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Romane de dragoste

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La Mate Curvy del Alfa Prohibido

  • Gen: Werewolf
  • Autor: Maia Levone
  • Capitole: 40
  • Status: În desfășurare
  • Clasificare de vârstă: 18+
  • 👁 6
  • 7.5
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“Mi novio me fue infiel, le tiré un pastel y el Alfa más peligroso del norte decidió que yo era su compañera. ¡Ni siquiera se había secado el glaseado!” Me llamo Anne Marlowe, y lo único que quería era abrir una panadería lejos de mi familia, de sus burlas y de los hombres alérgicos a la fidelidad. Entonces apareció Nathan Blackstone: enorme, de cabello oscuro y tan amigable como una amenaza grabada con un cuchillo. Él dice que soy su compañera, pero yo digo que no cambiaré una jaula por otra, aunque besarlo está complicando seriamente mi argumento. Además, alguien está envenenando a su manada, y el viejo libro de recetas de mi mamá parece contener algo más peligroso que una receta de pastel. Ahora tengo que descubrir qué ocultaba mi mamá, salvar a un grupo de lobos y enseñarle a Nathan que protegerme no significa darme órdenes. También tengo que evitar que vuelva a cocinar. La última vez, casi perdimos la cocina.

1. Besos regulados y cremalleras traidoras

Anne

La paz entre dos manadas enemigas dependía de una torre de bocadillos de caviar, y yo estaba a punto de convertirme en la mujer que iniciaría una guerra por culpa de una bandeja mal equilibrada.

No era la clase de legado que una soñaba dejar.

—¡No la sueltes! —grité con prisa.

El mesero que sostenía la bandeja me miró como si le hubiera pedido que desactivara una bomba.

—¿La bandeja? —preguntó con obviedad.

—No, Kevin. El techo —respondí con sarcasmo—. ¡Claro que la bandeja!

Él se aferró a la bandeja con fuerza, usando sus dos manos, mientras yo recolocaba los pequeños panes tostados que se inclinaban peligrosamente hacia la derecha.

Había pasado tres semanas preparando el catering para la firma del tratado de paz entre, la Manada Willow Creek, mi manada, y la Manada Ravenshade. Tres semanas calculando porciones, corrigiendo menús y evitando que mi tía Rose añadiera gelatina de frutas a una cena diplomática.

Según ella, ningún conflicto sobrevivía a una gelatina con piña.

Según yo, las guerras empezaban precisamente por cosas así, así que no iba a dejar que los gustos básicos de una mujer con el paladar de un niño de tres años ganaran.

—Anne, el Alfa pidió más canapés vegetarianos —dijo una de las camareras.

—Están en la mesa fría, detrás de los champiñones —le indiqué mientras terminaba con la bandeja.

—Tu madre dijo que los sirviéramos después —susurró Kevin.

—Mi madrastra no dirige el catering —espeté sin dudar.

Nadie discutió.

En Willow Creek todos sabían que mis comidas eran únicas, pero también sabían que mi familia era muy buena aprovechando mi trabajo y actuando como si me hiciera un favor al permitirme realizarlo.

Mi madrastra se había adjudicado la organización del evento frente al consejo. Mi padre había contado a cualquiera dispuesto a escucharlo que él había financiado mi formación como pastelera, aunque mi educación se había pagado con becas, trabajos nocturnos y una cantidad insana de café.

La realidad era que yo había creado el menú.

Y, sin embargo, mi nombre no aparecía en ninguna tarjeta.

No debía importarme. Eso me repetí mientras ajustaba la cinta de mi delantal sobre el vestido verde oscuro que mi madrastra había elegido para mí.

—Esta pieza disimula tus caderas —dijo ella la noche anterior.

Como si mis caderas estuvieran cometiendo fraude fiscal y necesitaran ocultarse de las autoridades.

Sacudí la cabeza para olvidar el recuerdo.

En el salón principal comenzó a sonar la campana ceremonial. Los murmullos de los invitados disminuyeron y hasta la cocina pareció contener el aliento.

La firma estaba por comenzar.

La manada Ravenshade y Willow Creek llevaban generaciones enfrentadas por fronteras, rutas comerciales y agravios tan antiguos que nadie recordaba quién había mordido primero a quién. Los últimos cinco años habían sido especialmente tensos. Habíamos perdido cosechas, soldados y familias enteras que preferían cruzar medio continente antes que arriesgarse a vivir cerca de la frontera.

Aquella noche se suponía que todo cambiaría.

El Alfa de Ravenshade había llegado con cuarenta guerreros y una reputación que atravesaba paredes antes que él.

Nathan Blackstone.

