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Casada con un Lobo Billionaire

  • Género: Werewolf
  • Autor: Marvin
  • Capítulos: 75
  • Estado: En curso
  • Clasificación por edades: 18+
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Anotación

Sofía Reyes nunca imaginó que una noche cambiaría su vida para siempre. Después de ser abandonada por su familia, Sofía sobrevive trabajando en un bar de mala muerte en las afueras de la ciudad. Lo que nadie sabe es que ella esconde un secreto que podría destruir todo lo que conoce: es la heredera perdida de una de las manadas de lobos más poderosas de Europa. Cuando un hombre misterioso aparece en el bar y le propone un trato imposible de rechazar — casarse con él por un año a cambio de una fortuna — Sofía no tiene opción más que aceptar. Lo que no sabe es que Adrián Vargas no es solo un multimillonario frío y calculador, sino también el Alfa de la manada del Norte, el lobo más temido de todo el continente. Adrián necesita una esposa para consolidar su poder ante el consejo de manadas, pero nunca esperó que su "esposa de conveniencia" despertara algo primal en él. El vínculo del destino los une, aunque ambos luchen contra él. Entre mentiras, traiciones y secretos familiares, Sofía y Adrián deberán decidir si su matrimonio falso puede convertirse en algo real... o si los fantasmas del pasado los destruirán a ambos. Porque en el mundo de los lobos, el amor es el juego más peligroso de todos.

Capítulo 1: El Hombre de los Ojos Grises

La lluvia caía sobre la ciudad como si el cielo intentara lavar todos sus secretos. Gotas gruesas golpeaban el techo oxidado del bar, creando un sonido monótono que se mezclaba con el zumbido de las luces de neón parpadeantes. El bar El Último Trago era un agujero infecto en el extremo más pobre del distrito industrial, donde las paredes estaban manchadas de humo de décadas y el olor a alcohol barato se mezclaba con el sudor rancio de los parroquianos habituales.

Sofía Reyes se limpiaba el mostrador con un trapo gastado, sus ojos verdes fijos en la puerta. Eran las once de la noche, y el bar prácticamente estaba vacío, salvo por un par de borrachos dormidos en las mesas del fondo. Sus ojos, del color de las esmeraldas más puras, recorrían cada rincón con desconfianza constante. Aquí era donde se había ocultado durante cinco largos años, en un lugar donde nadie la buscaría, donde nadie sospecharía que una princesa de una de las manadas de lobos más poderosas de Europa trabajaba sirviendo cervezas barata a hombres sin futuro.

Cinco años. Cinco años desde el incendio que había destruido su vida. Cinco años desde que había visto a su hermano gemelo por última vez, desde que había escapado de las llamas llevando solo la ropa puesta y una foto arrugada de su familia. Ahora era solo Sofía, la camarera del bar de mala muerte, una mujer sin pasado y sin futuro, sobreviviendo día a día en las sombras de una ciudad que nunca la había querido.

Su mano se movió instintivamente hacia el hombro izquierdo, donde una cicatriz de quemadura se extendía bajo su camisa. La marca de su tragedia, de su secreto. Una cicatriz que nunca mostraba a nadie, igual que nunca mostraba su verdadera forma de loba. Desde aquella noche fatídica, se había negado a transformarse, temiendo que cualquier uso de su naturaleza sobrenatural la delatara a los cazadores que aún la perseguían.

-Otra ronda, belleza.

Sofía levantó la vista para encontrarse con Roberto, un hombre gordo de mediana edad con aliento a whiskey barato y una sonrisa que mostraba dientes amarillentos y podridos. Era uno de los clientes regulares, el tipo de hombre que creía que el dinero en su bolsillo le daba derecho a cualquier cosa.

-Cierra la cuenta, Roberto. Ya es tarde. Sofía mantuvo su voz firme, aunque por dentro sentía el familiar nudo de ansiedad en el estómago.

Roberto se rio, un sonido desagradable que resonó en el bar vacío. Para ti nunca es tarde, muñeca. ¿Por qué no te sientas conmigo? Te pagaría bien. Mucho mejor de lo que te paga este agujero. Sus ojos recorrieron su cuerpo de manera descarada, deteniéndose en los lugares que la hacían sentir expuesta y vulnerable.

