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Tu cruel amor. Universo Ferarri.

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Annotation

Sophía, es una estudiante universitaria, soñadora y protegida, vive en su burbuja hasta que una noche, un cambio de planes la deja sola en un elegante restaurante. Allí, su vida da un giro inesperado al cruzarse con Sebastini, un enigmático empresario italiano. Él, un lobo solitario con el corazón blindado por un pasado oscuro; ella, una flor que *p*n*s comienza a abrirse al mundo. La atracción es instantánea e innegable, un fuego que los consume rápidamente. Pero justo cuando la pasión alcanza su punto álgido, el pasado de Sebastini regresa para destrozar las ilusiones de Sophía. Herida y engañada, ella se atreve a construir una mentira colosal sin saber que desatará una furia sin límites en él. Sebastini, transformado por la traición, se convierte en un hombre implacable, egoísta y vengativo, decidido a demoler todo lo que Sophía valora. ¿Podrá un amor tan intenso sobrevivir a la devastación, o se perderá para siempre en este juego peligroso de engaños y venganza?

Chapter 1

Un vistazo al desconocido.

¡Hola! Soy Sophía Alexandra Madrid Peralta, tengo 19 años y soy estudiante de arte. Imaginen a la chica más protegida del mundo... ¡esa soy yo! Mi burbuja familiar me ha mantenido un poco alejada de la vida real, lo que me hace un poquito tímida. Aunque tengo mis amigas, no soy de salir de fiesta ni de esas cosas. Mi vida, mi gran pasión, es la pintura. Por ahora, es lo único que me permito.

Hoy tenía un plan con mis amigas. Salí de casa y me fui directo al metro. Sí, al metro. No quise que me llevaran en carro porque, después de la reunión, pensaba quedarme en casa de Mariana, mi mejor amiga. Ella lo sabe todo de mí: mis miedos, mis secretos (¡aunque no tengo muchos!).

Nuestras reuniones siempre terminaban en pijamada, ¡y eran lo máximo! Era nuestra terapia personal para contarnos todo: los planes, las penas, las alegrías, los triunfos... ¡todo! Empezamos con esta rutina cuando cumplí 15 y ellas 19 (Mariana ya tenía 21). Eran los únicos momentos en los que me sentía realmente libre.

Verán, soy algo asustadiza. Siempre con el miedo de equivocarme, de decepcionar a mis padres y a los que me rodean. Para ser honesta, no me sentía plena. Me sentía estancada, vacía... como si a mi vida le faltara algo, una chispa que me inyectara vitalidad. Era como si otra persona viviera dentro de mí. Nada me satisfacía, ¡excepto pintar! Ahí sí era yo misma, y donde volcaba toda mi pasión.

A Mariana la conocí en un parque, con mis hermanos. Desde ese día, ¡conectamos al instante! Intercambiamos números y ahora somos un grupo de cinco que lleva cuatro años inseparables.

Me bajé en mi estación y caminé rápido hacia la salida. La brisa de la noche me alborotó el cabello, y un mechón rebelde me cubrió los ojos. Me lo quité de un manotazo y seguí. El frío se me colaba por la ropa, y aunque mis piernas estaban algo descubiertas y sentí un escalofrío, ¡nada me detuvo! Me ajusté el abrigo, no quería más frío.

Eran casi las ocho de la noche. No estoy acostumbrada a andar sola en transporte público, ¡y menos a estas horas! Pero me arriesgué. Esta era una de esas pocas veces en que me atrevía a hacerlo. A veces soñaba y me preguntaba: ¿cómo sería soltarme y dejar salir a esa mujer fuerte que vive dentro de mí, pero que reprimo para no molestar a los demás?

Aceleré el paso, rogando por dentro que mis padres nunca se enteraran. ¡Pondrían el grito en el cielo! Son súper protectores, o más bien, controladores. Pero ya estoy acostumbrada. A mi papá lo manejo mejor que a mi mamá, y a veces logro que me deje hacer mi voluntad en cosas insignificantes. Sin embargo, esta salida era una de esas raras ocasiones en que usaba esa parte manipuladora que tengo escondida muy dentro de mí.

Llegué a La Tasca del hotel Carlton. ¡Un lugar carísimo! Con un estilo clásico y moderno, muy al gusto de Alina De La Torre, una de mis amigas y la encargada de organizar la velada de esta semana. Su familia es de las más influyentes del país, sibaritas, y les encanta presumir su riqueza.

