Alphanovel App

Best Romance Novels

Book cover
ExclusiveUpdated

Me Jefe Y Yo

  • 👁 20
  • 5.0
  • 💬 0

Annotation

En Madrid, la vida de Valeria, una joven diseñadora talentosa pero insegura, da un vuelco cuando es asignada como asistente personal de León Dalmau. Él no es solo su jefe; es el dueño de la corporación, un hombre hecho a sí mismo, implacable, con una mirada que desarma y un pasado del que no habla. León es la definición misma del poder: atractivo, arrogante y acostumbrado a obtener siempre lo que quiere. Lo que quiere, ahora, parece serla a ella. Atrapada entre la lealtad a su carrera y una atracción prohibida que crece con cada mirada cargada de tensión, cada roce casual y cada orden emitida con una voz que le eriza la piel, Valeria se adentrará en un juego peligroso. Un juego de poder, deseo y secretos, donde las líneas entre lo profesional y lo personal se desdibujan entre las paredes de cristal de la oficina y entre las sábanas de seda del penthouse de León. Pero en el mundo del lujo y las apariencias, el pasado siempre cobra factura. ¿Puede un amor que empezó entre susurros en el despacho y noches de pasión ardiente sobrevivir a los traumas enterrados y a las sombras que amenazan con destruirlos?

Chapter 1

La alarma del smartphone sonó con la suave melodía de piano que Valeria había elegido para empezar el día de forma tranquila. Esta mañana, sin embargo, sonó como una marcha fúnebre. Abrió un ojo, luego el otro, y la realidad se le vino encima con el peso de un camión de cinco toneladas.

Había besado a León Dalmau.

No. Corrección.

Él la había besado a ella.

O, para ser más precisos (porque en su mente, ahora atormentada, todo era un torbellino de recuerdos en cámara lenta), él la había inmovilizado contra la pared de cristal de su despacho, le había sujetado la muñeca como ya había hecho antes, y había bajado su boca sobre la suya con una posesividad que le había hecho olvidar su propio nombre. No había sido un beso de exploración. Había sido una toma de posesión. Un sello. Y ella, Dios la perdonara, se había derretido como un helado al sol de agosto, respondiendo con una urgencia que ahora la llenaba de vergüenza.

—¡Aaah! —gritó en el cojín, ahogando el sonido.

Su minúsculo apartamento en Chamberí, normalmente su santuario, le parecía de repente ridíc*l*, diminuto, pobre. Todo lo contrario a su piso en Salamanca, a su despacho de paredes de cristal, a su… a él.

Se arrastró hasta la ducha, esperando que el agua fría lavara más que el sueño. Lavara la memoria del tacto de sus labios, de sus manos en su cintura, del roce de su lengua… Se estremeció, y no fue por el agua. Fue por el deseo rezagado, insistente, que se enroscaba en su bajo vientre.

—Eres su asistente, Valeria Martínez —se sermoneó frente al espejo empañado, señalándose con el cepillo de dientes—. Asistente ejecutiva. Tienes un máster, ambición, y dos plantas en la espalda que pagar. No eres la protagonista de una novela erótica barata.

Su reflejo, con el pelo oscuro pegado al rostro y los ojos demasiado brillantes, parecía no creerle.

---

La oficina de Dalmau Corp. bullía con la energía frenética de un lunes cualquiera. El zumbido de las impresoras, el tecleo rápido, el rumor de las conversaciones y el olor a café de máquina creaban una sinfonía familiar que hoy, para Valeria, sonaba estridente y falsa. Cada mirada de sus compañeros le parecía cargada de conocimiento. ¿Lo sabrán? ¿Se notará en mi cara? ¿Llevo tatuado en la frente "BESÉ A MI JEFE ANOCHE"?

—Val! ¿Estás bien? Pareces haber visto un fantasma —la voz de Claudia, su compañera de mesa en el área de diseño gráfico, la sacó de su espiral.

