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El contrato

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Annotation

Leah y Mark no podían ser más diferentes, pero el destino y un contrato inesperado los obligan a convivir bajo el mismo techo y enfrentar una realidad que ninguno de los dos había planeado. Leah, una mujer fuerte, independiente y marcada por heridas del pasado, busca reconstruir su vida sin dejar que nadie entre realmente en ella. Mark, un hombre reservado y calculador, vive bajo sus propias reglas y secretos que podrían cambiarlo todo. Lo que empieza como una simple obligación legal se convierte en una danza peligrosa entre la atracción y la desconfianza. Mientras luchan por mantener la distancia, empiezan a descubrir que la línea entre el odio y el amor puede ser mucho más delgada de lo que pensaban. A medida que su relación se complica, antiguos fantasmas salen a la luz y ponen en riesgo todo lo que han logrado esconder. Entre momentos de tensión, secretos revelados y pasiones inesperadas, Leah y Mark deberán decidir si están dispuestos a romper las barreras que los separan o si el contrato será la única historia que alguna vez compartan. En un juego de poder, vulnerabilidad y deseo, aprenderán que a veces la vida tiene planes que ni un papel puede controlar.

Parte 1

Leah

Me desperté sobresaltada... otra vez ese mismo sueño: cayendo en un espacio vacío. Era tan real que sentía el aire empujando mi cuerpo hacia abajo, sin fin. Abro los ojos de golpe. Todo está quieto. Todo igual.

He tenido ese sueño desde pequeña. A estas alturas, ya debería estar acostumbrada. Pero siempre me deja una sensación rara en el pecho... como si algo me faltara.

Me levanté lentamente y me senté al borde de la cama. Afuera apenas estaba amaneciendo. Encendí mi celular: 6:21 a.m. Tenía tiempo. Me duché rápido, me vestí con unos jeans oscuros, una camiseta básica blanca y una chaqueta gris. Me amarré el cabello en una trenza alta y me apliqué un poco de maquillaje. Nada exagerado, solo lo justo para parecer despierta.

Antes de salir, bajé a la cocina a tomar algo de café y una tostada. Saludé sin mucho entusiasmo a mi mamá, que ya estaba arreglando las cosas para irse al trabajo, y a mi hermana menor, Katha, que veía caricaturas en el comedor. Alan, mi hermano mayor, no había bajado. Mejor así.

Vivimos en una casa grande para lo poco que nos hablamos. Mis padres trabajan mucho, Alan vive en su mundo, y yo... bueno, yo sobrevivo. Hace poco empecé primer semestre de Psicología. No tengo idea si es lo mío, pero me gusta pensar que ayudar a otros puede sanar algo en mí también.

A unas cuadras de casa me encontré con Eleanor. Mi mejor amiga. Me saludó con una sonrisa perezosa y una lata de té en la mano.

—¿Otra vez soñaste lo mismo? —preguntó sin que yo dijera nada.

—Sí... como si cayera al vacío. Otra vez.

—Tu subconsciente debe estar tratando de decirte algo —dijo con voz de psicóloga dramática, poniendo acento.

—No empieces —le respondí, pero sonreí. Solo ella sabe cómo hacerme reír en días así.

Eleanor es un año mayor que yo. Se metió a Comunicación Audiovisual, aunque a veces parece que estudia sarcasmo profesional. Tiene el cabello castaño claro, ojos café claros, y mide 1.60. Su rostro es amable, pero su lengua puede ser venenosa si no le agradas. Afortunadamente, yo soy su excepción.

Tomamos el bus que nos llevaba al campus. El trayecto fue tranquilo. Me quedé mirando por la ventana, sintiendo esa mezcla entre cansancio emocional y ansiedad que me acompaña desde hace meses. Desde lo del año pasado, nada volvió a ser igual. No con Alan. No conmigo.

Al llegar, lo primero que vimos fue a Adrien, mi primo. Él estudia Ingeniería Industrial y también está en primer semestre, aunque por su edad debería estar aún en el colegio. Pero claro, Adrien es un maldito genio.

Es alto, 1.85, ojos oscuros, cabello negro. Tiene pinta de modelo, pero se comporta como si no se diera cuenta de lo que provoca. Las chicas lo rodean, pero él es tan directo que a veces duele. Nunca suaviza nada. Ya lo he regañado por eso, pero es como hablarle a una piedra bonita.

—Hey, cerebrito —le dije cuando lo vi.

—Hey, psicópata en formación —me respondió con una sonrisa de medio lado.

Nos abrazamos rápido. Eleanor solo le dio un cabezazo suave en el brazo. Su forma de demostrar cariño.