-Creo que no. Sofía dio un paso atrás, su mano deslizándose hacia el cuchillo que siempre llevaba escondido en el bolsillo de su delantal. No era la primera vez que un cliente cruzaba la línea, y había aprendido desde el principio que en este mundo, una mujer sola necesitaba saber defenderse.

Roberto avanzó, bloqueando su camino hacia la salida. No seas difícil. Una p*t* como tú debería estar agradecida de que alguien como yo se fije en ella. Vamos, solo una copa. O quizás algo más, si juegas bien tus cartas.

No terminó la frase.

La puerta del bar se abrió con un golpe que hizo temblar los cristales. No fue un empujón suave, sino una entrada que irrumpió en el espacio como una declaración de guerra. Un hombre entró, su silueta recortada contra la luz amarillenta de la calle mojada. Era alto, al menos un metro noventa, con hombros que llenaban toda la entrada y una postura que hablaba de poder absoluto. Vestía un traje negro de sastrería impeccable, hecho a medida, que probablemente costaba más que todo lo que Sofía había ganado en sus cinco años trabajando en aquel lugar.

Pero lo que realmente capturó su atención, lo que hizo que su corazón diera un vuelco en su pecho, fueron sus ojos. Grises como el acero pulido, fríos como el hielo de las montañas, y con una intensidad que parecía capaz de ver a través de todas sus máscaras, de todos sus secretos. Ojos que la miraban como si ya la conocieran, como si hubieran estado esperándola toda la vida.

-Déjala. Su voz era un mando, baja pero cargada con una autoridad que hacía temblar las paredes del bar. No era una petición. Era una orden absoluta, el tipo de voz que esperaba obediencia inmediata.

Roberto se volvió, furioso por la interrupción. ¿Quién demonios te crees que eres para meterte en mis asuntos? Este no es tu territorio, ricachón. Vete a jugar a ser importante a otro lado.

No terminó.

En un movimiento tan rápido que Sofía *p*n*s pudo seguirlo con la vista, el desconocido cruzó la distancia que los separaba. Su mano, grande y fuerte, agarró la muñeca de Roberto y la torció con una fuerza controlada pero implacable. El sonido de huesos crujiendo resonó en el silencio del bar, seguido por un grito de dolor que Roberto no pudo contener.

-Largate. El hombre no levantó la voz. No necesitó hacerlo. La amenaza estaba en cada sílaba, en la quietud mortal de su postura. Y no vuelvas. Si te vuelvo a ver cerca de ella, no serán solo los huesos de la muñeca lo que rompa.

Roberto huyó cojeando, arrastrando su mano lastimada, maldiciendo entre dientes promesas de venganza que ambos sabían que nunca cumpliría. La puerta se cerró de golpe detrás de él, dejando un silencio cargado de electricidad.

Sofía se quedó paralizada. No por el miedo, exactamente. El miedo era su compañero constante desde hacía cinco años, una sombra familiar que la seguía a todas partes. Esto era diferente. Era la sensación de estar frente a un depredador mucho más peligroso que cualquier borracho del bar, un depredador que la miraba como si ella fuera su presa designada desde antes de que nacieran.

Los ojos grises del hombre no se apartaban de los suyos, y había algo en su mirada, algo casi hambriento, que la hacía sentirse expuesta de una manera que no había sentido en años. Como si pudiera ver a través de su armadura de indiferencia, como si supiera todos sus secretos sin que ella le hubiera dicho una sola palabra.

-¿Estás bien? Preguntó él, y su voz cambió. Seguía siendo profunda, seguía teniendo ese tono de control absoluto, pero ahora había algo más. Una preocupación que no debería estar ahí, una suavidad que no correspondía con el hombre que acababa de romperle la muñeca a alguien sin pestañear.

-Fine. Sofía recuperó la compostura con esfuerzo, forzando una sonrisa profesional que había perfeccionado durante años de trabajar con clientes difíciles. Gracias por eso. Pero no necesito ayuda. Puedo manejarme sola. He estado haciéndolo durante mucho tiempo.

