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Romans d'amour

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EL CEO DESCUBRIO QUE TIENE GEMELOS

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Annotation

Él creyó que ella lo había traicionado. Ella despertó sin recordar quién era. Ocho años después, el destino los reúne de nuevo... pero ninguno reconoce al amor de su vida. Mientras un poderoso CEO intenta entender por qué esa mujer desconocida le resulta tan familiar, dos niños idénticos guardan un secreto capaz de destruir una familia, revelar una traición y cambiar para siempre el futuro de todos. Pero hay alguien dispuesto a impedir que la verdad salga a la luz. Alguien que ya intentó borrar el pasado una vez... y que no piensa cometer el mismo error. Cuando los recuerdos comiencen a regresar y los secretos enterrados durante años salgan a la luz, descubrirán que algunas mentiras pueden separar una familia... ...pero otras pueden matar por segunda vez. **Una novela cargada de romance, misterio, traiciones, giros inesperados y segundas oportunidades que te mantendrá pasando páginas hasta el final.**

Capítulo 1

El primer disparo le entró por el hombro y la lanzó dos pasos hacia adelante, contra el muro del callejón. El segundo le rozó el muslo cuando ya estaba corriendo.

No se cayó porque sabía que si se caía la mataban. Eso, y porque el cuerpo de ocho meses y medio que cargaba adentro le exigió moverse antes que pensar.

Valeria apretó la mochila contra la barriga y dobló la esquina, el barrio en el que llevaba seis días escondiéndose y conocía poco, pero los pasos de los dos hombres venían dos esquinas atrás y era correr o morir.

La sangre del hombro le bajaba caliente por la espalda. La del muslo era menos, una caricia de bala. Era pasante de medicina, llevaba año y medio en hospitales públicos viendo entrar a gente con balazos, y sabía que el del hombro no era mortal, un balazo así, a esa distancia, había sido a propósito, solo para detenerla. No para matarla.

Margarita la quería viva, y solo para tener a su nieto.

Que la dejen parir. Después se encargan. Que parezca un accidente.

La frase llevaba seis días repitiéndose en su cabeza, esa misma noche había metido cuatro cosas en una mochila, había salido por la puerta de servicio cubriendo su enorme barriga y se había perdido en los peseros de la madrugada. Tres pensiones, dos cambios de pelo, una credencial falsa que le costó el efectivo que le quedaba. Y aun así la encontraron. Dobló otra esquina. Una contracción la dobló por la mitad y le sacó el aire. Se apoyó contra una pared de tabique, apretó los dientes y esperó. La contracción duró cincuenta segundos.

No. Ahora no.

Pero el cuerpo, cuando le dispararon dos veces y le metieron el susto de la persecución, decide que el bebé tiene que salir ya, y nadie puede evitarlo.

Valeria se mordió la lengua para no gritar y siguió caminando.

—Mija. Vente.

Valeria levantó la cabeza.

Una anciana pequeña, con el pelo blanco recogido en un chongo y un mandil manchado de aceite, le hacía una seña corta con la mano desde una puerta entreabierta. Sin susto, sin asombro, como si llevara la tarde entera esperando que pasara algo así.

Valeria dudó. La siguiente contracción le llegó y no puedo pensarlo más. Cruzó la puerta.

—Atrás. Cuarto del fondo. Hay un colchón.

—Señora, me dispararon.

—Ya vi. Mueve las piernas, niña.

El cuarto tenía un colchón en el suelo, una mesita con un Cristo de palo y un foco colgando del techo. La anciana entro detrás y le pasó una toalla limpia.

—Quítate la ropa de abajo.

—Primero el hombro. La bala se puede infectar.

—¿tú eres doctora?

—Pasante.

—Entonces sabes que, si me detengo a sacar la bala ahora, el bebé se muere, eso quieres.

Valeria no discutió. Lo sabía. Una pasante que llevaba año y medio de turnos en urgencias sabe que las prioridades son lo que son.

Se bajó los pantalones con las manos torpes por la sangre, se acostó y dobló las rodillas. La anciana le levantó la falda y le metió dos dedos para medir la dilatación.

—Ocho centímetros. Falta poco.

—Lo sé.

—¿Has parido antes?

—No, pero he estado en partos muchas veces.

