
El Legado de Los Dioses
- Gen: Paranormal
- Autor: Yesica Mouls
- Capitole: 85
- Status: În desfășurare
- Clasificare de vârstă: 18+
- 👁 177
- ⭐ 7.5
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Descriere
¿Qué harías si descubrieras que los dioses de las leyendas… eres tú? En un Egipto asfixiado por un tirano que se hace llamar el “Elegido”, dos jóvenes crecen sin saber que sus almas guardan un secreto milenario: son la reencarnación de los dioses Isis y Osiris, antiguos reyes de Egipto. Mientras el dios Seth mueve sus hilos desde las sombras para consolidar un imperio de oscuridad, una antigua profecía comienza a despertar. En un mundo de traiciones, magia olvidada y un amor que desafía al tiempo, ellos deberán reclamar su divinidad antes de que el Nilo se tiña de sangre para siempre. La guerra por el trono eterno ha comenzado. El legado renace.
El Despertar
El vacío era absoluto.
Una oscuridad pesada que descansaba sobre mis hombros como mantas de lino empapadas. No había suelo. No había cielo. Solo ese negro infinito que, extrañamente, no aplastaba.
Sostenía.
Y no sentía miedo.
Sentía una presencia.
—Amada mía...
La voz no llegó a mis oídos. Vibró directo en mi pecho, como si mi corazón hubiera sido creado únicamente para escucharla y recién ahora recordara cómo hacerlo. Era una melodía antigua, dulce, cargada de una paz anterior al tiempo.
Quise moverme. Buscarlo. Pero mi cuerpo era miel: lento, pesado, incapaz de obedecerme.
—Sabes que te amo más que a mi propia vida —continuó la voz, ahora más cerca, cálida contra mi nuca—. Hoy y siempre será así. Desde el primer instante en que respiraste supe que serías mi otra mitad, mi alma gemela. Aunque para algunos nuestra unión estuviera marcada por lo prohibido... jamás me importó.
Sentí una caricia invisible sobre mi mejilla.
Una mano tibia.
Real.
Demasiado real para ser un sueño.
—He desafiado a las estrellas y a la misma muerte para decírtelo cada día —susurró—. Te amo... y lo haré por los siglos de los siglos.
Mi pecho ardió.
Quise responderle. Gritar su nombre.
Pero no podía recordarlo.
La palabra danzaba en mi lengua, poderosa, sagrada, como si pronunciarla pudiera cambiar el destino entero del mundo.
Y entonces la oscuridad se quebró.
Una luz blanca y cegadora explotó frente a mí.
Un estruendo metálico me arrancó del vacío.
—¡Ya basta! —gruñí, incorporándome de golpe.
El despertador saltaba sobre la mesa de luz como si disfrutara torturarme. Estiré el brazo y lo lancé contra la pared. El plástico explotó en pedazos.
Silencio.
Respiré agitadamente mientras el eco de aquella voz seguía atrapado en mi pecho.
Otra vez ese sueño.
Otra vez esa sensación insoportable de haber perdido algo que jamás recordé haber tenido.
Me dejé caer sobre la almohada y cerré los ojos unos segundos.
Todavía sentía el calor de aquella mano sobre mi piel.
Como si alguien hubiera permanecido conmigo toda la noche.
Protegiéndome.
Amándome.
—¿Cuántos van este mes...? —murmuré cansada—. ¿Tres? ¿Cuatro?
Había perdido la cuenta.
Lo peor no eran los sueños.
Lo peor era despertar sintiendo que eran recuerdos.
Suspiré y me obligué a levantarme.
El calor húmedo de Luisiana ya atravesaba las persianas, mezclándose con el aroma a café recién hecho y el perfume del jazmín del jardín.
Arrastré los pies hasta el baño.
Cuando encendí la luz frente al espejo, me quedé inmóvil.
Durante un segundo, apenas un parpadeo, mis ojos dejaron de ser verdes.
Un destello dorado brilló en mis pupilas.
Como oro líquido bajo el sol del desierto.
Y desapareció.
Mi respiración se detuvo.
—Definitivamente necesito dormir más... —susurré.
Abrí la canilla y me mojé la cara con agua helada. Intenté convencerme de que era cansancio. Estrés. Imaginación.
Pero en el fondo sabía que no.
Últimamente pasaban demasiadas cosas extrañas.
Los sueños.
Las voces.
La sensación constante de que alguien me observaba cuando estaba sola.
Me puse un vestido ligero de flores y me recogí el cabello en una trenza descuidada. No pensaba volverme loca tan temprano.
Al bajar las escaleras, el ruido cotidiano me devolvió un poco a la realidad.
Mi padre, Jawad Arafat, ya estaba en la cocina tarareando una vieja canción árabe mientras preparaba café. A sus cincuenta años conservaba una energía contagiosa y esa sonrisa tranquila que hacía sentir seguro a cualquiera.
—¡Buen día, "Nur el-Ain, luz de mis ojos"! —exclamó al verme.
Me abrazó fuerte.
Siempre lo hacía así.
Como si temiera que el mundo pudiera arrebatarle aquello que más amaba.
Mi madre, Leila, apareció detrás de él con un montón de solicitudes universitarias bajo el brazo. Profesora de historia contemporánea en la Universidad de Luisiana, tenía esa elegancia natural que imponía respeto incluso usando pantuflas.
Me observó unos segundos.
—Sophie, otra vez leyendo hasta tarde. Tienes ojeras.
—Solo un poco, mamá. El examen me tiene nerviosa.
—Necesitas descansar más.
Antes de que pudiera responder, un pequeño misil humano atravesó la cocina.
Matthew.
Mi hermano menor de cinco años.
Entró arrastrando un dinosaurio de juguete con absoluta seriedad.
—¡Sofi! Hoy soy un dragón.
