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BAJO SU PROTECCIÓN

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Annotation

¿Puede un secreto enterrado destruir el futuro, o encontrará su salvación en los brazos del hombre menos esperado? Diana es una cirujana de éxito, una mujer que ha construido un imperio de orden y ciencia para escapar de un pasado oscuro y sangriento. Bajo una identidad falsa, cree que finalmente está a salvo, hasta que decide restaurar un viejo taller para dar rienda suelta a su única pasión: la pintura. Pero lo que Diana no sabe es que las paredes tienen memoria y que el hombre contratado para reconstruirlas es mucho más que un simple arquitecto. Lenon es un hombre de pocas palabras y acciones contundentes. Un líder nato con una mirada azul que quema y una presencia que exige sumisión. Desde el momento en que ve a la distante y hermosa doctora, su instinto alpha se activa. Él no solo ve a la cirujana perfecta; ve a una mujer que huye de algo, y su naturaleza posesiva no le permitirá dejarla sola en la tormenta. Cuando los fantasmas del pasado de Diana finalmente la localizan, su mundo de cristal empieza a hacerse añicos. El peligro es real, y el hombre que la persigue no se detendrá ante nada para destruirla. Es entonces cuando Lenon decide dar un paso al frente, no solo como el hombre que remodela su casa, sino como su escudo personal. "No importa de qué huyas, Diana. A partir de ahora, tus enemigos tendrán que pasar por encima de mí. Estás bajo mi protección." En una carrera contra el tiempo llena de suspense, pasión prohibida y secretos familiares, Diana tendrá que decidir si puede confiar en este hombre rudo y protector que parece conocer sus debilidades mejor que ella misma. ¿Será el amor de Lenon su salvación, o será el catalizador que haga explotar su vida por completo? Una historia de amor dulce, tensión electrizante y un protector que no conoce límites.

Chapter 1

El aire en el quirófano número cuatro del Hospital Central estaba a exactamente dieciocho grados, una temperatura diseñada para mantener a raya a las bacterias, pero que a Diana siempre le recordaba a la frialdad de una tumba. Tras la mascarilla azul, su respiración era rítmica, casi imperceptible. Sus ojos negros, redondos y cargados de una concentración absoluta, no se habían apartado de la arteria femoral del paciente en los últimos cuarenta minutos.

—Bisturí —pidió con una voz que no admitía réplicas.

La enfermera instrumentista colocó el metal frío en su mano enguantada. Diana sintió la conexión instantánea. En ese pequeño trozo de acero residía todo su control, toda la seguridad que la vida le había arrebatado años atrás. Ella era la cirujana brillante, la mujer de hierro que nunca cometía errores. Nadie en ese hospital conocía a la verdadera Diana; nadie sabía que bajo el gorro quirúrgico se escondía una melena negra, sedosa y brillante que solía ser el orgullo de una familia ahora destruida.

Al terminar la sutura, Diana dio un paso atrás. Sus hombros, tensos como cuerdas de violonchelo, finalmente bajaron un milímetro.

—Buen trabajo, Doctora —susurró el residente, pero ella ya se estaba girando hacia la salida. No buscaba elogios; buscaba silencio.

Minutos después, frente al espejo del vestidor de médicos, Diana se quitó la mascarilla. El reflejo le devolvió una piel blanca y perfecta, salpicada por un rastro de pecas que se extendían por el puente de su nariz. Suspiró. Esas pecas eran el último vestigio de Lucía, la niña que había visto cómo el socio de su padre, Víctor, desmantelaba su hogar y su apellido. Ahora, ella era Diana, un nombre prestado, una identidad construida sobre las cenizas de un pasado que la perseguía como una sombra. Se soltó el cabello, dejando que las ondas negras y sedosas cayeran sobre su espalda, y se cambió la bata blanca por un abrigo de lana oscuro.

Necesitaba ir a su refugio.

El puerto de la ciudad estaba sumido en la niebla cuando Diana llegó al viejo almacén. Era un edificio industrial, de ladrillo visto y techos altísimos, que había comprado hacía *p*n*s un mes. Quería convertirlo en su taller de pintura, el único lugar donde no tenía que ser una cirujana perfecta, sino simplemente ella misma.

Sin embargo, al abrir la pesada puerta de madera, el silencio que esperaba no estaba allí. El eco de unos golpes rítmicos y el olor a madera recién cortada llenaban el espacio.

—Llega tarde, Doctora.

La voz era profunda, una barítono que pareció vibrar en los huesos de Diana. Ella se tensó, sus ojos negros escaneando la penumbra hasta que lo vio.

