
Piel de Cristal
- Genre: Billionaire/CEO
- Author: Beliz
- Chapters: 10
- Status: Ongoing
- Age Rating: 18+
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- ⭐ 5.0
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Annotation
Gianda lo tiene todo: belleza, éxito y un matrimonio que, de puertas para afuera, es la envidia de muchos. Pero detrás del brillo y el lujo, su vida es una jaula dorada, donde el amor es solo una fachada y las humillaciones son el precio de su estatus. Una noche prohibida con un desconocido cambia las reglas del juego. Julián irrumpe en su mundo como un fuego imposible de apagar, despertando en ella deseos y verdades que había enterrado. ¿Será él la llave para liberarse o solo un nuevo peligro en su vida? En un mundo donde las apariencias lo son todo, Gianda tendrá que descubrir quién es realmente… antes de que sea demasiado tarde.
Chapter 1
Las luces resplandecientes de Nueva York iluminaban todo a su alrededor, pero no lograban disipar la oscuridad que cargaba en su interior. El lujoso abrigo de piel blanco la protegía del invierno mientras caminaba entre la multitud; sus tacones negros, como agujas, marcaban un ritmo hipnótico, casi un tango silencioso que sus caderas interpretaban con maestría.
¿Cómo podía una mujer con tal aire de lujo caminar sola por la ciudad, como cualquier otra persona? Las miradas la seguían: unas con admiración, otras con envidia, pero ninguna lograba descifrar el secreto que escondían sus ojos azules, donde la incertidumbre y la determinación libraban una batalla constante.
Esa noche, las luces de la ciudad eran su refugio, un escenario donde podía esconder sus miedos bajo un brillo de confianza. Entró por la enorme puerta de cristal de un bar exclusivo, de esos que parecen existir solo en las páginas más caras de las revistas. Su presencia irrumpió como un rayo. Las conversaciones se detuvieron por un instante; las mujeres la observaban de reojo, mientras los hombres no disimulaban sus miradas.
Caminó hacia la barra con la gracia de una modelo en pasarela. Su figura erguida era un desafío mudo al mundo. Bajó el gorro de su abrigo, dejando caer su melena oscura en cascadas perfectas, un contraste con la blancura del abrigo que enmarcaba su rostro angelical.
—¿En qué puedo servirle? —preguntó el cantinero, aturdido por su presencia.
—Un trago fuerte, por favor —dijo, curvando sus labios rojos en una sonrisa que destilaba confianza.
—¿Algún tipo en particular?
—El más fuerte que tengas. —Su tono era seguro, pero el gesto con el que acarició su nuca delataba el peso de un pensamiento persistente.
El primer sorbo fue un golpe ardiente que quemó su garganta, pero también encendió algo en su interior. Observó su reflejo en el cristal del vaso y esbozó una sonrisa fugaz: las mujeres fuertes no huyen, se enfrentan. Era un mantra que repetía para recordarse que, incluso en el caos, no podía permitirse flaquear.
Mientras sus pensamientos navegaban entre la autosuficiencia y el deseo de olvidar, sintió una mirada fija en ella. Alzó la vista y se encontró con unos ojos penetrantes. Un hombre que, incluso en una multitud, destacaba. Vestía una sudadera color vino que *p*n*s contenía un torso marcado. Su cabello corto y oscuro caía con un descuido calculado.
La chispa entre ambos fue instantánea, como si el resto del bar se desvaneciera. Él se levantó de su asiento y caminó hacia ella con pasos seguros, reduciendo la distancia como una dulce amenaza.
—¿Siempre juegas así?
—¿Así cómo? —respondió ella, manteniendo la sonrisa.
—Con la mirada, como si no necesitaras palabras.
Ella rió suavemente y apartó la vista.
—Tal vez las palabras sean innecesarias.
Él se apoyó en la barra, claramente intrigado.
—¿Cómo te llamas?
—No importa mi nombre. —Su respuesta fue firme, pero el leve brillo en sus ojos lo invitaba a seguir.
—Mujer difícil. —Se inclinó un poco más hacia ella. —Te diría el mío, pero supongo que tampoco quieres saberlo.
Ella arqueó una ceja, divertida.
—No me interesa tu nombre, pero tú… tú sí.
Él sonrió, sorprendido por su descaro. Jugó con el vaso entre sus manos mientras la miraba con una mezcla de diversión y curiosidad.
—Entonces, ¿qué propones? ¿Cómo debería presentarme?
—Como más te guste. —Tomó otro sorbo de su bebida, vaciando el vaso con un toque desafiante.
—¿Quieres bailar? —preguntó él, inclinándose ligeramente hacia ella, con una chispa de deseo en sus ojos verdes.
—¿Qué esperas? —respondió, levantándose con elegancia y dejando que el abrigo blanco se deslizara por sus hombros.
Caminaron hacía la pista, elle ofrecio su mano. Ella, lo miro de pies a cabeza con una sonrisa, sostubo la mano de él.
—¿Eres modelo? —preguntó mientras movía sus pasos al ritmo de un suave jazz en vivo.
—Quizás. ¿Por qué lo preguntas?
—Tu estilo lo sugiere.
Ella rió, pero no respondió. Sus movimientos eran sincronizados, como si sus cuerpos ya se conocieran. Él se acercó más, inhalando el suave olor a jazmín de su cabello. Con voz baja, *p*n*s un susurro, en su oído dijo:
—¿Qué hace una mujer como tú, sola?
—Encontrarte a ti. —Su sonrisa traviesa evadió la pregunta con una elegancia que lo desarmó.