No lo había visto. Estaba demasiado ocupada evitando que los profiteroles colapsaran, pero había escuchado los comentarios.

Supuestamente él era gigante, medía más de dos metros, podía desplazarse entre sombras y era tan letal que había destronado a su padre. Pero eso era una nimiedad con la verdadera crítica.

El hombre nunca sonreía.

Mi prima Nicole aseguraba que también era escandalosamente atractivo, aunque ella consideraba atractivo a cualquier hombre con hombros anchos y patrimonio territorial.

La voz del maestro de ceremonias llegó desde el salón gracias a los conductos acústicos.

—Ambas manadas reconocen la necesidad de una paz duradera y aceptan someterse a las condiciones del Tratado de las Dos Fronteras.

Los cocineros dejaron de trabajar para escuchar, yo solo seguí colocando tartaletas sobre una nueva bandeja.

Lastimosamente, los tratados no impedían que la crema se aguara.

—La Cláusula de Sangre Neutral establece que, durante los doce años posteriores a esta firma, ningún Alfa, heredero o miembro de los consejos podrá reclamar, marcar o establecer una unión con un portador de magia estratégica perteneciente a la manada contraria.

Levanté la cabeza con sorpresa.

—¿Portador de magia estratégica? —preguntó Kevin con genuina curiosidad.

—Es una manera elegante de decir que algunas personas son consideradas armas con piernas —dije con burla.

—¿Incluso matrimonio? —cuestionó Kevin con incredulidad.

Coloqué una fresa sobre una tartaleta.

—Los nobles necesitaban leyes hasta para besar. Sin un documento oficial, podrían confundir los labios y provocar una invasión.

Algunos ayudantes rieron.

Mi madrastra apareció en la entrada justo a tiempo para demostrar que el universo castigaba cualquier momento de felicidad.

—Anne, baja la voz —ordenó ella y la miré con diversión.

—Estoy en una cocina llena de ollas. La discreción murió hace tres horas.

Sus ojos descendieron por mi cuerpo con aquella evaluación silenciosa que conocía desde niña. Me enderecé antes de que pudiera pedírmelo.

—Asegúrate de no entrar demasiado al salón —dijo ella con firmeza—. Los representantes están tomando fotografías.

Por un instante no entendí.

Después sí.

Ella no quería que yo, la mujer que había preparado el banquete, no apareciera en las imágenes oficiales.

Mi cuerpo grande y obeso no combinaba con la estética de la paz.

—Tranquila —respondí con fingida calma—. No pienso saltar sobre la mesa principal y bañarme en salsa de vino.

—No conviertas todo en una broma.

—No todo. Solo lo que duele demasiado como para masticarlo sin acompañamiento.

Su rostro se tensó, pero una camarera entró anunciando que faltaban bandejas y ella finalmente se marchó.

Respiré hondo.

No iba a permitir que ella arruinara la noche.

Garret llegaría en cualquier momento. Él sabía cuánto significaba aquella cena para mí. Había prometido pasar por la cocina antes de la ceremonia y llevarme algo de beber.

Garret siempre decía que admiraba mi talento.

A veces también decía que debía aprender a «presentarlo mejor», pero ninguna relación era perfecta.

Eso pensaba entonces.

—¡Anne! —gritó Kevin.

Me giré.

La torre de bocadillos se inclinaba.

Corrí hacia ella, esquivé a un camarero y me lancé sobre la bandeja inferior. Conseguí sostenerla a pocos centímetros del suelo.

La cocina estalló en aplausos.

—La paz ha sido salvada —anuncié con calma.

Entonces lo peor que podía pasarme pasó.

Escuché el sonido de algo desgarrándose y mi vestido cedió en la espalda con la dignidad de una cortina vieja.

El aire frío me recorrió desde la cintura hasta los omóplatos.

Los aplausos se detuvieron.

Cerré los ojos.

—M**rd*.

Una de las cocineras se acercó y revisó el daño.

—Se rompió la cremallera.

—Gracias, Marley. Temía que un oso me hubiera mordido sin que yo lo notara.

Ella intentó unir la tela, pero el vestido había decidido abandonar toda responsabilidad laboral.

Mi delantal cubría la parte delantera. Atrás, sin embargo, la situación era un festival de ropa interior y malas decisiones.

—Ve al baño de invitados —dijo Marley antes de darme el bolso.

Me quité el delantal, lo coloqué sobre los hombros como una capa improvisada y salí de la cocina.

El corredor estaba casi vacío porque todos se habían reunido para la firma. Avancé pegada a la pared, rezando para no encontrarme con ningún representante, consejero o persona con ojos.

Doblé la esquina demasiado rápido.

Y choqué contra una pared.

