
Obsesión prohibida
- Genre: Billionaire/CEO
- Author: Jhadry
- Chapters: 6
- Status: Ongoing
- Age Rating: 18+
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Annotation
Obsesión prohibida El día que debía convertirse en el más feliz de su vida terminó siendo el comienzo de una pesadilla. Vannesa Montenegro siempre creyó que su mejor amigo, Santiago, era la persona que más la conocía en el mundo. Crecieron juntos, compartieron risas, secretos y promesas que parecían inquebrantables. Pero lo que Vannesa nunca imaginó fue que detrás de esa amistad se escondía una obsesión que había crecido en silencio durante años. Cuando su familia decide ofrecerla en matrimonio a Alonso Ferrer, el poderoso y frío CEO de una empresa multimillonaria, Vannesa acepta el destino que otros eligieron por ella. Ese matrimonio debía salvar a su familia… aunque significara entregar su libertad. Pero el día de la boda, justo cuando estaba a punto de decir “sí, acepto”, todo cambia. Las puertas de la iglesia se abren y Santiago aparece para llevársela. Para él, Vannesa nunca debió pertenecer a otro hombre. Mientras Alonso, humillado y furioso, inicia una búsqueda implacable para recuperarla, Vannesa queda atrapada entre dos hombres que no están dispuestos a perderla: uno que la ama con una obsesión peligrosa… y otro que no permitirá que nadie le arrebate lo que considera suyo. En medio de secretos, traiciones y una lucha de poder, Vannesa descubrirá que el amor y la obsesión pueden ser más peligrosos de lo que imaginaba.
Prólogo
La Catedral de San Pedro rebosaba de una opulencia que, para Vannesa Montenegro, resultaba asfixiante. Bajo los técnicos abovedados, las luces doradas de los candelabros de cristal colgaban como estrellas cautivas, iluminando millas de orquídeas blancas que custodiaban el paso central; un despliegue de lujo que su familia, en otras circunstancias, jamas habría podido costear.
A pesar de que el aroma a incienso se entrelazaba con los perfumes importados de la élite, el aire se sentía denso, cargado con la frialdad de una subasta de alta alcurnia. Todo era impecable: una coreografía perfecta de poder y estatus diseñada para deslumbrar a la ciudad.
Sin embargo, detrájicos de aquella fachada de "boda de ensueño", Vannesa conciencia la cruda realidad del intercambio. Ella no era una novia, sino la moneda de cambio para saldar una deuda. Su familia, con el apellido marchito y las cuentas vacías, la casa entregado a los Ferrer para comprar su supervivencia. En esa catedral, no se estaba celebrando una unidad, sino el cerca de un contrato financiero.
El aire en la catedral era denso, impregnado de una mezcla de incienso milenario y el aroma asfixiante de miles de orquídeas blancas. Al final del pasillo, Alonso Ferrer sin esperaba en solitario; dominaba el espacio.
Su viaje negro, cortado con una precisión quirúrgica, delineaba una postura que no conocía la derrota. Permanente frente al altar como un monumento a la determinación, con las manos entrelazadas y una expresión tan impenetrable como el hombremol. Para el mundo, era el epítome del éxito; para quienes lo conocian de verdad, era un hombre que jámás dejaba una pieza sola en su tablero. En el fondo de sus alumnos oscuras, sin embargo, bailaba una chispa de satisfacción depredadora: el trofeo final estaba a punto de ser suyo.
De pronto, las pesadas puertas de roble se abrieron de par en par. El silencio que siguió fue absoluto, roto solo por el murmullo eléctrico que recorrió los bancos.
Vannesa Montenegro apareció en el umbral, envuelta en una neblina de seda y encaje que parecía flotar a su alrededor. Su vestido era una obra maestra de elegancia trágica, una armadura de satén blanco que brillaba bajo la luz de los vitrales. Pero, tras la delicada red del velo, la realidad era otra.
Sus ojos, grandes y nublados, no tenían el brillo del amor, sino el destello inquieto de quien se siente acorralado. No caminaba hacia un altar, sino hacia una sentencia que ella misma había aceptado firmar. Cada paso hacia Alonso era una lucha interna, un intento desesperado por convencerse de que este sacrificio era el único camino para salvar lo que quedaba de su legado.