Claudia era la única amiga que se había atrevido a hacer en ese entorno competitivo. Era alta, extrovertida, con un corte de pelo pixie teñido de un rubio platino que desafiaba el código de vestimenta corporativo, y tenía un radar infalible para el drama.

—¿Yo? ¡Genial! Perfecta. ¿Por qué? —respondió Valeria, demasiado rápido, abriendo su ordenador con una fuerza innecesaria.

Claudia se reclinó en su silla, cruzando los brazos. Una sonrisa pícara se dibujó en sus labios.

—Mmm, no sé. Tienes esa mirada… la mirada de ciervo atropellado, pero con un brillo extra. Como si el camión que te atropelló fuera un Ferrari. Un Ferrari muy guapo, muy rico y con un trasero que debería estar protegido por la UNESCO.

Valeria sintió que el rubor le subía desde el cuello hasta las raíces del pelo.

—No sé de qué hablas —murmuró, clavando la vista en la pantalla, donde un correo electrónico inocuo parecía escrito en sanscrito.

—Hablo de que ayer te quedaste hasta tarde con el Señor Oscuro y Atormentado —susurró Claudia, acercándose—. Y hoy llegas con cara de no haber pegado ojo. La matemática es sencilla, cielo. Incluso para una de letras como yo.

—Estuvimos revisando el informe de la campaña de primavera —improvisó Valeria, la voz un poco tensa—. Tenía un error. En la página doce.

—Ah, ¿sí? —Claudia arqueó una ceja—. ¿Y el error llevaba labios, manos grandes y una actitud de “soy el dueño del mundo”?

—Claudia, por favor…

—¡Señorita Martínez!

La voz, grave, autoritaria y perfectamente modulada, cortó el aire como un cuchillo. No provenía de Claudia. Provenía del intercomunicador de su teléfono. El intercomunicador que solo conectaba con un despacho. El su.

El corazón de Valeria dio un vuelco tan violento que estuvo segura de que Claudia lo había oído.

—Señor Dalmau —respondió, apretando el botón con un dedo que temblaba levemente.

—Mi oficina. En cinco minutos. Traiga el informe de la campaña de primavera. La versión corregida.

La línea se cortó. No había un “por favor”. No había un tono de pregunta. Solo la orden. Fría. Profesional. Como si la noche anterior, como si aquel beso que le había quemado la boca, nunca hubiera sucedido.

Claudia silbó bajito.

—Uf. Modo iceberg activado. Suerte, soldado. Te espero en el búnker con chocolate y chismes.

Valeria intentó tragar, pero su garganta estaba seca. Se levantó, recogió la carpeta con el informe (había pasado la noche corrigiendo no solo la página doce, sino cada coma, cada espacio, obsesionada) y se enderezó la falda lápiz gris. Respiró hondo. Eres una profesional. Lo que pasó fue un… lapsus. Un error de cálculo. De él, probablemente. Él lo habrá olvidado ya. Seguro.

Se dirigió hacia el ascensor que conducía a la planta ejecutiva, sintiendo las miradas como pinchazos en la espalda. El viaje hasta el piso cuarenta y siete fue eterno y silencioso, solo roto por el suave ding que anunciaba su destino. Las puertas se abrieron al vestíbulo de suelo de mármol blanco y paredes desnudas, minimalista hasta resultar intimidante. La secretaria personal de León, la eficiente y siempre impecable Sra. Arroyo, le lanzó una mirada inescrutable.

—Pase, señorita Martínez. Le espera.

Valeria asintió y caminó hacia la pesada puerta de roble. Antes de llamar, cerró los ojos un segundo. Profesional. Fría. Impasible.

Tocó con los nudillos, suavemente.

—Adelante.

Su voz. Desde el otro lado. Un escalofrío le recorrió la columna.

Abrió la puerta.