No pude evitar sonreír.
—Entonces cuida el castillo, dragón.
Le revolví el cabello y él rugió orgulloso.
Me llamo Sophiane Arafat, aunque todos me dicen Sophie. Tengo veintitrés años y, según la mayoría de las personas, soy rara.
Mi piel es demasiado clara para mis raíces árabes. Mi cabello rubio jamás pasó desapercibido. Y mis ojos... bueno, mis ojos siempre parecieron tener vida propia.
Verdes cuando lloraba.
Grises cuando me enojaba.
Celestes cuando estaba tranquila.
Y últimamente...
dorados.
Mis padres huyeron de Egipto cuando mi madre estaba embarazada de mí. Dejaron El Cairo atrás durante los años más oscuros de la guerra. Nunca me contaron todo lo que ocurrió allí, pero podía verlo en sus miradas cada vez que las noticias hablaban del Nuevo Egipto.
El miedo seguía vivo dentro de ellos.
Crecí en Nueva Orleans sintiéndome dividida entre dos mundos. Demasiado árabe para algunos. Demasiado americana para otros.
Pero mis padres jamás dejaron que eso nos destruyera.
Mi padre levantó su empresa desde cero.
Mi madre se convirtió en una de las profesoras más respetadas de la universidad.
Y yo...
yo terminé estudiando Restauración de Obras de Arte.
Siempre me gustó reparar cosas rotas.
Tal vez porque sentía que algo dentro de mí también lo estaba.
Mientras desayunábamos, las noticias murmuraban de fondo desde la televisión.
"...nuevas ejecuciones públicas en la capital del Nuevo Egipto..."
"...El Elegido promete estabilidad..."
"...La Sombra se adjudica otro sabotaje..."
El mundo ya no era el mismo.
Cincuenta años atrás, la Tercera Guerra Mundial casi destruyó a la humanidad. De las cenizas nació el Nuevo Egipto. Al principio prometieron orden.
Después llegó él.
Azael Walk.
El Elegido.
Nadie conocía su verdadero rostro, pero el miedo gobernaba en su nombre. Lo que comenzó como una revolución terminó convirtiéndose en una dictadura donde cualquier resistencia era castigada con sangre.
Frente a él estaba La Sombra, una organización rebelde que luchaba por devolver la libertad al mundo.
Pero la mayoría solo intentaba sobrevivir.
—"Tawakkal 'ala Allah, confía en Dios", hija —dijo papá mientras servía más café—. Lo que sea para ti llegará.
Asentí con una pequeña sonrisa.
Intenté creerle.
Porque necesitaba ganar aquella beca.
Era mi oportunidad de viajar al Museo de El Cairo para realizar una pasantía internacional. Solo pensar en Egipto hacía que algo despertara dentro de mí.
Como si una parte olvidada de mi alma perteneciera a ese lugar.
Como si alguien me estuviera esperando allí.
Y eso era absurdo.
Completamente absurdo.
Había otra cosa que no le había contado a nadie.
No eran solo los sueños.
A veces escuchaba voces.
Murmullos suaves en medio de la noche o entre la multitud.
No entendía el idioma.
Pero, de alguna manera imposible, comprendía el significado.
Como si mi alma recordara algo que mi mente había olvidado.
Si le dijera eso a alguien terminaría encerrada en terapia.
Así que sonreía, desayunaba y fingía normalidad.
Me quedé mirando el fondo oscuro de mi taza de café mientras una sensación extraña me recorría el cuerpo.
Entonces un viento helado atravesó la cocina.
El aire cambió.
Matthew dejó su dinosaurio sobre la mesa y empezó a dibujar distraídamente en el vidrio empañado de la ventana.
Mis ojos se clavaron en el símbolo.
Y el mundo pareció detenerse.
Era un ojo.
Perfectamente dibujado.
El Ojo de Horus.
Rodeado de líneas que se expandían hacia afuera como rayos... o advertencias.
Tragué saliva.
—¿Qué es eso, dragón? —pregunté intentando sonar tranquila.
Matthew se encogió de hombros.
—No sé. Lo vi en mi cabeza.
Mi madre frunció el ceño.
Mi padre subió el volumen de la radio demasiado rápido, intentando romper la tensión.
Pero yo no podía apartar la vista del dibujo.
El ojo parecía observarme.
Reconocerme.
Y entonces volvió el murmullo.
Más claro.
Más cerca.
Sin idioma.
Y aun así es completamente comprensible.
"El destino ya despertó."
El frío recorrió mi espalda.
No sabía qué estaba comenzando.
No sabía que mi vida estaba a punto de romperse para siempre.
No sabía que aquel sería el último día de mi existencia tal como la conocía.
Y el café...
ya estaba frío sobre la mesa.
El Peso del mañana
Sophie El aroma del café recién hecho inundaba la cocina, envolviendo cada rincón como un abrazo cálido. El vapor ascendía lento desde la taza, dibujando espirales blancas que se disolvían contra el techo antes de desaparecer. Pero para mí, el ambiente seguía teniendo ese rastro imposible de lluvia y arena. Como si el desierto hubiera decidido colarse entre los azulejos color crema de nuestra casa en Nueva Orleans y quedarse ahí, silencioso e insistente. Era absurdo. Estaba sentada en mi cocina, con el reloj marcando las siete y media y la radio murmurando noticias sin importancia. Y aun así, juraría que podía oler el polvo caliente del desierto mezclado con el café. Me obligué a concentrarme. En el sonido de la cuchara chocando contra la cerámica. En el crujido de la tostada bajo mis dientes. En la voz del locutor hablando de tráfico y calor. En el murmullo lejano de Matthew corriendo por el pasillo con alguno de sus juguetes. Intentaba volver al presente. A mi familia. A la