En las últimas semanas, había empezado a ver en Alonso algo más que un socio de negocios: pequeños gestos de atención y una protección silenciosa que la ilusionaban. Ella quería que este matrimonio funcionara. Quería la paz que Alonso le prometía.
Por eso, no había invitado a Santiago. A pesar de haber crecido juntos, de haberlo querido como a un hermano, las cosas que habían pasado meses atrás —la obsesión creciente de él y sus reacciones erráticas— la habían obligado a dejarlo fuera de su vida. Vannesa necesitaba orden, y Santiago solo representaba el caos que ella quería olvidar.
El sacerdote comenzó la ceremonia y el silencio en la iglesia era absoluto, solemne.
Alonso mantenía su mirada fija en ella, transmitiéndole esa seguridad que tanto anhelaba.
—Alonso, ¿aceptas a Vannesa como tu esposa? —preguntó el sacerdote con voz pausada.
Alonso no apartó los ojos de los de ella. Su voz fue firme, un ancla en medio de la incertidumbre que ella aún sentía en el pecho.
—Acepto —respondió él, apretando suavemente su mano.
—Y tú, Vannesa, ¿aceptas a Alonso como tu esposo para amarlo y respetarlo todos los días de tu vida?
Vannesa tomó aire, sintiendo que por fin alcanzaba la orilla después de una tormenta. Abrió los labios para pronunciar la palabra que lo cambiaría todo.
—Acep...
Un golpe violento resonó contra las puertas principales, interrumpiendo el juramento. El estruendo del roble chocando contra la piedra hizo que los invitados se pusieran de pie, alarmados. Santiago estaba allí, jadeante, con la ropa desordenada y la mirada inyectada en esa furia desesperada Vannesa tanto temía. No era el hermano con el que creció; era el hombre que no sabía aceptar un "no" por respuesta avanzó por el pasillo central como una mancha de caos en medio de la perfección que ella tanto había planeado.
—¡Detengan esto! —gritó Santiago, su voz rebotando en los techos abovedados—. ¡Vannesa, no lo hagas! ¡No puedes casarte con este hombre!
El sacerdote, confundido y alarmado, alternaba la mirada entre la pareja y el hombre que avanzaba por el pasillo central. La seguridad del lugar ya se movilizaba, pero el daño emocional estaba hecho.
Los invitados murmuraban en un siseo de terror mientras Santiago ignoraba a todos, fijando sus ojos febriles únicamente en ella. Vannesa retrocedió un paso, sintiendo que el oxígeno le faltaba, pero Alonso no la soltó. Con una frialdad que helaba la sangre, él se interpuso entre ella y el intruso, manteniendo su mano firme sobre la de ella.
—Santiago, vete —sentenció Alonso—. No tienes nada que hacer aquí.
—¡Ella no te pertenece, Alonso! —rugió Santiago—. No puedo dejar que te vendas de esta manera, Vannesa.
—Thiago, detente —rogó ella con la voz quebrada por la urgencia—. Sabes por qué no te invité. Por favor, vete. Este matrimonio es mi decisión.
—No, Vannesa... esta es la decisión de tu familia para pagar sus deudas —Santiago dio un paso más, ignorando la advertencia en los ojos de Alonso—. Y si te casas hoy, te pierdo para siempre.
Alonso finalmente habló, dando un paso al frente con una gravedad letal.
—Creo que ya dijiste suficiente. Esta mujer no es asunto tuyo. Lárgate antes de que pierda la paciencia.
Santiago sostuvo la mirada del poderoso empresario sin retroceder. Entonces, de forma repentina, mostró un arma que llevaba oculta bajo la chaqueta. El aire se congeló; el pánico estalló en un silencio sepulcral antes de los primeros gritos.
—Ella sí es asunto mío —sentenció Santiago. Antes de que los guardias de Alonso pudieran reaccionar, Santiago se lanzó hacia adelante y tomó la mano de Vannesa con una fuerza que le dejó marcas instantáneas en la muñeca.