Lenon estaba de pie junto a una de las columnas maestras, sosteniendo un juego de planos. Era un hombre que desafiaba la escala del lugar. Alto, con una complexión fornida que se adivinaba bajo una camisa de lino azul perfectamente entallada. No vestía como un contratista común; había una elegancia innata en su porte, una seguridad que bordeaba la arrogancia. Era rubio, con el cabello corto pero rebelde, y cuando levantó la vista, Diana sintió el impacto de unos ojos azul grisáceo tan intensos que parecían capaces de leer cada uno de sus secretos.

—El arquitecto, supongo —dijo Diana, recuperando su tono profesional, aunque su corazón latía con una fuerza inusual.

—Lenon —corrigió él, dando un paso hacia la luz. Sus ojos recorrieron a Diana, deteniéndose un segundo más de lo necesario en sus pecas y en el brillo de su cabello negro. —Y usted es la mujer que intenta construir un castillo sobre un suelo de barro. Este edificio tiene los cimientos comprometidos, casi tanto como la fachada que usted intenta proyectar.

Diana frunció el ceño, sintiéndose expuesta.

—He pagado por una remodelación, no por un análisis psicológico, señor Lenon.

—Soy arquitecto, Doctora. Mi trabajo es asegurar que las estructuras no se caigan. Y usted parece estar a punto de colapsar.

La tensión entre ambos era casi eléctrica. Lenon no era solo un hombre que arreglaría su taller; era una fuerza de la naturaleza, un "Alpha" que acababa de invadir su único lugar seguro. Él notó cómo ella apretaba su bolso contra su pecho, un gesto defensivo que no pasó desapercibido para su mirada entrenada.

Justo cuando Diana iba a responder, su teléfono vibró en su bolsillo. Con manos temblorosas, lo sacó. Era un mensaje de un número desconocido.

"Te encontré, Lucía. El tiempo de esconderse se ha terminado".

La sangre se retiró del rostro de Diana, dejando su piel más blanca que nunca. Sus pecas resaltaban como manchas de tinta sobre papel. Lenon, que estaba a solo dos pasos, dio uno más, invadiendo su espacio personal. Sus ojos azul grisáceo se oscurecieron con un instinto protector inmediato.

—¿Qué pasa? —preguntó él, y esta vez su voz no era ruda, sino una promesa de protección.

Diana levantó la vista hacia él. Por un momento, olvidó que era un extraño. Olvidó que acababa de conocerlo. Solo vio a un hombre que parecía un roble en medio de su tormenta.

—No es nada —mintió ella, aunque sus manos seguían temblando.

Lenon no le creyó. Extendió una mano, rozando *p*n*s el brazo de ella, y Diana sintió una descarga de calor que la asustó tanto como el mensaje de Víctor.

—A partir de ahora, nada es "nada", Diana —sentenció él, con una autoridad que la dejó sin aliento—. Porque yo no permito que lo que estoy construyendo se rompa. Y he decidido que voy a reconstruirla a usted.

El silencio que siguió a la declaración de Lenon era tan denso que Diana podía escuchar el eco de su propio corazón martilleando contra sus costillas. Aquel hombre, con su estatura alta y su porte de guerrero, se cernía sobre ella no como una amenaza, sino como una presencia inevitable. Diana intentó apartar la mirada de esos ojos azul grisáceo que parecían escudriñar hasta el último de sus secretos, pero se sentía hipnotizada.

—No necesito que me reconstruya, señor Lenon —logró decir ella, forzando una firmeza que sus manos temblorosas desmentían—. Soy una cirujana. Sé perfectamente cómo funciona la anatomía del daño y cómo repararla.

Lenon soltó una risa seca, un sonido grave que reverberó en las vigas de madera del almacén. Dio un paso lateral, rodeándola como un depredador que admira a una presa especialmente fascinante. Su mirada bajó por la cabellera negra y sedosa de Diana, deteniéndose un instante en la curva de su cuello, antes de volver a sus ojos negros y redondos.

—Usted sabe coser piel, Doctora. Pero no sabe nada de estructuras —dijo él, señalando con un gesto de su mentón rubio hacia las grietas del techo—. Este lugar es como usted: hermoso por fuera, pero sosteniendo un peso que no le corresponde. Si no reforzamos los cimientos ahora, todo se vendrá abajo al primer soplo de viento.

Diana guardó el teléfono en su bolsillo, sintiendo que el mensaje de Víctor quemaba a través de la tela de su abrigo. "Te encontré, Lucía". Esas cuatro palabras eran el heraldo de su fin. Había pasado años huyendo, cambiando su nombre, ocultando su piel blanca y sus pecas bajo capas de maquillaje profesional y una actitud gélida. Y ahora, en el momento de mayor vulnerabilidad, aparecía este arquitecto de mirada penetrante que parecía ver a través de su disfraz.

—Hablemos de la obra —cortó ella, tratando de recuperar el terreno—. Quiero que este espacio sea diáfano. Necesito luz natural para mis lienzos. No me importa el coste, solo quiero que esté terminado en un mes.

