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Bajo Control

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Iván Alexander es un empresario millonario y serio, dueño de una cadena de hoteles de lujo, acostumbrado a que todo en su vida funcione como un reloj. Angie Wheeler, es una de las estrategas de comunicación más solicitada del país, conocida por tu capacidad para apagar incendios mediáticos y convertir crisis en éxitos. Iván, acostumbrado a manejarlo todo por su cuenta, no está preparado para lidiar con alguien como ella, una mujer que no solo le dice lo que tiene que hacer, sino que no se deja intimidar por su presencia ni su dinero.

Capítulo 1

Angie Wheeler no esperaba que el teléfono sonara esa noche. Era tarde, incluso para alguien como ella, acostumbrada a las horas intempestivas que exigían las crisis de reputación. En su moderno departamento en Beacon Hill, iluminado solo por la tenue luz de un escritorio lleno de informes, estaba inmersa en los detalles de su más reciente éxito: la salvación de un CEO tecnológico que había cometido el error de tuitear sin pensarlo dos veces.

El sonido del celular la sacó de su concentración. Miró la pantalla. Un número desconocido. Dudó un segundo antes de contestar.

—Angie Wheeler, ¿en qué puedo ayudarle? —dijo con voz firme, profesional, como un escudo contra las sorpresas desagradables.

—Señorita Wheeler, soy Richard Lowe, del bufete Carter & Lowe. Representó a Iván Alexander. —El tono grave y preciso del hombre al otro lado de la línea la obligó a prestar atención.

Alexander. Claro que había oído ese nombre. ¿Quién no lo había hecho? El magnate hotelero que llenaba titulares tanto por sus lujosos proyectos como por los escándalos que los seguían. ¿Cómo hacía un hombre como él para meterse en tantos escándalos? No terminaba de salir de uno, que ya iniciaba otro. Las últimas noticias eran comunes en el mundo de los negocios: acusaciones de corrupción, explotación laboral y el impacto ambiental de una de sus próximas construcciones en una zona protegida. Un cóctel perfecto de controversias que podía destruir la imagen de cualquiera.

—¿Qué necesita de mí? —preguntó, aunque ya sabía la respuesta.

—Lo necesita todo. Este caso... bueno, digamos que es el más complicado que hemos tenido. Su equipo de relaciones públicas no está a la altura. Usted viene recomendada como la mejor.

Angie dejó escapar un suspiro breve y cerró los ojos un instante. No era la primera vez que alguien la buscaba para arreglar algo así, pero había algo en el tono del abogado que la inquietaba. Esto no sería una simple operación de control de daños; sería una guerra mediática.

—¿Quiere hablar conmigo en persona? —preguntó, directa.

—Le envió un jet. Mañana a las ocho de la mañana. El señor Alexander quiere verla en Nueva York.

Angie frunció el ceño. Un jet privado. Obviamente, Iván Alexander no era de los que pedían las cosas con paciencia. Pero algo en esa actitud no la intimidaba, más bien le picaba la curiosidad.

—De acuerdo. Dígale a su jefe que lo veré mañana. Pero si no está dispuesto a escuchar, no voy a malgastar mi tiempo.

—Se lo diré. Buenas noches, señorita Wheeler.

Angie colgó, dejó el celular sobre el escritorio y se apoyó en el respaldo de la silla, pensando. Sabía que Alexander sería un desafío. Hombres como él no aceptaban que alguien los cuestionará, y mucho menos una mujer que no se intimidaba con su poder. Pero eso también era lo que la motivaba.

Con una sonrisa *p*n*s perceptible, se levantó y caminó hacia su armario, donde colgaban sus trajes favoritos: elegantes, ajustados, cada uno diseñado para transmitir fuerza y autoridad. Si Iván Alexander esperaba domarla, tendría que aprender que ella no era como las demás personas de su entorno, dispuestas a besarle las suelas de los zapatos con tal de hacerlo sentir bien.