—Vámonos —ordenó él.
—¿Qué? ¡Thiago, suéltame! —Vannesa forcejeó, aterrada—. ¡Alonso! ¡Papá! Pero Santiago no la soltó. La rodeó por la cintura con un brazo de hierro, usándola como un escudo humano mientras apuntaba con el arma a la multitud y a los guardias que ya desenfundaban los suyos.
—¡Atrás todos! —rugió Santiago—. ¡Si alguien se acerca, no saldrá viva de aquí!
Vannesa lloraba, forcejeando desesperadamente contra el hombre que alguna vez llamó "hermano". Miró a Alonso, cuya expresión se había vuelto gélida y asesina, una máscara de furia contenida que prometía consecuencias terribles. Vio a su padre, paralizado, cuya mirada delataba que temía más por el contrato roto que por la vida de su hija.
—Lo siento, Van —susurró Santiago cerca de su oído, su aliento quemándole la piel mientras la arrastraba hacia la salida—. Pero nunca supe decirte que te amaba, y no voy a dejar que seas de nadie más. Menos de un hombre que te compró.
Vannesa fue arrastrada hacia afuera, viendo cómo la imagen de su boda perfecta desaparecía tras las puertas de la iglesia. Lo último que vio fue el rostro de Alonso Ferrer, cuyos ojos prometían una cacería sangrienta.
Alguien acababa de arruinar su boda y de secuestrar a su mujer. Y Alonso no pensaba dejarlo escapar vivo.
El eco de los neumáticos chirriando sobre el pavimento fue lo único que quedó en el atrio de la iglesia. Santiago la había arrojado al asiento trasero de un todoterreno negro, bloqueando las puertas antes de arrancar a toda velocidad, dejando atrás una estela de polvo y promesas rotas.
Dentro de la iglesia, el silencio que siguió al estruendo fue sepulcral, interrumpido solo por el llanto ahogado de la madre de Vannesa y los susurros aterrorizados de los invitados. Pero en el altar, el aire vibraba con una energía distinta.
Alonso Ferrer no se movió durante los primeros segundos. Permaneció de pie, con los puños cerrados de tal forma que sus nudillos blancos amenazaban con romper la piel. Su mirada seguía fija en el espacio vacío donde, un instante antes, estaba la mujer que él había decidido proteger.
—Señor Ferrer... —intervino uno de sus jefes de seguridad, acercándose con cautela mientras guardaba su arma—. La policía está en camino. Tenemos el número de placa y...
—No quiero a la policía —interrumpió Alonso. Su voz no era un grito; era un susurro gélido, más aterrador que cualquier explosión de rabia—. No quiero informes, ni sirenas, ni protocolos.
Se giró lentamente hacia su suegro, quien permanecía pálido y tembloroso a unos metros. El desprecio en los ojos de Alonso fue evidente.
—Tu familia me vendió orden y paz —dijo Alonso, ajustándose los puños de la camisa con una calma sobrenatural—. Y me han entregado un espectác*l* de sangre.
Sin decir una palabra más, Alonso bajó del altar. Sus pasos resonaban con una autoridad pesada sobre el mármol. Al salir al sol de la tarde, se sacó la flor del ojal de su saco y la dejó caer al suelo, pisoteándola sin mirar.
—Quiero a todos los hombres disponibles en la carretera —ordenó a su equipo mientras subía a su propio vehíc*l*—. Santiago cree que se la llevó por amor, pero pronto entenderá que lo que acaba de hacer es declarar una guerra que no puede ganar.
Alonso encendió el motor. El rugido del coche fue el primer disparo de una cacería que no se detendría hasta que Santiago fuera borrado del mapa y Vannesa estuviera de vuelta en el lugar que él le había asignado: a su lado.
El interior del vehíc*l* era una cápsula de desesperación que olía a pólvora y a caucho quemado. Santiago conducía con una mano soldada al volante y la otra aplastando el arma contra su muslo, lanzando miradas frenéticas por el retrovisor como si esperara ver al mismo diablo pisándole los talones.
