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Vientos de Pasión — El Precio de la Esperanza

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Annotation

En un mundo donde el deber define cada decisión, Lady Lilian Cavendish ha pasado años aprendiendo a ser lo que se espera de ella. Pero hubo un tiempo antes de las expectativas. Un tiempo en el que todo era más sencillo, cuando la lealtad, la confianza y el afecto nacían de la infancia, no de la obligación. Gabriel Sinclair formaba parte de ese mundo. Arrancado de todo lo que conocía a los catorce años, desapareció sin explicación, dejando atrás un pasado que nunca llegó a olvidarse. Años después, regresa. Ya no es el muchacho que ella conoció, sino un hombre marcado por la ausencia, el control y una vida lejos de casa. El reencuentro no es lo que podría haber sido. El tiempo los ha cambiado. El silencio ha creado distancia. Y el mundo que los rodea ahora exige decisiones que ninguno de los dos es libre de tomar. Mientras Lilian se enfrenta a un futuro cuidadosamente trazado para ella, y Gabriel lucha con la vida que construyó lejos de todo lo que dejó atrás, ambos deberán aceptar una verdad que ya no pueden ignorar: Algunos lazos no se rompen con el tiempo… solo se ponen a prueba. Pero en una sociedad donde cada decisión tiene un precio, y donde incluso las mejores intenciones pueden conducir a consecuencias irreversibles, aferrarse al pasado puede costar más de lo que están dispuestos a perder. Porque, a veces… la esperanza no es suficiente.

Chapter 1

Gabriel tenía catorce años cuando comprendió, por primera vez, que era posible perderlo todo sin moverse del sitio.

Estaba de pie en el patio de la casa, inmóvil, con las manos frías y temblorosas a los costados, mientras su padre lo sujetaba del brazo. Hablaba con el duque de Cavendish, que había llegado hacía poco. Gabriel no entendía cada palabra con claridad, pero tampoco le hacía falta. Bastaban el tono de voz, la dureza de los rostros y la tensión suspendida en el aire para saber que algo había sido decidido sin que nadie se lo explicara.

—Este asunto no te concierne, Cavendish. El hijo es mío. Y la decisión también.

Gabriel se volvió de inmediato hacia su padre. El vizconde ni siquiera lo miraba. Hablaba con los ojos apagados, la voz espesa, y mantenía la mano clavada en su brazo como si temiera que echara a correr.

El duque se dispuso a responder, pero el vizconde lo cortó enseguida, apretando con más fuerza el brazo de Gabriel.

—No me interesa tu opinión. Mi hijo pagará por lo que perdí. Es la única forma de resolver este asunto.

Gabriel sintió que el estómago se le encogía.

¿Pagar?

¿Qué había perdido?

¿Y por qué tenía que pagar él?

Alzó la vista hacia su padre, esperando una explicación, pero solo encontró un rostro endurecido, cerrado sobre sí mismo. El duque dio un paso al frente, como si por un instante pensara en impedir aquello por la fuerza, pero se contuvo. Su mirada se cruzó con la de Gabriel durante un breve momento y luego volvió al vizconde, más dura.

—Sinclair, es tu hijo. ¿Eres consciente de lo que estás haciendo? El peso de esta decisión no caerá sobre ti, sino sobre él. Y te aseguro que nunca olvidará lo que le haces hoy.

Gabriel respiraba. La sangre le latía en los oídos y, de pronto, el patio le pareció lejano, como si estuviera oyéndolo todo a través del agua.

Dentro del carruaje del duque, Clara apretaba el pequeño medallón que llevaba al cuello. Estaba allí porque Lilian se había negado a quedarse en casa. En cuanto supo que su padre iba a la casa de los Sinclair, insistió en acompañarlo; pataleó, lloró, suplicó, hasta que el duque acabó cediendo. Y Clara había ido con ella, como siempre. Las dos observaban todo desde el interior del carruaje.

—Padre... —dijo por fin Gabriel, y su propia voz le sonó extraña, más baja, casi insegura.

Tragó saliva y se obligó a continuar.

—¿Qué quiere decir? ¿Adónde voy?

Su padre desvió la mirada. Fue eso, más que cualquier palabra, lo que hizo nacer el miedo verdadero.

—Es por tu bien, Gabriel. Vas a aprender a ser fuerte.

Por fin la presión de la mano de su padre sobre su brazo cedió, y esa mano subió hasta su hombro en un gesto breve, vacilante, como si quisiera pedir perdón sin saber cómo hacerlo. Gabriel sintió aquel contacto casi con más violencia que la dureza anterior.

Abrió la boca para insistir, para exigir que su padre hablara con claridad, pero antes de que pudiera decir nada, un grito cortó el aire.

—¡Gabriel!

Lilian saltó del carruaje antes de que nadie pudiera detenerla. La falda se le enganchó por un instante, pero se la soltó sin mirar. Se detuvo a pocos pasos, jadeando, con los ojos clavados en él. El corazón de Gabriel se le apretó aún más al verla allí, como si su presencia volviera todo irremediablemente real.

—¿Por qué se lo llevan? —preguntó ella, con la voz ya temblorosa de miedo—. ¿Adónde va?

Gabriel se volvió hacia ella, incapaz de responder.

—Lilian —dijo el duque, seco—. Vuelve dentro.

—¡No! —dio un paso al frente—. Es mi amigo.

—Vuelve al carruaje. Ahora.

Ella negó con la cabeza, apretando los dedos contra la tela de la falda.

