—mantenía los brazos cruzados sobre su pecho. Sus ojos, fríos y calculadores, se posaban en cada persona en la sala como si analizara quién era lo suficientemente competente para estar ahí… y quién no.

A su izquierda Ethan Hayes, su mejor amigo y socio, tamborileaba los dedos contra la mesa con su habitual actitud despreocupada. Su sonrisa irónica *p*n*s ocultaba su aguda percepción de todo lo que ocurría.

Jessica Moreno, la ejecutiva más ambiciosa de la firma, estaba sentada con la espalda recta, las piernas cruzadas con calculada elegancia. Sus ojos oscuros se deslizaban entre Daniel y los demás asistentes con la seguridad de alguien que sabe que su lugar en la empresa está asegurado… o que hará lo que sea para asegurarlo.

Emma, Sentada al otro extremo de la mesa, con su cuaderno de notas y su laptop abierta, trataba de no retorcerse en su asiento. Era su primer gran encuentro con la cúpula de la empresa y, hasta ahora, había permanecido en silencio, tomando notas, absorbiendo la tensión que flotaba en la habitación como una tormenta a punto de estallar.

Pero cuando su mirada cayó sobre el documento en pantalla, sintió un vuelco en el estómago.

Había un error.

Uno grave.

El tipo de error que podía costarle millones a la empresa.

Capítulo 2

Emma tragó saliva, su corazón martillando contra sus costillas. ¿Decir algo o quedarse callada?

Podía sentir los ojos de Jessica sobre ella, como una serpiente esperando su próximo movimiento.

No. No iba a dejar que el miedo la paralizara.

Respiró hondo, enderezó los hombros y, con una voz firme aunque medida, habló:

—Disculpen… pero creo que hay una discrepancia en la proyección del tercer trimestre.

El silencio que siguió fue demoledor.

Los ojos de Daniel se alzaron inmediatamente hacia ella. Intensos. Helados. Profundos como un océano en tormenta.

Emma sintió un escalofrío recorrerle la columna.

—¿Discrepancia? —su voz era grave, perfectamente controlada, pero cargada de una autoridad que no dejaba espacio para errores.

Emma tragó saliva y giró la pantalla de su laptop, señalando los números con el cursor.

—Aquí —dijo, obligándose a sostenerle la mirada—. Los cálculos del flujo de caja no coinciden con los reportes de in

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