Vannesa, con el vestido de novia desgarrado y el corazón golpeando sus costillas como un animal enjaulado, se hundió en el asiento trasero, tratando de asimilar que su boda se había convertido en un campo de batalla.
—Thiago, detente ahora mismo —logró articular ella. Su voz, aunque temblorosa, cortó el aire con una indignación que él no esperaba—. Esto no es amor, es un secuestro. Estás destruyendo lo último que quedaba del hombre que conocí.
—¡Te estoy salvando, Van! —rugió él, golpeando el volante con tal violencia que el coche dio un bandazo—. ¿No lo ves? Alonso Ferrer no es un hombre, es un m*ld*t* robot.
Ese "orden" que tanto te gusta es una jaula de oro con cámaras y contratos. ¡Él te compró como si fueras una maldita acción de su empresa para salvar a tu padre!
Vannesa se aferró a la manija de la puerta cuando Santiago tomó una curva cerrada, haciendo que los neumáticos chillaran en una protesta agónica.
—Alonso me dio la paz que tú me robaste hace meses —respondió ella, limpiándose las lágrimas con rabia, dejando manchas de rímel sobre el encaje blanco—. Él me mira con respeto, no con esa obsesión enferma que te está consumiendo. Santiago, mírame... el hermano con el que crecí nunca habría apuntado a mi familia. El hermano que yo quería nunca me habría puesto un arma en la cara.
Santiago soltó una carcajada amarga, un sonido roto que bordeaba el quiebre mental absoluto.
—El hermano murió el día que te vi mirarlo a él con esa ilusión —siseó él, su voz descendiendo a un susurro peligroso—. No voy a dejar que te marchites en su cama fría. Nos iremos lejos, donde no existan los Ferrer, ni las deudas de tu padre, ni los apellidos. Seremos solo nosotros.
—¿Y pretendes que te ame así? —Vannesa se inclinó hacia adelante, desafiando el cañón del arma que descansaba cerca de su rodilla—. ¿A rastras? ¿Bajo amenaza de muerte? Si cruzas esa frontera, Santiago, no habrá redención. Alonso no es un hombre que perdona, y tú lo sabes mejor que nadie. Él no está buscando un acuerdo; está buscando una ejecución.
Santiago apretó los dientes, su mandíbula marcada por una tensión casi inhumana. De repente, un rugido gutural empezó a filtrarse desde la distancia; no era el zumbido del tráfico, sino el rugido de un motor de alta cilindrada que devoraba el asfalto. Santiago miró de nuevo por el espejo y su rostro se quedó lívido, perdiendo hasta la última gota de color.
—Ya está aquí —susurró Vannesa, viendo la sombra de un auto oscuro emerger de la bruma de la carretera como un depredador alcanzando a su presa—. Él no va a negociar contigo, Thiago. Déjame salir antes de que esto termine en una carnicería.
Santiago, en lugar de frenar, hundió el pie en el acelerador hasta el fondo. El motor del todoterreno bramó en su límite, tambaleándose peligrosamente sobre la vía. El brillo de los faros de Alonso ya inundaba la cabina, convirtiendo el espejo retrovisor en un foco cegador.
—Si no eres mía —siseó Santiago, con los ojos inyectados en sangre y una sonrisa de mártir suicida—, no serás de nadie.