Entré y el maître me llevó a una mesa al fondo. Me dio las cartas de comida y de vinos, señalando las especialidades de la casa. Tomé ambas, pero sin leer, pedí una botella de Cabernet Sauvignon y le dije que esperaría a mis amigas para pedir la cena.

Al quedarme sola, saqué mi celular y ¡oh no! Estaba descargado. Busqué mi cargador portátil y lo puse a cargar. Sentí un pequeño susto en el pecho, una ansiedad que me carcomía, y mi cuerpo tembló imperceptiblemente. Justo en ese momento, el mesero puso la botella de vino en la mesa y me sirvió una copa. Le agradecí con una gran sonrisa.

Miré el reloj. Habían pasado más de quince minutos y mis amigas no aparecían ni se reportaban. "¡Dios! Ojalá lleguen rápido", pensé. No suelo tomar alcohol, así que no sé qué impulso me llevó a pedir una botella. ¿Quizás para parecer una mujer de mundo o qué sé yo? A veces hasta yo misma me sorprendo de mis reacciones y decisiones. Mi comportamiento era bastante contradictorio, incluso para mí.

Eché un vistazo al restaurante. El lugar era impresionante, muy amplio, con muchísimas mesas ocupadas. De repente, sentí que me observaban y se me erizó la nuca. Recorrí el lugar con la vista y, al mirar a la izquierda, ¡lo vi! El tiempo se detuvo.

Él también me miró. Era el hombre más guapo que había visto en mi vida: cabello claro, alto, mandíbula cuadrada con una barba incipiente, nariz griega, ojos verdes impresionantes, pestañas largas, piel morena. Un hombre maduro, vestido con un traje azul marino, camisa blanca y sin corbata. Mi pulso se aceleró y sentí unas sensaciones extrañas que no supe definir. La boca se me secó y refrené el impulso de salir corriendo. Empecé a respirar lento, obligándome a controlarme, bajando la cabeza y haciendo un ejercicio de respiración para calmar la tormenta interna.

Encendí mi celular y lo empecé a revisar, diciéndome a mí misma: "Cálmate, Sophía". Tenía más de doce llamadas perdidas de mis amigas y muchísimos mensajes y videollamadas. Me informaban que la reunión se había cancelado por una emergencia familiar de una de ellas. "¡Dios mío!", pensé sorprendida. Ya llevaba más de media copa y empezaba a sentirme un poco mareada. ¿Qué haría? Mis amigas no vendrían y mis padres se habían ido por varios días a su casa de campo. Me dije que me calmara y, después de un gran esfuerzo, lo logré.

Por ahora, pensé en pedir algo para comer y luego un taxi a casa. Desvié mi vista de nuevo a la mesa del hombre atractivo y nuestras miradas se encontraron. Parecía un animal al acecho. No pude evitar mi reacción: mi pulso se aceleró de nuevo. Estaba totalmente descontrolada y confusa por esas sensaciones que estaba experimentando.

Levanté mis manos, me las pasé nerviosamente por el cabello y me mordí el labio inferior. Cerré mis piernas con fuerza al darme cuenta de la reacción de ciertas zonas de mi cuerpo y temí a dónde me pudiera llevar todo esto.

 

"Nuestras emociones están ahí para ser sentidas, pero no para dominar nuestra vida, ni cegar nuestra visión, ni robar nuestro futuro, ni apagar nuestra energía, porque, al momento de hacerlo, se volverán tóxicas." — Bernardo Stamateas.

 

 

Chapter 2

Un encuentro incómodo

Nick Sebastini

"¡Por Dios! ¡No estás soñando, Nickólas! ¡Ella es real!".

La vi entrar. Cada paso que daba hacia la mesa del fondo era una provocación, un desfile. Su cabello dorado, cayéndole en ondas hasta la cintura, enmarcaba un rostro de nariz respingona, ojos ámbar y labios que invitaban a morder. Delgada, con una falda rosa intenso que resaltaba unas piernas de infarto, y un top blanco que *p*n*s insinuaba el inicio de sus senos. Un abrigo de marca en su mano.

Una jodida obra de arte. Y no pude evitar detallarla con precisión. Llevaba años sin sentir esta atracción. Años.

Nuestras miradas se cruzaron. Sus ojos ámbar, grandes y sorprendidos, se clavaron en los míos. Se puso nerviosa, la vi morderse el labio inferior, un gesto que en cualquier otra mujer habría sido una manipulación barata. Pero en ella... en ella era una p*t* invitación. ¿Buscaba atraerme? Todas eran iguales. Int

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