-Lo sé. El hombre se acercó al mostrador, sentándose en un taburete como si fuera el trono de un rey. Por eso no intervine antes. Quería ver cómo lo manejabas. Y debo decir, Sofía, que me impresionaste. La mayoría de las personas habrían cedido ante la intimidación. Tú no.

El uso de su nombre la sobresaltó, aunque no debería. No había nada especial en que supiera cómo se llamaba. Era su nombre de trabajo, el que usaba en el bar. Pero la forma en que lo dijo, con esa familiaridad que no tenía derecho a tener, hizo que su piel se erizara.

Sus ojos seguían estudiándola, recorriendo su rostro, su cabello, sus manos, como si estuviera memorizando cada detalle, como si estuviera leyendo un libro en un idioma que solo él conocía. Era una mirada que la hacía sentir desnuda y, al mismo tiempo, extrañamente protegida.

-¿Algo para beber? Sofía prefirió ignorar su mirada penetrante, concentrándose en las tareas mecánicas que conocía tan bien. Tenemos cerveza, whiskey, vodka. Nada fancy, pero todo potable.

-Aguapanela.

La palabra cayó entre ellos como una bomba. Era una bebida típica colombiana, dulce y reconfortante, hecha con panela disuelta en agua con un toque de limón. Casi nunca se pedía en un bar de mala muerte como aquel. De hecho, Sofía no recordaba haberla servido ni una sola vez en sus cinco años trabajando allí.

-No servimos eso aquí. Su voz salió más tensa de lo que pretendía. Este no es ese tipo de lugar.

-Pero sabes cómo prepararlo. No era una pregunta. Era una afirmación, dicha con la misma certeza con la que había dicho su nombre.

El silencio entre ellos se extendió, cargándose de secretos no dichos, de preguntas que ninguno de los dos estaba dispuesto a hacer. Sofía se encontró atrapada en esos ojos grises, sintiendo una conexión inexplicable, casi sobrenatural, como si algo profundo dentro de ella reconociera a este hombre, aunque estaba absolutamente segura de nunca haberlo visto antes en su vida.

-¿Quién eres? Susurró, olvidando por un momento su máscara de indiferencia, su armadura de superviviente.

El hombre sonrió, y la expresión transformó su rostro. Por un instante, pareció casi humano, casi accesible. Pero no respondió a su pregunta. En cambio, deslizó un sobre negro sobre el mostrador, un rectángulo perfecto que parecía pesar toneladas.

-Ábrelo.

Sofía no se movió. No acepto dinero de extraños. No importa de quién se trate o qué estén ofreciendo. Mis reglas son claras.

-Ni yo le doy dinero a extraños. Sus ojos brillaron con algo que podría haber sido diversión, o tal vez algo más oscuro. Pero tú no eres una extraña, Sofía Reyes. No para mí. No lo has sido desde hace mucho tiempo.

El nombre completo la golpeó como un golpe físico. Sofía Reyes. No el nombre falso que usaba en el bar, no la identidad que había construido con tanto cuidado durante cinco años. Su nombre real. El nombre que solo su familia conocía, el nombre que creía haber enterrado junto con su pasado.

-¿Cómo sabes mi nombre? La pregunta salió como un susurro, *p*n*s audible sobre el sonido de la lluvia afuera.

-Tengo mis maneras. Él se levantó, dejando algunos billetes sobre la mesa para la bebida que nunca había tocado. Tienes tres días para decidir. El sobre contiene una propuesta que no podrás rechazar. Una oportunidad de escapar de todo esto, de empezar de nuevo. De vivir en lugar de solo sobrevivir.

Se dirigía hacia la puerta cuando Sofía lo llamó, su voz más fuerte de lo que sentía.

-Espera.

El hombre se detuvo, mirándola sobre su hombro. La luz de la calle creaba un halo alrededor de su silueta, haciéndolo parecer aún más imponente, más sobrenatural.

