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Destinada a amar a mi verdugo, Alfa

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Annotation

—No quiero casarme con ese alfa descartado, no lo conozco no sé quién es, ni que manías tiene —¡Le debes a la familia Carpiette la crianza que te dio! Aun vas a seguir siendo tan inmadura y egoísta, deberías ser como tu hermana, ella sabe el peso que conlleva ser parte de esta familia, la acepta con toda resignación En ese momento Larissa (Blanca) recordó la triste vida que llevaba su hermana adoptiva siendo beta, casada con un hombre mayor que tiene a su hija adoptiva en casa, dando la apariencia de ser un buen padre, lo que nadie sabía es que en realidad la omega que vivía con ellos era la amante del viejo, con la cual ya tenía dos hijos, mientras que Elizabeth (si los padres les dieron a las dos el mismo nombre) era tratada como la empleada de la familia, maltratada y humillada por su género, esa vida no la quería Larissa

Prólogo / Capitulo 1 (El precio de la sangre)

A los veinte años, su linaje se convirtió en su sentencia. Su familia la obligó a comprometerse con un Alfa que no conocía: un heredero mimado cuyo aroma a arrogancia solo servía para humillar a los demás. Para él, las mujeres eran simples pasatiempos, juguetes para calmar su celo; cada día una fragancia nueva se pegaba a su piel, un caos de feromonas que su familia decidió ignorar.

A los Mondragón solo les importaba la alianza comercial. Trajeron de vuelta a su "hija perdida" aquella que enviaron al campo para ocultar su presencia como Omega dominante ante la alta sociedad, y la usaron como moneda de cambio. Ya lo habían hecho con su hija adoptiva y el éxito financiero silenció cualquier rastro de ética.

¿Quién era ella? Para el mundo, Larissa Carpiette; para su corazón, Blanca Elizabeth Díaz. Una joven que conoció la verdadera libertad en una aldea, criada por una mujer que, sin compartir su sangre, le dio el refugio que su casta le negaba. Vivían en paz hasta que los Carpiette rastrearon su feromona inconfundible y la "convencieron" de volver usando la salud de su abuela como correa de sumisión.

La vida simple se extinguió. Ahora, Larissa estaba atrapada entre etiquetas rígidas, supresores y "medicación" que la mantenían aletargada. Los golpes y amenazas de su familia habían quebrado su espíritu, convirtiéndola en una Omega insegura, una "campesina" a ojos de la élite que solo buscaba trepar, o al menos eso decían las malas lenguas mientras la maltrataban.

El Escándalo del Lazo

Todo estalló el día del compromiso. Julián Mondragón entró al salón, pero no buscaba a su prometida. Venía de la mano con una joven que temblaba, cuyo aroma a Omega encinta era imposible de ocultar incluso para los Betas presentes.

El caos fue instantáneo. Los padres del novio estaban histéricos; su único hijo, un Alfa de linaje puro, los estaba humillando por una "nadie". Pero para Larissa, ese aroma a escándalo fue su aire más puro. Era la grieta en el muro que necesitaba.

Antes de que el ambiente se tornara violento, Larissa se levantó. Con una calma que desconcertó a los Alfas dominantes, tomó a la joven de la mano y la sentó en su lugar de honor. Le entregó el ramo y el velo que su suegra le había impuesto como una marca de propiedad. Con un asentimiento final, salió del salón. Su abuela había muerto, y con ella, el último instinto de compasión que la ataba a esa gente.

Al cruzar el umbral de la mansión Mondragón, el aire frío golpeó su rostro, pero no fue el clima lo que la detuvo. Fue un aroma. Uno que reconoció antes de verlo, una frecuencia que hizo vibrar su propia naturaleza tras años de silencio.

Tropezó con él. Nathan Dubios.

Hacía años que no lo veía. Había intentado convencerse de que el tiempo había borrado su conexión, pero al tenerlo cerca, su instinto de Omega gritó la verdad: se había estado mintiendo. Nathan era su cruz, su lazo no reclamado, y ella ya no tenía fuerzas para cargarlo. Se juró que lo alejaría, pero en el mundo real, la voluntad rara vez vence a la sangre.

Capitulo 1

—No quiero reclamar un vínculo con ese hombre

sentenció Larissa, su voz temblando no de miedo, sino de indignación

— No lo conozco, no sé si su aroma es compatible conmigo, ni qué clase de monstruo se oculta tras su casta.

—¡Le debes a la familia Carpiette la crianza que te dio!

rugió su madre sin ninguna de preocupación hacia su persona

— Deja de ser una Omega egoísta. Deberías aprender de tu hermana; ella aceptó su destino con la resignación que se espera de su rango.

Larissa sintió una náusea amarga al recordar a su hermana adoptiva. El mundo la veía como la compañera de un Alfa respetable, pero la realidad era un nido de humillación. Su "hermana" era tratada como una criada en su propia casa, obligada a convivir con la amante de su esposo, con la cual ocultaban muy bien la relación al ser hija de su ultima esposa, su bella hijastra al mundo, su amante puertas adentro, cuya farsa iba mas allá de los limites al tener dos hijos que su hermana tuvo que aceptar como suyos, mientras sus instintos de Omega eran pisoteados día tras día. Esa vida de servidumbre y supresión era la muerte en vida, y Larissa no la aceptaría.