Lenon se detuvo frente a un caballete vacío. Extendió una mano grande y callosa, rozando la madera con una delicadeza que contrastaba con su complexión fornida.

—Un mes es poco tiempo para salvar un edificio que se está rindiendo —murmuró él, girándose hacia ella. Su expresión se volvió sombría—. ¿Por qué tiene tanta prisa, Diana? ¿De qué está huyendo realmente?

El uso de su nombre, sin el título de "Doctora", fue como una caricia prohibida. Diana sintió una punzada de pánico mezclada con una atracción eléctrica que la asustó. Lenon siempre vestía de manera impecable, pero había algo salvaje en él, una energía Alpha que exigía respuestas y lealtad.

—No huyo de nada —mintió ella, clavando sus ojos negros en los de él—. Solo valoro mi tiempo.

—Miente —sentenció Lenon con una calma aterradora—. Sus ojos la delatan. Son demasiado redondos, demasiado expresivos para una mujer que dice no tener miedo.

En ese momento, un fuerte estruendo provocado por una ráfaga de viento hizo que una de las ventanas mal ajustadas del piso superior golpeara contra el marco. Diana dio un respingo, soltando un pequeño grito ahogado. Antes de que pudiera reaccionar, Lenon estaba allí. En un movimiento fluido y poderoso, la tomó por los hombros y la atrajo hacia su pecho.

El impacto contra el cuerpo de Lenon fue como chocar contra una muralla de granito. Diana pudo oler su perfume: una mezcla de sándalo, acero frío y algo puramente masculino. La calidez que emanaba de él la envolvió, y por un segundo, el miedo a Víctor pareció desvanecerse. Lenon la mantenía sujeta con firmeza, sus manos grandes abarcando casi la totalidad de sus hombros.

—Está temblando —susurró él cerca de su oído. Su voz era ahora una vibración suave que le erizó la piel—. No voy a preguntar quién le envió ese mensaje, Diana. Al menos, no todavía. Pero quiero que sepa una cosa: mientras yo esté en este taller, nadie que no haya sido invitado pondrá un pie dentro. He construido fortalezas para gente mucho más peligrosa que sus fantasmas.

Diana levantó la vista. La cercanía era abrumadora. Podía ver las motas grises en el azul de sus ojos.

—¿Por qué haría eso por mí? —preguntó ella en un susurro.

Lenon esbozó una sonrisa ladeada, una que no llegó a sus ojos, los cuales permanecían fijos en ella con una intensidad posesiva.

—Porque me gustan los desafíos. Y porque usted, Doctora, es la estructura más intrigante que he tenido el placer de inspeccionar.

Él la soltó lentamente, pero la sensación de sus manos permaneció marcada en la piel de Diana. Lenon recogió sus planos y se dirigió hacia la salida, deteniéndose justo antes de cruzar el umbral.

—Mañana a primera hora traeré al equipo —dijo sin mirar atrás—. Y Diana... deje de esconder esas pecas. Son lo único real que he visto en esta ciudad en mucho tiempo.

Cuando la puerta se cerró, Diana se quedó sola en la penumbra. Sacó de nuevo el teléfono y releyó el mensaje. El pasado estaba llamando a su puerta, pero por primera vez en siete años, no sentía que tuviera que enfrentarlo sola. Había algo en Lenon, algo en su mirada azul grisácea y su promesa de protección, que la hacía creer que, quizás, sus cimientos no estaban tan rotos después de todo.

Sin embargo, en las sombras del exterior, un par de ojos la observaban. Víctor no era un hombre que se rindiera fácilmente, y la presencia de un nuevo protector solo haría que el juego fuera mucho más sangriento.

Chapter 2

Tras la partida de Lenon, el aire en el almacén parecía haber retenido el calor de su presencia. Diana se quedó inmóvil, con el teléfono aún apretado en su mano, sintiendo cómo el eco de sus palabras —“He decidido que voy a reconstruirla a usted”— golpeaba una y otra vez contra sus defensas. Nadie le había hablado así en años. En su mundo de quirófanos y diagnósticos precisos, ella era la autoridad, el pilar inamovible. Pero ese hombre, con sus ojos azul grisáceo y esa forma de vestir que gritaba poder sin esfuerzo, había atravesado su armadura en cuestión de minutos.

Se acercó a uno de los ventanales altos. A través del cristal sucio por el salitre, vio la camioneta de Lenon alejarse. Era un vehíc*l* robusto, igual que él. Diana dejó escapar un suspiro que no sabía que estaba reteniendo y se soltó finalmente el cabello. Su cabello negro, sedoso y brillante cayó sobre sus hombros, contrastando con la palidez de su piel

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