Una pared de músculos, caliente, sólida y vestida con una capa negra.

Dos manos me sujetaron antes de que terminara sentada en el suelo.

—Cuidado —dijo un hombre con voz profunda y ligeramente divertida.

Levanté la mirada.

Y seguí levantándola.

El desconocido era absurdamente alto. Tenía el cabello negro peinado hacia atrás, los ojos de un gris tormentoso y un rostro tan severo que habría resultado intimidante si una de sus manos no continuara sosteniéndome con sorprendente delicadeza.

Sentí algo extraño.

No una simple atracción.

Fue un tirón debajo de las costillas. Un calor veloz que recorrió mi cuerpo y se instaló en el pecho como si mi corazón hubiera reconocido una canción que yo nunca había escuchado.

Él dejó de sonreír.

Sus pupilas se dilataron.

Durante un segundo, ninguno habló.

Eso sí es un hombre hecho y derecho, dijo mi loba Nina.

—¿Está herida? —preguntó el desconocido al fin.

—Solo mi orgullo —dije con calma—. Y mi vestido. Ambos están en condición crítica.

Sus ojos descendieron hacia el delantal que intentaba cubrirme la espalda. No observó mi cuerpo. No frunció el ceño. No hizo esa pausa incómoda que muchas personas hacían antes de decidir cómo hablarle a una mujer de mi tamaño.

Simplemente soltó mis brazos y se quitó la capa.

—Tome.

—No necesito una capa.

Una corriente de aire rozó mi espalda.

—La necesitas —dijo con calma.

Me ayudó a colocarla sobre los hombros. La tela era pesada, cálida y olía a madera, frío y algo oscuro que no pude identificar.

—Buscaba un baño —expliqué.

—Está detrás de usted.

Me volví.

Había pasado frente a la puerta.

Magnífico.

—La dignidad no mejora mi sentido de la orientación.

El desconocido miró la abertura del vestido.

—Tengo un alfiler.

Sacó uno metálico del cierre de su capa. Era negro, fino y tenía la forma de un lobo.

—¿Siempre lleva herramientas de costura?

—Gobierno… —Se detuvo, como si hubiera estado a punto de decir demasiado—. Suelo estar preparado.

—Para guerras, tratados y emergencias de trasero —dije sin filtro.

La risa que escapó de su pecho fue breve y real, y transformó por completo su rostro.

Mi corazón volvió a hacer aquella cosa absurda.

Él me entregó el alfiler y se dio la vuelta sin que tuviera que pedírselo.

Ese gesto me conmovió más de lo razonable.

No intentó ayudarme sin permiso, no miró, ni bromeó sobre mi cuerpo.

Solo permaneció de espaldas, protegiendo el pasillo mientras yo unía la tela como podía.

—Listo —dije.

Él se giró.

Quedamos demasiado cerca.

Su mirada descendió hacia mi boca y después regresó a mis ojos.

El calor bajo mis costillas se intensificó.

Por un instante olvidé el tratado, la cocina, mi madrastra y hasta la existencia de Garret.

Yo no dudaría en comérmelo, espetó Nina con emoción.

Entonces un gemido femenino atravesó la puerta del baño.

El gemido era fuerte, entusiasta y hasta alegre.

Y acompañado por el golpe rítmico de algo contra la pared.

El desconocido alzó una ceja.

Yo miré la puerta y otro gemido resonó en el pasillo.

La paz entre dos manadas acababa de ser firmada, mi vestido estaba sujeto con el alfiler de un extraño increíblemente hermoso y alguien estaba teniendo una experiencia religiosa dentro del único baño que yo necesitaba usar.

La noche prometía ponerse interesante.

2. La paz podía esperar

Anne

El desconocido y yo nos quedamos mirando la puerta del baño mientras los gemidos aumentaban de volumen y ambición. Alguien dentro estaba participando con demasiado entusiasmo en las relaciones diplomáticas.

El desconocido se aclaró la garganta.

—Tal vez deberíamos buscar otro baño.

Pensé en las rutas que recordaba de la casa del Alfa y negué con la cabeza.

—No hay otro cerca.

Un golpe seco sacudió la puerta.

Después llegó un jadeo femenino tan exagerado que habría merecido aplausos, una ovación y quizá atención médica.

Me llevé una mano a la boca para contener la risa.

El desconocido cerró los ojos un instante, pero sus hombros se movieron.

—No te rías —susurré.

—No me estoy riendo.

—¡Tu cara está cometiendo perjurio!

Eso consiguió que él soltara una carcajada breve. Una de esas risas que entraban por los oídos y se instalaban en lugares donde no habían sido invitadas.</

Heroes

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