Los faros del coche negro brillaban bajo la luz dorada del atardecer. El sol comenzaba a descender en el horizonte, tiñendo el cielo de tonos naranjas y rojizos mientras la carretera se extendía frente a ellos. El motor rugía con violencia, devorando la distancia que los separaba del todoterreno que corría delante. Dentro del auto, Alonso Ferrer permanecía completamente inmóvil en el asiento trasero. Sus ojos oscuros no se apartaban del vehíc*l* que llevaba a Vannesa. No había pánico en su rostro. Había algo mucho más peligroso. Una calma fría. La calma de un hombre que ya había tomado una decisión. —Alcánzalo —ordenó con voz baja. El conductor apretó el volante. —Señor… vamos demasiado rápido— —Más rápido. El coche aceleró. Adelante, el todoterreno avanzaba levantando polvo sobre el asfalto caliente de la tarde. Dentro del vehíc*l*, el vestido de novia de Vannesa se extendía por el asiento como un recuerdo roto de la boda que había quedado atrás. El velo estaba rasgado. Una de las mangas del vestido se había desgarrado cuando Santiago la había sacado de la iglesia. Todo había ocurrido en cuestión de minutos. Minutos atrás estaba caminando hacia el altar. Ahora huía por una carretera con su mejor amigo… el mismo hombre que acababa de arruinar su boda. Santiago conducía con los nudillos blancos sobre el volante. Sus manos temblaban. Pero su pie seguía presionando el acelerador. —¡Thiago, detente! —gritó Vannesa—. ¡Esto es una locura! —No —respondió él con la voz tensa—. La locura habría sido dejar que te casaras con él. —¡Yo quería casarme! Las palabras lo golpearon como una bala. Por un segundo, el dolor cruzó su rostro. Pero no frenó. El rugido de otro motor apareció detrás de ellos. Vannesa giró la cabeza y miró por el retrovisor. Y su corazón se detuvo. Un coche negro avanzaba por la carretera como un depredador. Cada segundo estaba más cerca. —Thiago… —susurró. Santiago también lo vio. Sus mandíbulas se tensaron. —Sabía que vendría. El coche negro se acercaba cada vez más. Metro por metro. Segundo por segundo. —Todavía puedes detener esto —dijo Vannesa con desesperación—. Solo frena y hablemos. Santiago soltó una risa amarga. —Después de todo lo que hice… ¿crees que voy a devolverte? —¡Esto no es amor, Thiago! Sus ojos se oscurecieron. —No —murmuró—. Esto es lo único que me queda. El coche de Alonso apareció de repente a su lado. Rápido. Preciso. Los adelantó y se cruzó frente a ellos. Santiago giró el volante con fuerza. Los neumáticos chillaron sobre el asfalto caliente. El todoterreno derrapó antes de detenerse bruscamente en medio de la carretera. El sol del atardecer iluminaba toda la escena con una luz intensa. El coche negro quedó frente a ellos. Silencioso. Imponente. La puerta se abrió lentamente. Alonso Ferrer salió del vehíc*l*. Su traje oscuro contrastaba con la luz dorada de la tarde. Caminó hacia ellos con pasos firmes, tranquilos… como si ya supiera que la situación estaba bajo su control. Vannesa dejó de respirar. Santiago sacó el arma de la guantera. —¡No te acerques! —gritó. Pero Alonso no se detuvo. Sus ojos se fijaron primero en Vannesa. Luego en Santiago. —Sabía que eras un idiota —dijo con frialdad—. Pero no pensé que llegarías tan lejos. Santiago levantó el arma. —Da un paso más y disparo. El viento del atardecer agitó el vestido de Vannesa dentro del coche. Alonso dio otro paso. Sin miedo. Sin prisa. —Hazlo —respondió con calma. El corazón de Vannesa latía tan fuerte que parecía que iba a romperle el pecho. Su vida había cambiado en menos de una hora. Y lo peor… era que aquella guerra entre los dos hombres que marcaban su destino *p*n*s estaba comenzando.
Capítulo 1: El diseño del destino
El campus era, esa mañana, un entramado de luz y piedra diseñado para engañar al tiempo. Mientras el sol jugaba a las sombras entre los robles y el aire húmedo obligaba a encoger los hombros, cientos de estudiantes cruzaban los senderos cargando con el peso de un futuro que aún no comprendían. Parecía el inicio de un día cualquiera, pero la primavera tiene una forma cruel de orquestar los grandes cambios bajo la apariencia de una calma total.
Esa misma calma se volvía absoluta en un rincón apartado del jardín botánico, lejos del bullicio de la cafetería y de las ambiciones académicas. Allí, Vannesa Montenegro habitaba un universo propio. Para ella, el mundo no se dividía en horas o materias, sino en texturas, gradientes de color y la resistencia del suelo bajo sus uñas. Estaba arrodillada sobre una manta pequeña, con las rodillas presionando la tierra negra y fértil de una de las jardineras de exhibición, como si buscara en las raíces una verdad que el asfalto del campu