-¿Por qué yo? Su voz tembló, traicionando el miedo que intentaba ocultar. Hay miles de mujeres en esta ciudad. Miles que harían cualquier cosa por un rico como tú. Mujeres más hermosas, más elegantes, más apropiadas para lo que sea que estés buscando. ¿Por qué venir a este basurero a buscarme a mí?

Por primera vez, algo diferente cruzó sus ojos grises. Algo casi humano, casi vulnerable. Una emoción que Sofía no supo identificar, pero que desapareció tan rápido que pensó que lo había imaginado.

-Porque tú eres diferente. Respondió, su voz *p*n*s un susurro que ella tuvo que esforzarse por escuchar. Porque siempre lo has sido. Y porque algunas deudas del pasado no se pueden ignorar para siempre.

Y entonces se fue, desapareciendo en la noche lluviosa como si nunca hubiera existido, dejando solo el sobre negro sobre el mostrador y un millón de preguntas sin respuesta.

Sofía se quedó mirando el sobre como si fuera una bomba a punto de explotar. Sus manos temblaban cuando lo abrió, revelando su contenido con una mezcla de terror y curiosidad.

Dentro había tres cosas.

Primero, un cheque con suficientes ceros para desaparecer para siempre. Una cantidad que le permitiría dejar la ciudad, dejar el país, leave todo atrás y nunca mirar hacia atrás.

Segundo, un contrato de matrimonio, válido por un año. Términos claros, obligaciones definidas, cláusulas de confidencialidad. Un acuerdo legal que la convertiría en su esposa durante doce meses.

Tercero, una nota escrita a mano en papel de lujo, con una caligrafía elegante y firme:

"Un año. Una boda. Tu libertad a cambio de mi nombre. No es amor, es negocios. Pero quizás, solo quizás, sea más de lo que jamás imaginaste. Te estaré esperando. No tardes demasiado en decidir."

Adrián Vargas.

El nombre la heló más que la lluvia afuera. Vargas. El hombre más poderoso de Europa. El CEO de Vargas Industries, un imperio empresarial que abarcaba desde la tecnología hasta la biotecnología. El hombre que aparecía en las portadas de las revistas de negocios, cuya fortuna se contaba en miles de millones.

Y según los rumores que circulaban en el mundo oculto de las manadas, también el Alfa de la manada del Norte. El lobo más temido de todo el continente. El depredador al que ningún otro lobo se atrevía a desafiar.

Sofía salió corriendo del bar sin mirar atrás, el sobre apretado contra su pecho como si fuera un escudo contra el mundo. No importaba quién era él o qué quería realmente. No importaban las advertencias de su instinto que le gritaban que huyera, que se escondiera, que nunca volviera a mirar atrás.

Lo único que sabía, con una certeza que la aterrorizaba y la emocionaba por igual, era que su mundo, por más miserable y seguro que fuera, estaba a punto de cambiar irreversiblemente.

Y en algún lugar de la ciudad, en alguna mansión lujosa o rascacielos imponente, Adrián Vargas sonreía en la oscuridad, sus ojos grises brillando como los de un depredador que finalmente había encontrado a su presa después de años de búsqueda.

El juego había comenzado. Y esta vez, no había forma de salir ilesa.

Capítulo 2: La Mansión del Lobo

Tres días habían pasado desde que Sofía había recibido el sobre negro, y cada hora de esos tres días había sido una batalla entre el miedo y la esperanza. Se había sentado en su pequeña habitación del apartamento que compartía con otras dos mujeres, mirando el contrato de matrimonio como si fuera un documento escrito en un idioma extraterrestre. Los términos eran claros: un año de matrimonio, una cuantiosa suma de dinero, y su libertad después de los doce meses. Una escapatoria perfecta. Una jaula dorada con fecha de vencimiento.

Pero había un problema. Un problema enorme que la mantenía despierta por las noches, mirando el techo mientras su mente recreaba una y otra vez la escena del bar. El hombre de los ojos grises la había mirado como si la conociera. Como si supiera exactamente quién era ella, de dónde venía, qué secretos guardaba. Y eso era imposible. Nadie conocía su verdadero nombre. Nadie sabía que era la heredera de la manada del Sur. Nadie, excepto...

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