—Entonces no te tengo que explicar nada.

Una nueva contracción. Valeria agarró la sábana con la mano que tenía sana y la apretó tan fuerte que se le pusieron los nudillos blancos. Le subió el grito por la garganta y se lo aplastó entre los dientes.

—Suelta el grito —dijo la anciana—. Aquí adentro nadie te oye.

—Sí oyen. Vienen detrás.

La anciana se quedó quieta dos segundos. Caminó hasta la ventana, miró por una rendija y volvió.

—¿Cuántos?

—Dos. Pueden ser más.

—¿Qué quieren?

—Al niño, luego me matan.

—¿Quién es tan desalmado?

—Mi suegra.

La anciana asintió como si hubiera oído eso muchas veces. Como si en cuarenta años de recibir niños hubiera ya recibido a más de una muchacha de fuera del barrio corriendo de su propia familia.

—Yo soy doña Carmen. Yo te ayudo. Tú aguantas. Después decidimos.

—Si vienen, no abra.

—No le abro a nadie esta noche. Empuja.

Valeria empujó.

El bebé salió a las once y veintitrés. Doña Carmen lo recibió en las dos manos, le sopló en la cara y le dio una palmada suave. El bebé lloró con esa fuerza limpia de los que llegan al mundo enojados con el viaje.

—Varón. Está fuerte.

Le cortó el cordón con unas tijeras esterilizadas en el fuego, lo envolvió en una toalla y se lo puso sobre el pecho. Valeria lo miró, le pasó un dedo por el labio diminuto y por primera vez en días sintió algo que no era miedo.

Y entonces la barriga se le contrajo otra vez.

—Doña Carmen.

—Lo sé. Lo sentí cuando te metí los dedos. No te dije por no asustarte.

—¿Otro?

—Otro. Los ultrasonidos son máquinas. El cuerpo es el cuerpo. Empuja.

Doña Carmen le sacó al primero del pecho, lo dejó sobre una manta a un metro del colchón y volvió a meter las manos.

—Mija, este viene mal sentado.

Valeria cerró los ojos, su hijo eligió el peor momento para venir sentado, ella en el piso de una vecindad, con una anciana de manos limpias, pero sin instrumentos, puede ser su muerte, necesitaba un quirófano o un ginecólogo experto.

—Doña, si muero no importa, saque a mi hijo vivo.

—Lo he girado adentro veintidós veces en cuarenta años. Veintidós vivos. Empuja.

Doña Carmen le metió la mano hasta la muñeca. Valeria gritó. Esta vez el grito le salió animal, y la anciana ni siquiera la miró porque tenía los dos brazos metidos hasta los codos en sangre tratando de girar a un bebé que había decidido a salir torcido.

—Vente, niño. Date la vuelta. Date la vuelta para tu mamá.

Pasaron tres minutos. Valeria perdió la noción del tiempo. Veía manchas negras en los bordes de los ojos. El balazo del hombro le había drenado más sangre de la que podía reponer. Por dentro le subía la voz tranquila de su profesora de obstetricia: en hemorragia posparto la madre tiene veinte minutos antes del shock.

—Doña, lo voy a perder.

—Empuja.

Valeria empujó con lo último que le quedaba. Empujó pensando en Mateo intubado, en la cara de Margarita al teléfono pidiendo que la mataran, en sus dos hijos muriéndose con ella esa noche. Y eso no lo iba a permitir.

El segundo bebé salió a las once y cuarenta y uno. Salió morado. No lloró.

Doña Carmen lo agarró con una mano debajo del cuello y la otra debajo del culito. Lo sopló en la cara. Le frotó el pecho con el pulgar. Le pasó un dedo limpio por la boca para sacarle el moco. El bebé seguía morado.

Valeria se incorporó sobre los codos a pesar del balazo. La pasante ganó por un segundo a la madre asustada.

—Boca a nariz. Soplos cortos. Cada tres segundos. Y pégale en la espalda.

Doña Carmen le puso la boca encima de la nariz del bebé y sopló. Una vez. Dos. A la cuarta, el bebé tosió. Y respiró. Y abrió los ojos enormes, oscuros, y miró el techo con la calma que ya no se le iba a quitar en toda su vida.