Él frunció el ceño, estudiando su rostro con detenimiento.
—Tu rostro… me resulta familiar, creo que ya te he visto, solo que no se donde.
—No podría decir lo mismo de ti, pero,tampoco importa. —La chispa entre ambos fue casi eléctrica, imposible de ignorar.
La música cesó, pero no la intensidad entre ellos.
—¿Y si te invito a otro lugar? Algo menos concurrido —preguntó él, rompiendo el silencio.
—¿Y si decido quedarme aquí solo para probar tu paciencia?
—Te volvería a preguntar: ¿quieres ir a otro lugar?
Ella lo miró en silencio, sopesando la propuesta. Finalmente, asintió.
—Vamos.
La habitación del hotel tenía un ambiente íntimo con sus luces cálidas y cortinas que la separaban del exterior. Ella dejó caer su abrigo sobre un sillón, revelando su vestido negro ajustado que resaltaba sus curvas y sus hermosas piernas largas. Él se acercó a ella mientras la admiraba con deseo.
—¿Siempre controlas todo? —preguntó, mientras curvaba los labios con una sonrisa desafiante.
Ella rió suavemente mientras caminaba hacia él.
—Si es lo que piensas.
—No solo lo pienso, lo veo —se acercó a ella con pasos lentos, sus dedos rozaron suavemente la piel descubierta de sus hombros.— Pero ¿sabes qué? Me gusta.
Ella lo miró fijamente, como encarándolo, como si pudiese leer sus pensamientos.
—¿Qué planeas hacer al respecto?
Él inclinó la cabeza, dejando que su sonrisa se ensanchara.
—Es que no sé si eres un premio o un castigo —se acercó aún más hacia ella.
—¿No puedes decidirlo?
—Solo sé que estoy dispuesto a correr el riesgo.
La besó con lentitud, como si pudiese saborear cada segundo, pero ella no dejaría que él tomara el control tan fácilmente. Tomo el cuello de su camisa, tirando de él con fuerza, haciendo el beso más intenso.
—¿Siempre eres tú quien pone las reglas? —murmuró contra sus labios.
—Diría, que suelo tener todo bajo control—sonrió deslizando su dedo hasta parar en el centro de su pecho.
—¿Y esta vez?
—Te otorgo el puesto.
Sus dedos trazaron una línea desde su cuello hasta el hombro desnudo, como si memorizara cada curva. Su aliento, cálido y
cercano, fue más poderoso que cualquier palabra.
—¿Aún no me dirás tu nombre? —preguntó en un susurro mientras sus labios recorrían su cuello.Ella cerró sus ojos disfrutando de su aliento tibio.
—¿Siempre eres tan curioso?
—Solo cuando me intriga demasiado.
Se rió suavemente, y él se detuvo para mirarla. Sus ojos brillaban con algo más que un simple deseo, curiosidad y una mezcla de fascinación.
—¿Qué es lo que tanto te intriga? —preguntó ella mientras acariciaba su mentón.
—Todo —su voz ronca, como si las palabras se le atascaran en la garganta— la manera en que entraste al bar como si el mundo fuera tuyo. Esa sonrisa que parece esconder secretos que no cualquiera se atrevería a descubrir.
—No busco que me descubran.
—¿Qué pasa si quiero?
Sus labios se encontraron nuevamente, esta vez con una mayor intensidad, quitándoles el aliento. Él la alzó, llevándola hacia la cama. Cuando sus cuerpos se entrelazaron, él se deslizó sobre ella con movimientos calculados. Ella rió suavemente, dejando que sus uñas recorrieran su espalda, mientras disfrutaba el olor a ámbar que destilaba de su fornido cuerpo.
—Podrías detenerme ahora mismo si quisieras —dijo él, deteniéndose un momento.
—¿Y por qué querría eso?
La noche avanzó entre palabras y silencios, entre risas y jadeos que creaban una melodía íntima en los rincones de la habitación. Cuando la madrugada llegó a su fin, él despertó solo, como si todo hubiese sido un sueño. Pero, sobre la mesa de noche, había una servilleta con una letra hermosa:
“Gracias por la noche, desconocido curioso. No olvidaré tus palabras; recuerda mi sonrisa. Hasta nunca”.
Sonrió con una frustración, pero a la vez fascinado. Llevó la nota a su nariz para aspirar el suave olor a jazmín, ese que de alguna manera se había impregnado en lo más profundo de sus sentidos. Ella no era como las demás. Y, de algún modo, tendría que verla otra vez.
Chapter 2
Gianda entró al lujoso comedor. La luz del sol se colaba por las amplias ventanas de cristal, molestando su vista cansada tras una larga noche sin descanso. Su cuerpo se inclinó hacia adelante, tomando asiento en silencio, con la espalda erguida como una escultura elegante. El desayuno cubría la enorme mesa de mármol, y el aroma del café recién hecho se mezclaba con el toque fresco de frutas y repostería fina. La vajilla impecable brillaba bajo la luz, formando una escena cuidadosamente preparada, como si la perfección pudiera ahogar la incomodidad que yacía entre ella y su esposo.
Desde el otro extremo, Gregorio rompió el silencio con su voz, cargada de ironía.
—Por lo visto, no dormiste en casa —comentó con una media sonrisa, observandola en silencio a la espera de alguna reacción.
Gianda *p*n*s giró el rostro. Con el ceño *p*n*s fruncido, dejó que el comentario pasara como una brisa sin importancia. Alzó su taza con una elegancia casi cruel, sorbiendo un poco de