León Dalmau no estaba en su sillón de cuero. Estaba de pie, junto a la mesa de reuniones auxiliar, hojeando una revista de arquitectura. La luz de la mañana se colaba por las inmensas ventanas, bañándole de un resplandor dorado. Llevaba el traje chaqueta colgado en el perchero y había desabrochado los dos primeros botones de su camisa blanca, dejando ver un atisbo de piel morena y vello pectoral. Las mangas de la camisa estaban remangadas hasta los antebrazos, revelando unos brazos fuertes, con venas marcadas que Valeria recordaba demasiado bien bajo sus dedos.

La normalidad de la escena era casi obscena.

—Señor Dalmau —dijo ella, manteniéndose cerca de la puerta—. El informe corregido.

Él no levantó la vista de la revista.

—Déjelo sobre mi mesa.

Valeria avanzó, los tacones resonando en el silencio. Colocó la carpeta cuidadosamente sobre el escritorio de cristal y acero, justo al lado de la pantalla del ordenador. Dio media vuelta, decidida a salir de allí antes de que su autocontrol se desmoronara.

—¿Y el error de la página doce?

Se detuvo en seco. Su voz sonaba casual, como si preguntara por el tiempo.

—Corregido, señor. Fue un… descuido en la cifra de presupuesto para influencers. Ya está ajustado.

Finalmente, alzó la vista. Sus ojos, color ámbar, se posaron en ella. No había rastro del fuego de la noche anterior. Solo una curiosidad fría, analítica. Como si ella fuera un gráfico más que estudiar.

—Un descuido —repitió, cerrando la revista y dejándola a un lado. Caminó hacia ella, lentamente—. Suele ocurrir cuando la mente está en otro lugar. ¿En qué estaba pensando, Valeria?

Su nombre. En sus labios. Era un arma. Valeria sintió que las paredes se cerraban.

—En el trabajo, señor Dalmau. Siempre.

Una mentira. Una mentira patente. Él se acercó más, hasta que el espacio entre ellos se midió en centímetros. Volvió a sentir su aroma, ahora mezclado con el jabón limpio de la mañana. Era injusto que oliera tan bien.

—Mentira —susurró, igual que la noche anterior. Su mirada bajó a sus labios, un instante, rápido pero suficiente para que el estómago de Valeria hiciera un vuelco—. Ayer también mintió. Y ya le dije que las mentiras tienen consecuencias.

—¿Qué clase de consecuencias? —logró articular, desafiándole con la mirada, aunque por dentro temblaba como una hoja.

Una sonrisa lenta, peligrosa, se extendió por su rostro. No era una sonrisa de humor. Era la sonrisa del gato que juguetea con el ratón.

—Profesionales, por supuesto —dijo, y su tono volvió a ser el del CEO implacable—. La presentación de la campaña a la junta directiva estaba programada para el viernes. He decidido adelantarla.

Valeria parpadeó, confundida por el giro brusco.

—¿Adelantarla? ¿A cuándo?

—A esta tarde. A las cinco.

—¡Esta tarde! —exclamó, olvidándose por un momento de la tensión sexual—. Pero… eso es imposible. Necesitamos preparar las diapositivas, los discursos, los datos de respaldo…

—Imposible no es una palabra que acepte en mi empresa —la interrumpió, su voz gélida—. Usted tuvo un descuido. Yo estoy corrigiendo el procedimiento. Aprendemos mejor bajo presión, ¿no le parece? O, al menos, aprendemos a no distraernos.

Era un castigo. Un castigo claro, cruel y perfectamente calculado. La estaba poniendo en una situación de alto riesgo, forzándola a elegir entre el pánico y la superación. Y todo, porque había osado responder a su beso. Porque había osado hacerle perder el control, aunque fuera por un instante.

La rabia, una emoción mucho más manejable que el deseo, empezó a burbujear dentro de ella. Enderezó la espalda y lo miró directamente a los ojos.

—Muy bien, señor Dalmau. La presentación estará lista para las cinco. ¿Algún otro ajuste de procedimiento?