—Yo no les debo nada. Ustedes me arrancaron de mi hogar para usarme como moneda de cambio

replicó ella, llena de rabia al recordar todo lo que esta familia le había hecho a ella y a su abuela

La señora Carpiette hervía de rabia. Para ella, las hijas eran activos biológicos, úteros que vender al mejor postor para fortalecer el apellido. Si hubieran nacido Alfas, el orgullo sería otro, pero para ella, las Omegas eran solo "zorras" útiles para atraer capital.

—Tu abuela era una campesina que no podía darte los lujos que nosotros te dimos

escupió la mujer, como mentiras encubiertas que ella misma quería creer

—¿Lujos?

Larissa soltó una carcajada carente de alegría

— Desde que llegué, solo he sido mano de obra para sus caprichos, mina de oro para sus cuentas bancarias

El señor Carpiette se levantó. Su sola presencia de Alfa llenó la habitación de una presión asfixiante. Sin mediar palabra, lanzó una bofetada cargada de feromonas agresivas que mandó a Larissa al suelo. Su frente golpeó el borde de un mueble, y el olor metálico de la sangre comenzó a llenar el aire.

—Eres una malagradecida. Te sacamos de ese muladar, te dimos un apellido de renombre... ¿Así pagas nuestra amabilidad?

Larissa sonrió con desprecio desde el suelo. ¿Amabilidad? Ella y su hermana dormían en una choza de madera fuera de la mansión, privadas de las necesidades básicas, mientras su hermano menor, el "heredero Alfa", disfrutaba de cada privilegio, ellas eran las mulas de trabajo, las incubadoras andantes, mientras el joven era el que alargaría el linaje de los Carpiette

Antes de que el castigo continuara, el timbre interrumpió la violencia. Las empleadas, aterradas por el trato que recibía la joven, se apresuraron a abrir.

La familia Roux entró con una elegancia que silenciaba cualquier grito. Venían a conocer a la prometida de su hijo, Adrien, pero la escena que encontraron fue dantesca: Larissa sangrando en el suelo, su aroma a miedo y dolor impregnando la sala. Adrien, un Alfa joven, dio un paso instintivo para ayudarla, pero su madre lo detuvo con una mirada de acero que no daba lugar a ninguna duda

—Lamentamos que vean esto

balbuceó el señor Carpiette, tratando de sonreír hipócritamente

— Solo educamos a nuestra hija.

La señora Roux no respondió. Con una dignidad gélida, se acercó a Larissa, la levantó y ordenó a su escolta que la sacaran de allí. Se fueron sin dedicar una segunda mirada a los Carpiette, dejando atrás un silencio sepulcral, que ellos no sabían como interpretar

El mundo de Larissa se volvió borroso. Despertó en una habitación desconocida, escuchando voces que parecían venir de un túnel.

—¿Qué tiene esta gente en la cabeza?

la voz de Adrien sonaba llena de asco

— La trataron peor que a un animal, son unas bestias.

—Necesitaba corroborar los rumores, hijo

respondió la señora Roux

— La madre de Larissa fue mi mejor amiga. Murió protegiéndome de la violencia de tu propio padre... Le debo esto a su memoria.

—Pero madre, yo no puedo casarme con ella, es imposible

insistió Adrien

— Mi propia pareja destinada se pondría furioso. No voy a arriesgar mi hogar por un contrato de la infancia, con el cual yo no estuve de acuerdo

—Yo me encargaré de eso, no te preocupes hijo

dijo ella con tristeza

— Solo espero que el destino sea más clemente con esta niña de lo que hemos sido nosotros.

Larissa intentaba abrir los ojos, pero su cuerpo pesaba como el plomo. El médico hablaba de desnutrición, de anemia avanzada y de un cuerpo "desgastado como el de un anciano". Pero lo que realmente la hizo reaccionar fue el cambio en el aire, las voces desconocidas .........

Un aroma familiar, denso y oscuro, inundó la habitación.

—¿Qué significa esto, Nathan?

preguntó la señora Roux.

—Traje especialistas extranjeros para la niña

la voz de Nathan Dubios era una vibración que Larissa sintió en sus propios huesos

— Solo quiero ayudar, Rousse.

La señora Roux suspiró, ignorando la tensión eléctrica que siempre rodeaba a su hermano menor cuando se trataba de Larissa. Ella no sabía qué había pasado entre el Alfa dominante y la Omega perdida en el pasado, pero sabía que la tormenta *p*n*s comenzaba.

El rugido del hielo

Los días en la habitación médica de la mansión Roux no se median en horas, sino en el goteo constante de los sueros y el rítmico, casi agónico, pitido de los monitores. Para Larissa, el tiempo era una masa informe de color brea. Su mente era un náufrago en un océano oscuro, arañando las paredes de una inconsciencia que se sentía más como una tumba que como un refugio. Su cuerpo, una estructura de carne y hueso que alguna vez fue vibrante, ahora era una cárcel de fragilidad extrema.

A nivel biológico, el daño era devastador. En el universo de castas, un Omega no es solo un cuerpo; es un receptor de energía, un ser cuya estabilidad depende de la armonía de sus feromonas. Pero Larissa había sido v**l*d* en su naturaleza más profunda. Los Carpiette, en su ambición ciega, no solo la habían golpeado; habían intentado borrar su esencia Omega mediante bloqueadores químicos de grado industrial, supresores que en el mercado negro se usan para quebrar la voluntad de los rebeldes.

Heroes

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