Al día siguiente, Angie había optado por unos pantalones sastreros color blanco, estilo palazzo, que caían con elegancia sobre sus piernas. Una camisa blanca, cuyos primeros botones desabrochó para dejar entrever un delicado collar plateado, completaba el look junto con unos zapatos stilettos negros que resonaban sutilmente contra el suelo. Recogió su cabello en un moño perfectamente peinado, dejando algunos mechones sueltos que enmarcaban su rostro. Antes de salir, se puso sus lentes de montura fina y tomó su bolso de cuero italiano.

Le habían avisado que el jet estaría listo para despegar tan pronto como ella lo solicitara. Ya estaba en el aeropuerto privado, un lugar que conocía bien por su ajetreado trabajo. Estacionó su Range Rover en una zona segura donde sabía que el personal de confianza se encargaría de cuidarlo. Caminando con paso firme por la amplia zona de embarque, sintió el zumbido familiar de su celular en el bolso.

Sacó el teléfono y miró la pantalla. El nombre de Derek Morgan apareció iluminado: el CEO tecnológico al que había rescatado de un desastre mediático *p*n*s unos días atrás, luego de un hilo de Twitter bastante desafortunado. Angie suspiró ligeramente antes de contestar.

—¿Qué pasa, Derek? —dijo sin rodeos, mientras ajustaba el bolso en su hombro.

—Angie, sé que estás ocupada, pero necesito tu consejo. He estado pensando en esa campaña que sugeriste, ¿recuerdas? La de donar tecnología a escuelas rurales. Creo que podemos lanzarla esta semana.

Angie sonrió para sí misma. El hombre que había estado al borde de perderlo todo ahora estaba ansioso por redimirse públicamente. Ella había hecho bien su trabajo, como siempre.

—Lánzala, Derek. Ya tienes todo el plan y las recomendaciones. Solo asegúrate de que el equipo de relaciones públicas mantenga el enfoque en las historias humanas. No vendes la tecnología; vendes la idea de futuro.

—Por eso te necesito, Angie. Siempre tienes la visión clara. Gracias.

—Para eso me pagaste. Ahora, si no te importa, tengo un vuelo que tomar.

Derek rió al otro lado de la línea.

—Buena suerte. 

Angie cortó la llamada y guardó el celular en su bolso. Llegó al hangar donde la esperaba el jet privado. La tripulación la saludó cortésmente mientras subía a bordo. El interior era tan lujoso como ella esperaba: asientos de cuero beige, una mesa de cristal con flores frescas, y todo el espacio necesario para revisar los documentos que el abogado de Iván Alexander le había enviado esa misma mañana.

Mientras se acomodaba en el asiento, cruzando las piernas con una elegancia que parecía natural en ella, Angie no pudo evitar pensar en el desafío que estaba por enfrentar. Iván Alexander no sería fácil de manejar, pero eso solo hacía que este caso fuera más interesante.

El avión despegó, y con él, su determinación de enfrentar al hombre detrás del escándalo, creció. Sabía que no se trataba solo de limpiar su imagen; había algo más en juego. Y Angie estaba lista para demostrar por qué siempre era la mejor en lo que hacía. 

El avión aterrizó suavemente en Nueva York, pero para entonces Angie ya había leído y analizado cada uno de los documentos que Richard, el abogado de Alexander, le había enviado. La situación era crítica: un ex empleado había revelado todo lo que sabía en un intento desesperado por limpiar su reputación. Había sido despedido por conceder favores indebidos que habían costado una considerable suma de dinero a la cadena hotelera. Sin embargo, en su afán por vengarse, el hombre había sacado a la luz documentos y testimonios que implicaban directamente a Iván en prácticas de corrupción y negligencia ambiental.

Después de cruzar el aeropuerto con la misma seguridad que siempre la caracterizaba, un auto la llevó directamente a las oficinas de Iván en el centro de Manhattan. Allí, en la entrada, la esperaba Richard, quien parecía ansioso y un tanto frenético, como si el caos en el interior de la oficina fuera a desbordarse en cualquier momento.