Él sostuvo su mirada, y por un segundo, algo brilló en las profundidades del ámbar. Algo parecido al respeto. O a un interés renovado.

—Sí. Usted la llevará a cabo.

—¿Yo? —preguntó, atónita.

—Usted. Fue quien cometió el error. Será quien demuestre que lo ha subsanado. Personalmente. Ante la junta.

El reto era monumental. La junta directiva de Dalmau Corp. era un consejo de sabios (y no tan sabios) lobos de las finanzas, hombres y mujeres mayores, escépticos y con poca paciencia para los errores de una “niña” del departamento de diseño. Presentarles el proyecto más importante del trimestre, con menos de ocho horas de preparación, era una sentencia de muerte profesional.

Pero ver la chispa de desafío en los ojos de León, el reto tácito, encendió algo en Valeria. Algo más fuerte que el miedo.

—De acuerdo —dijo, con una voz que sorprendió por su firmeza—. Lo haré.

Él asintió, una simple inclinación de cabeza.

—A las cinco en punto. No llegue tarde.

Era su despido. Valeria dio media vuelta y salió de la oficina, sintiendo su mirada clavada en su espalda hasta que la puerta se cerró a sus espaldas.

---

Las siguientes siete horas fueron un torbellino de cafeína, nervios y trabajo frenético. Valeria se encerró en una sala de reuniones pequeña, con Claudia como su única aliada y cómplice.

—¡Está loco! ¡Es un tirano, un sádico, un precioso y s*xy sádico! —exclamaba Claudia mientras ayudaba a formatear las diapositivas a toda velocidad—. Esto es acoso laboral. Hostile workplace environment. Podemos demandarle.

—Y luego despedirme por incompetencia —replicó Valeria, concentrada en pulir el discurso—. No. Voy a hacer esto. Voy a dejarlo con la boca abierta.

—Creo que ya lo hiciste anoche —murmuró Claudia con una sonrisa pícara.

—Claudia, por favor, ¡céntrate!

A las cuatro y cincuenta y cinco, Valeria estaba frente al espejo del baño de señoras. Su traje chaqueta azul marino estaba impecable, su blusa blanca almidonada, su coleta perfecta. Pero sus manos temblaban. Respiró hondo, recordando la mirada despectiva de algunos miembros de la junta cuando la veían pasar por los pasillos. No soy sólo una asistente. Soy buena en esto.

A las cinco en punto, entró en la sala de juntas. Una mesa ovalada de madera oscura, doce pares de ojos sobre ella, y al frente, en la cabecera, León. Leía algo en su tablet, sin mostrar el más mínimo interés. Cuando ella entró, alzó la vista, impasible.

—Comience, señorita Martínez.

Valeria encendió el proyector. La primera diapositiva apareció en la pantalla. Respiró. Y comenzó.

La voz le tembló en los primeros treinta segundos. Luego, algo hizo clic. Hablaba de su trabajo, del proyecto que había cuidado desde la semilla. De las cifras, de la estrategia creativa, del público objetivo. Las palabras fluyeron con una seguridad que no sabía que poseía. Notó cómo algunas cejas levantadas empezaban a relajarse. Cómo un par de miembros asentían.

Duró veinte minutos. Veinte minutos intensos, precisos. Cuando terminó, con la diapositiva final que rezaba “PREGUNTAS”, hubo un silencio.

El primero en hablar fue el Sr. Villegas, el miembro más anciano y cascarrabias.

—Interesante propuesta, joven. Especialmente el enfoque en redes sociales. Pero en la página doce de la documentación inicial, había una discrepancia en el presupuesto…

Valeria no se inmutó. Sonrió, con calma.

—Tiene usted toda la razón, Sr. Villegas. Fue un error mío en la primera versión. En la carpeta que tienen delante, en la página doce, encontrará la cifra corregida y justificada. Agradezco su ojo clínico.

Villegas miró la carpeta, comprobó, y gruñó, lo que en su lenguaje era una señal de aprobación.