—No pueden llevárselo así. No pueden.

La mirada del duque se endureció.

—Lilian.

Ella se quedó inmóvil un instante, como si se negara a entender. Luego se volvió hacia Gabriel, con la voz más baja, más urgente.

—Gabriel...

—Ve, Lilian —repitió el duque, esta vez sin alzar la voz, pero sin dejarle elección.

Lilian no obedeció enseguida. Miró a su padre, luego a Gabriel, perdida entre el miedo y la rabia, como si esperara que alguno de los dos dijera por fin algo que pusiera fin a aquella locura. Pero el vizconde seguía inflexible, y Gabriel, inmóvil bajo su mano, ni siquiera sabía por dónde empezar a defenderse.

Despacio, a regañadientes, ella retrocedió un paso. Luego otro. Las lágrimas empezaron a llenarle los ojos, no solo de miedo, sino también de impotencia. ¿Por qué nadie le respondía?

Gabriel comprendió entonces que ella tampoco aceptaba lo que estaba ocurriendo.

De pronto, Lilian se giró y volvió al carruaje sin mirar a nadie más.

Entonces el cochero apareció a su lado y le puso una mano firme en el hombro.

—Es hora de partir, muchacho.

Gabriel se aferró a la manga del abrigo de su padre con dedos temblorosos.

—Padre...

El vizconde abrió la boca. Gabriel esperó. Esperó una palabra, una orden, una negativa, cualquier cosa que anulara aquel instante y lo devolviera al lugar en el que siempre había estado.

Pero no llegó nada.

Su padre apretó los labios, incapaz de darle ni siquiera eso.

Gabriel lo miró un instante más. Fue entonces cuando comprendió, con una claridad dura y helada, que su padre iba a entregarlo sin darle explicación alguna.

Soltó la manga despacio.

Luego volvió el rostro hacia Lilian. Ella estaba junto al carruaje, medio escondida, con los ojos brillantes de lágrimas. Gabriel quiso decirle que no entendía nada, que no quería irse, que tenía miedo. Quiso decirle que no lo olvidara.

Pero lo único que salió de sus labios fue:

—Prometo que volveré.

Su propia voz le sonó extraña.

Subió al carruaje, que arrancó con una sacudida, alejándolo del único hogar que había conocido. Durante un momento no miró atrás. Permaneció rígido en el asiento, respirando con dificultad, como si aún esperara que el viaje se interrumpiera.

Solo cuando la casa empezó a quedar atrás apoyó la frente en la ventanilla y cerró los ojos por un instante, intentando contener la opresión que le subía al pecho.

Entonces oyó la voz de ella.

—¡Gabriel!

Abrió los ojos de golpe.

Lilian había salido corriendo desde el carruaje de su padre y ahora iba tras el carruaje que se lo llevaba, por el camino irregular, tropezando, secándose las lágrimas con el dorso de las manos, sin rendirse. Gabriel se enderezó por puro impulso, con la mano ya apoyada en el cristal, como si eso bastara para acercarse a ella.

—¡No te vayas! —gritó Lilian.

La voz le llegó amortiguada por el ruido de las ruedas y por la distancia, que crecía a cada instante. Gabriel no respondió. No porque no quisiera, sino porque sintió que la garganta se le cerraba de tal forma que cualquier palabra lo habría quebrado.

Siguió mirándola.

La vio correr un poco más. La vio vacilar. La vio caer de rodillas sobre la tierra. Aun así, ella levantó el rostro hacia el carruaje, como si pudiera alcanzarlo con solo seguir mirando.

—Por favor... —le llegó todavía, casi borrado.

Gabriel se apartó de la ventanilla y bajó la cabeza. Las manos le temblaban ya sin remedio. Se mordió el interior de la mejilla con fuerza, negándose a llorar, negándose a darle a su padre siquiera esa satisfacción.

Pero la imagen de Lilian arrodillada en el camino se le quedó clavada de un modo que supo, incluso con catorce años, que jamás desaparecería.

El duque se acercó a su hija en silencio. Se agachó, la tomó en brazos y la alzó contra su pecho. Lilian se aferró al cuello de su padre, llorando sin contenerse, mientras él la llevaba de regreso hacia el carruaje. Clara la esperaba todavía dentro, pálida, quieta, con los ojos llenos de lágrimas.

Gabriel los vio por última vez antes de que el camino doblara.

Después, la mansión desapareció de su vista.

Y comprendió que todo cuanto había conocido le estaba siendo arrancado.

Chapter 2

El viaje fue largo y silencioso, roto solo por el rechinar de las ruedas sobre el camino de tierra. Cuando el carruaje se detuvo por fin, el cielo ya estaba teñido de sombras oscuras.

Gabriel miró por la ventanilla y distinguió un puerto pequeño y aislado. Un barco aguardaba junto al muelle, con los mástiles balanceándose contra el cielo.

La puerta del carruaje se abrió de golpe con un chasquido seco, y Gabriel comprendió que tenía que bajar. Descendió los escalones y sus pies tocaron el suelo frío, mientras una sensación de desasosiego se le extendía por el cuerpo. El olor a sal y algas flotaba en el aire, y el sonido de las olas golpeando el muelle parecía una advertencia sombría de que ya no había vuelta atrás.

—¿Este es el muchacho?

La voz llegó antes que la figura. Grave, áspera, marcada por años de mando.

Gabriel se volvió.

El hombre ya estaba allí, demasiado cerca. Alto, inmóvil, con el rostro surcado por una cicatriz que le cruzaba el lado

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