A pesar de su agitación, no pudo evitar detenerse por un momento a examinar a Angie de pies a cabeza. Era inevitable: Angie era una mujer deslumbrante. Su piel tostada, como si hubiera pasado días bajo el sol en algún exclusivo destino tropical, y su porte natural irradiaban confianza y elegancia. El pantalón blanco palazzo que llevaba se movía con cada paso, y la camisa desabotonada estratégicamente le daba un aire sofisticado. Sus stilettos resonaban en el suelo de mármol, y el moño impecable que recogía su cabello realzaba sus facciones.

Richard pensó que, en cualquier otra circunstancia, la escena habría sido digna de una película. Pero Angie no era simplemente una mujer atractiva; era también imponente, y su mirada dejaba claro que no estaba allí para jugar.

—Es un placer conocerte en persona, Angie —dijo Richard, extendiendo una mano mientras intentaba sonar profesional, aunque su voz tenía un matiz nervioso.

—Lo mismo digo, Richard. Espero que me lleves directo a donde está ocurriendo el desastre —respondió Angie, sin rodeos.

—Claro, por aquí. Pero... debo advertirte, Iván no está en su mejor momento.

Al llegar al ala de conferencias, los gritos de Iván resonaban como una tormenta en el pasillo. Desde la puerta de cristal, Angie podía verlo. De pie al final de la sala, vestido impecablemente con un traje gris oscuro, lanzaba órdenes y reproches mientras un equipo de relaciones públicas y directivos lo miraban sin saber cómo calmarlo. Sebastián, su mejor amigo y mano derecha, intentaba intervenir, pero ni siquiera él lograba desviar la furia del empresario.

—¡¿Cómo es posible que nadie haya previsto esto?! —rugía Iván, golpeando la mesa con el puño cerrado—. ¿Tengo que hacer todo yo mismo? ¡Esto no es una empresa de aficionados!

—Señor Alexander, estamos trabajando en un comunicado... —intentó decir una joven del equipo, pero Iván la interrumpió.

—¿Un comunicado? ¡Necesito soluciones, no excusas! Mi imagen está por los suelos, ¿entienden lo que eso significa?

Angie se detuvo a observar desde la puerta, cruzando los brazos y arqueando las cejas. Nadie parecía notar su presencia, excepto los empleados, que comenzaron a girarse hacia ella como si la ayuda finalmente hubiera llegado. Los ojos se desviaban hacia la mujer que esperaba con paciencia, pero también con un aire de autoridad que parecía dominar la habitación sin haber dicho una sola palabra.

Finalmente, Iván se giró y la vio. Por un segundo, su furia pareció apagarse, como si no pudiera creer que esa mujer estaba allí, observándolo con una mezcla de paciencia y desafío.

—¿Y tú quién eres? —soltó, con un tono más brusco de lo que había planeado, sin darse cuenta del error que acababa de cometer.

Angie avanzó un paso, apoyando su bolso en la mesa. Su mirada directa chocó con la de Iván, sin vacilar.

—Soy Angie Wheeler —respondió con firmeza—. Y si quiere salvar lo que queda de su reputación, será mejor que me escuche y haga todo lo que diga al pie de la letra. 

La sala quedó en completo silencio. Angie se mantuvo firme, con los brazos cruzados, mientras todos en la sala intercambiaban miradas incómodas. Nadie se atrevía a intervenir. Incluso Iván, que pocas veces permitía que lo desafiara alguien, parecía desconcertado. No era común que alguien lo enfrentará con tanta frialdad, y mucho menos en un momento como ese.

Angie aprovechó la pausa para continuar:

—Gracias por su tiempo, equipo. Ahora, si no les importa, necesito hablar con el señor Alexander a solas.

Los ejecutivos y miembros del equipo de relaciones públicas empezaron a recoger sus cosas con rapidez. Sebastián, que había estado observando en silencio, esbozó una pequeña sonrisa antes de dar un paso adelante.