—Otro varón —dijo doña Carmen con la voz rota por primera vez en la noche—. Y este es el que llegó por su cuenta.

Le cortó el cordón, lo limpió, lo envolvió en otra toalla y lo dejó al lado del primero. Dos bebés idénticos sobre una manta, en el piso de una vecindad de un barrio donde la policía no entraba.

—Aguanta. Voy a sacarte la bala.

Fue a la cocina y volvió con un cuchillo pequeño que pasó por el fuego, unas pinzas viejas, una botella de mezcal y un trapo limpio. Le echó el mezcal sobre la herida del hombro. Valeria se mordió el dorso de la mano y por el dolor quedo inconsciente, pérdida de sangre, el agotamiento del parto, la anciana se agachó al lado del colchón y tomó a uno de los bebés. Lo cargó con la suavidad de las que han cargado a miles, penos que esa joven inconsciente no podría escapar viva de esa gente que la buscaba con dos recién nacidos y una idea descabellada se le cruzo por la cabeza.

Tres golpes en la puerta. Después dos más, fuertes.

Doña Carmen acomodó al bebe sobre el colchón vacío, le puso encima la toalla manchada de sangre del parto, regó un poco más de sangre fresca alrededor con un trapo y caminó hasta la entrada. Antes de abrir respiró hondo dos veces y se acomodó la cara de mujer cansada que llevaba puesta cuarenta años.

Abrió.

Margarita Solís estaba en el umbral con un abrigo negro y tres hombres detrás. Sin maquillaje, sin joyas, sin nada del lujo con el que solía moverse por la ciudad. Solo la cara cansada y los ojos fríos.

—Doña. Busco a una muchacha joven, embarazada, herida. Le dispararon dos veces y entró a este barrio hace dos horas.

—Una muchacha así llegó a mi puerta hace dos horas. Pero ya no la puede ayudar.

—¿Qué?

—Se murió hace cuarenta minutos.

Margarita entrecerró los ojos. Doña Carmen se hizo a un lado y la dejó entrar con dos de los hombres detrás; el tercero se quedó en la puerta. La guio hasta el cuarto del fondo.

Sobre el colchón estaba un bebe, dormido, envuelto en la toalla, con la mancha grande de sangre alrededor. Margarita se quedó parada en la puerta y miró todo: el colchón, la sangre, las pinzas con la bala todavía sobre el platito, el cuchillo del fuego, la botella de mezcal vacía.

Valeria estaba muerta, o eso pensó al ver el cuerpo sin signos, caminó despacio, le pasó un dedo por la mejilla al bebé que abrió los ojos un instante, la miró fijo y los volvió a cerrar. Margarita se quedó quieta. Algo se le movió en la cara que ella misma no entendió.

—Es varón.

—Sí.

Margarita se quedó mirando al bebé un largo rato. Y entonces, sin que nadie le dijera nada, la cara se le acomodó, tomo a su nieto y camino a la salida, pero antes de irse saco un fajo de billetes y se los puso en la mano a la anciana.

—Que nadie sepa que el niño nació aquí. Que nadie sepa que existió esa madre. Si yo oigo un rumor, vuelvo y la entierro a usted en el patio. ¿Me oyó?

—Sí, señora.

Capítulo 2

El heredero de los Solís

Margarita Solís cruzó la entrada de la clínica privada con el bebé envuelto en una manta de algodón y el corazón al doble. El doctor Robledo la estaba esperando en el pasillo, todavía con la bata del turno de noche.

—Señora. Llegó.

—¿Está listo el quirófano?

—Listo. El corazón ya está aquí. Compatibilidad perfecta. Su hijo entra en treinta minutos.

—¿Tiempo de procedimiento?

—Seis horas, si todo va bien.

—Que vaya bien.

—Señora.

—Dígame.

—Llevamos ocho meses esperando. Y aparece esta noche. Después de la noche que usted tuvo. Es un milagro.

Margarita lo miró con los ojos secos. Apretó al bebé contra el pecho.

—Milagro o no, doctor quiero a mi hijo vivo.

A los veinte minutos, Mateo Solís entró al quirófano sobre una camilla. Ocho meses sin abrir los ojos, solo el respirador subiéndole y bajándole el pecho como una marea que no termina.

Lo que nadie sabía, ni siquiera los médic

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