Se sucedieron un par de preguntas más, técnicas, que Valeria respondió con soltura. La tensión inicial se había disipado, transformándose en una sensación de logro embriagadora.

Finalmente, León habló.

—Parece que el descuido ha sido subsanado —dijo, su tono neutro—. Alguien de mi equipo que reconoce y corrige sus errores con esa diligencia es un activo. La junta agradece su presentación, señorita Martínez. Puede retirarse.

Fue un elogio. Seco, calculado, pero un elogio al fin. Y ante toda la junta. Valeria asintió, recogió sus cosas y salió de la sala, conteniendo las ganas de saltar de alegría.

En el pasillo, se apoyó contra la pared, dejando escapar un largo suspiro. Lo había logrado.

—No está mal.

La voz la hizo sobresaltar. León estaba saliendo de la sala de juntas, solo. Se había puesto el chaquetón y se ajustaba los puños.

—Para alguien que estaba distraída —añadió, una esquina de su boca levantada en lo que casi era una sonrisa.

Valeria, eufórica por el éxito y con la adrenalina aún corriendo por sus venas, se volvió hacia él. La rabia y la atracción se mezclaban en un cóctel peligroso.

—¿Era esto la consecuencia, señor Dalmau? ¿Ponerme contra la espada y la pared para ver si sangraba?

Él se acercó. El pasillo estaba desierto.

—Fue una lección —dijo, su voz baja—. En esta empresa, y a mi lado, no hay lugar para los descuidos. Ni en los informes… —su mirada bajó de nuevo a sus labios— …ni en ningún otro aspecto.

—¿Y usted? —replicó Valeria, desafiante, el corazón martilleándole—. ¿No tuvo un descuido anoche?

El aire entre ellos se cargó de electricidad. La máscara del CEO implacable se resquebrajó por un instante, dejando ver al hombre que la había besado con hambre voraz.

—Fue una decisión —corrigió él, su voz un susurro áspero—. No un descuido. Y tomo mis decisiones con plena conciencia de las consecuencias.

—¿Y cuáles son las consecuencias de esa? —preguntó Valeria, sin apartar la vista.

Él la miró, largamente, como sopesando algo. Luego, dio un paso atrás, rompiendo el hechizo.

—Eso aún está por verse, señorita Martínez. Buenas noches.

Y se fue, dejándola sola en el pasillo, con el sabor de la victoria profesional en la boca y el fuego de una guerra personal ardiendo en cada célula de su cuerpo.

Lo había logrado. Había superado su prueba. Pero, de alguna manera, tenía la certeza de que el juego, el verdadero juego, *p*n*s acababa de empezar. Y las siguientes consecuencias, intuía, no tendrían nada que ver con presentaciones de power point.

Chapter 2

La euforia de haber sobrevivido a la junta duró exactamente hasta que Valeria llegó a su apartamento. La adrenalina se disipó, dejando a su paso un agotamiento de huesos y una mente que no paraba de dar vueltas. Cada palabra de León, cada mirada, cada uno de esos silencios cargados, se reproducía en un bucle interminable.

—¿Una decisión, no un descuido? —le dijo a su reflejo en la ventana oscura, mientras calentaba un plato de pasta solitaria en el microondas—. ¿Y eso qué se supone que significa? ¿Que lo hizo a propósito para… qué? ¿Para probarme? ¿Para torturarme?

El “ding” del microondas fue la única respuesta. Su santuario ya no se sentía seguro. Sentía la presencia de él en cada rincón, como si su arrogancia pudiera traspasar las paredes.

Al día siguiente, la oficina era un campo de minas. Valeria llegó con diez minutos de antelación, decidida a recuperar la normalidad. Pero la normalidad se había esfumado. La noticia de su presentación ant

Heroes

Use AlphaNovel to read novels online anytime and anywhere

Enter a world where you can read the stories and find the best romantic novel and alpha werewolf romance books worthy of your attention.

QR codeScan the qr-code, and go to the download app