—Creo que estarás en buenas manos, Iván. —dijo antes de salir, dando un leve golpecito en el hombro de su amigo.

Cuando la puerta se cerró detrás del último empleado, Angie dio un paso al frente, acercándose a la mesa. Iván permaneció de pie, mirándola con una mezcla de desafío y curiosidad.

—¿Crees que puedes venir aquí y darme órdenes en mi propia empresa? —preguntó con el tono áspero que utilizaba para intimidar a cualquiera que se interpusiera en su camino.

—No creo. Estoy segura —respondió Angie, colocando los documentos que llevaba en la mesa con un movimiento calculado—. Esto no es personal, señor Alexander. Es un desastre profesional, y usted me contrató para arreglarlo. Si quiere que lo haga, tendrá que controlarse.

Iván soltó una risa breve, incrédula. Angie aprovechó el momento para abrir la carpeta y señalar los puntos clave del caso.

—Este ex empleado no solo ha filtrado información confidencial, sino que también ha recopilado pruebas suficientes para que los medios y las autoridades lo tomen en serio. Documentos que sugieren corrupción, contratos cuestionables y, por si fuera poco, negligencia ambiental en un área protegida.

—¿Qué sugieres? —preguntó Iván, con los brazos cruzados, mientras intentaba no perder la compostura ante la mujer que parecía completamente inmutable frente a su actitud.

Angie levantó la vista de los papeles, y sus ojos oscuros se encontraron con los de él.

—Primero, controlaremos la narrativa. La prensa es un enemigo feroz, pero también una herramienta poderosa. Emitiremos un comunicado para calmar las aguas, mientras trabajó con Richard en la estrategia legal. Segundo, cancelaremos cualquier operación en esa zona protegida hasta que las cosas se enfríen. Y tercero... —se inclinó levemente hacia él, clavando su mirada—. Tiene que aparecer como el hombre que lidera el cambio, no como el villano que se aprovecha de los vulnerables.

Iván apretó los labios, claramente molesto, pero no pudo evitar sentir admiración por la forma en que Angie manejaba la situación. Había algo en ella que lo desarmaba. Tal vez era la seguridad con la que hablaba, o el hecho de que no parecía impresionada por él, algo a lo que no estaba acostumbrado.

—¿Y cómo planeas lograr todo eso? —preguntó finalmente, con un tono más tranquilo, aunque aún desafiante.

—Eso, señor Alexander, es lo que hago mejor. Usted enfóquese en seguir mis instrucciones, y yo me aseguraré de que su nombre esté limpio antes de que pueda decir “crisis”.

Angie cerró la carpeta y lo miró un momento más antes de recoger su bolso.

—Ahora, si no le molesta, me gustaría que su asistente me muestre mi oficina. Esto va a ser un proceso largo.

Iván observó cómo salía de la sala con la misma elegancia con la que había llegado. Algo le decía que trabajar con Angie Wheeler iba a ser más complicado de lo que había anticipado... pero también más interesante.

Capítulo 2

Angie recorrió su nueva oficina con una mirada analítica, ajustándose los lentes mientras observaba cada detalle del espacio. La decoración era minimalista, con paredes en tonos neutros y muebles funcionales que reflejaban el estilo impersonal de las oficinas de Iván Alexander. Sin embargo, eso no le molestaba; no estaba allí para sentirse cómoda, sino para arreglar el desastre.

Colocó su bolso sobre la silla de cuero negro detrás del escritorio y comenzó a desempacar su maletín, organizando documentos y colocando su laptop en el centro. *p*n*s había conectado su teléfono al cargador cuando oyó las primeras risas apagadas provenientes del pasillo.

—¿La viste? —susurró una voz femenina.

—Claro que sí. Esa mujer parece salida de una revista. ¿Quién demonios viene vestida así para trabajar? —respondió otra, con un tono mordaz.

—Y dicen que el jefe la contrató personalmente. Es obvio por qué... ¿te imaginas? ¡Debe tener algo con él! —agregó la primera.

Angi

Heroes

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