Cada quien fue a su clase. Yo tenía Introducción a la Psicología Social. Aunque era temprano, el aula estaba casi llena. Me senté al fondo, como siempre. No me gusta estar muy expuesta. Mientras la profesora hablaba sobre la influencia del entorno en la conducta humana, mi mente divagó. Pensé en cómo ese mismo entorno me había moldeado a golpes.

Durante el descanso, me fui a la biblioteca. Eleanor me mandó un mensaje diciendo que después me alcanzaba. Adrien tenía práctica con su grupo. El campus estaba lleno de ruido, pero la biblioteca era un oasis.

Entré y saludé a Nathan, el encargado. Siempre tan serio. Caminé hasta el rincón más alejado y me senté con mi cuaderno. No tenía muchas ganas de estudiar, pero estar ahí me daba paz. Me acomodé los audífonos y dejé que la música llenara mi cabeza.

Minutos después, sentí una presencia. Levanté la vista. Eleanor estaba frente a mí, con una sonrisa leve. Se sentó a mi lado sin decir palabra. Nos entendemos así. Cada una sacó lo suyo y nos sumimos en el silencio compartido.

Hasta que algo me hizo girar la cabeza. Un hombre de traje oscuro cruzaba la biblioteca. No parecía estudiante. Era mayor, imponente, con mirada seria. Algunas chicas lo miraban como si fuera un maldito actor de cine. Yo fruncí el ceño. Eleanor notó mi gesto y soltó una risita.

—No cambias —murmuró sin levantar la vista.

—Es difícil, ¿vale? —le respondí bajito.

El hombre desapareció por una sección lateral. Pero la sensación que dejó me duró varios minutos. ¿Quién era? ¿Qué hacía en la biblioteca de una universidad pública? Su perfume había quedado flotando en el aire, intenso, elegante. Demasiado perfecto para este lugar.

Más tarde, Adrien me alcanzó. Me dio un abrazo rápido y un beso en la mejilla.

—¿Todo bien? —preguntó. Solo asentí.

Las clases continuaron. Historia de la psicología fue densa pero curiosa. El profesor tenía un tono monótono que me adormecía, pero algunas historias de Freud y Jung me atraparon.

Cuando al fin terminó el día, volví a casa. Mi cuerpo pedía cama. Entré, saludé brevemente a Katha, ignoré a Alan, y subí a mi cuarto. Cerré la puerta con llave y me tiré en la cama como si me hubiera caído del cielo.

Estaba cansada, pero tranquila. Durante un rato solo estuve ahí, mirando el techo. Pensé en el tipo de la biblioteca. Su mirada, su forma de caminar, lo fuera de lugar que parecía... y lo fuera de lugar que me sentí yo cuando me miró.

Media hora después, escuché la puerta de entrada. Alan y Katha habían llegado. Escuché pasos subiendo. Cuando intentaron abrir mi puerta, sonreí con una mueca. Obvio la había cerrado. Tres golpes suaves.

—Leah... abre la puerta, por favor —dijo Alan.

—¿Por qué tendría que hacerlo?

—Necesito hablar contigo —su voz sonaba... distinta.

Negué con la cabeza, aunque él no pudiera verme.

—Hermanita... por favor...

—Déjame en paz, Alan. No tengo nada que decirte —respondí. Silencio.

—Por favor, Leah...

—Sabes lo que tienes que hacer. Pero tu orgullo no te deja —agregué. Escuché sus pasos alejarse.

Me quedé en silencio. Abrí mi celular. Un mensaje de Eleanor.

"¿Sobreviviste? Te veo mañana. Te quiero."

Sonreí. Solo ella sabía cómo decir cosas feas con tanto amor. Guardé el celular. Cerré los ojos. Y por primera vez en semanas... dormí sin soñar que caía.

Parte 2

Leah

Era sábado, un día en el que una Leah normal se habría quedado en casa haciendo deberes, aprovechando para ponerse al día con el colegio. Pero no. Eleanor llegó a buscarme para llevarme al centro comercial. Tenía que comprar un regalo para sus hermanos menores, unos gemelos, y como buena hermana mayor, debía cumplir con esa misión. Pero, como buena amiga mía, dejó todo para última hora, así que ahora me estaba obligando a salir de mi bella cueva llamada habitación.

—Muévete —me ordenaba.

Hice mala cara todo el tiempo mientras me arreglaba. Sin embargo, tenía que verme bien; ser perfeccionista tiene sus desventajas. Mientras caminábamos por el centro comercial, yo miraba ropa de bebés. Creo que todos en algún momento hemos hecho eso: te quedas mirando, luego sacudes la cabeza y piensas "¿qué rayos estás pensando, niña tonta?".

Eso hice. Me volteé para mirar un puesto de helados, me relamí los labios y revisé cuánto tenía en

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