
EL PRECIO DE LA SANGRE
- Género: Romance
- Autor: Ailid Rosher
- Capítulos: 24
- Estado: En curso
- Clasificación por edades: 18+
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- ⭐ 7.5
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Sinopsis
EL PRECIO DE LA SANGRE Un solo beso puede desatar el mayor de los secretos. Amanda Herrera Rivas nunca había probado el vodka con maracuyá. Tampoco sabía lo que era ser mirada hasta que Mateo, el diseñador más guapo de la editorial, la besó en la fiesta de fin de año. Pero lo que nació como un sueño se convirtió en una pesadilla: a la mañana siguiente, su propio padre reconoció en Mateo al hijo que tuvo con otra mujer hace veinticinco años. El amor más puro se transforma en el pecado más oscuro. Porque ahora Amanda y Mateo deberán enfrentarse a una verdad que sus padres ocultaron durante décadas, sin saber que alguien más está dispuesto a todo para que ese secreto jamás salga a la luz. ¿Hasta dónde llegarías tú por amor, incluso si el precio fuera tu propia sangre?
El precio de la sangre
Capitulo 1: El vértigo de un solo beso
Amanda Herrera Rivas nunca había probado el vodka con jugo de maracuyá. Ni siquiera sabía que existía. Pero esa noche, en la fiesta de fin de año de la editorial Alba Literaria, Andrea le puso un vaso en la mano y le susurró al oído con ese aliento a menta y seguridad que solo ella poseía:
—Hoy te sueltas el moño, preciosa. Basta de ser la secretaria aburrida e invisible.
El salón estaba envuelto en una luz dorada y tibia, como si el sol de diciembre se hubiera colado entre las cortinas de terciopelo. Guirnaldas de luces parpadeaban sobre las cabezas de los empleados, y una música suave de saxofón invitaba a bailar, a olvidar las horas extras, a creer que el año nuevo traería algo distinto. Amanda sonrió con esa sonrisa tímida que usaba como escudo desde los quince años, cuando su madre le dijo que era "bonita, pero no para lucirse". Tenía veinticinco, hablaba bajito, vestía colores neutros —grises, beiges, negros que no llamaban la atención— y llevaba seis meses enamorada en silencio de Mateo Torres Méndez, el diseñador gráfico estrella de la empresa.
El que creaba portadas que ganaban premios. El que reía fuerte en la oficina y se detenía a preguntarle cómo estaba, pero con un cariño tan limpio e inofensivo que a veces dolía más que el desprecio. Porque él la trataba como a una hermana pequeña, y ella quería ser todo menos eso.
Pero esa noche era distinta. El vestido azul medianoche —comprado en una liquidación, el único que se atrevió a llevar— se ceñía a sus curvas como un secreto que su cuerpo ya no quería guardar. La tela de seda fría acariciaba sus hombros desnudos, y el escote, discreto pero sugerente, dejaba ver la clavícula donde su pulso empezaba a acelerarse. El vodka con maracuyá le bajaba por la garganta como una dulce trampa: primero un escalofrío, luego un calor que se extendía desde el pecho hasta la punta de los dedos. Para el tercer vaso, Amanda se sentía menos invisible, más mujer, como si el alcohol hubiera encendido algo que llevaba años dormido: un deseo profundo, casi olvidado, de ser vista, de ser tocada, de ser querida no con ternura, sino con hambre.
Miró a Mateo y sus ojos se iluminaron. Siempre lo veía, pero esa noche fue diferente. Su piel se erizó al encontrarse con la mirada de él, y su corazón palpitó tan fuerte dentro de su pecho que temió que todos lo oyeran. Él estaba apoyado contra la barra de mármol, con una copa de whisky en la mano, su camisa blanca desabotonada en el primer botón, el cabello oscuro ligeramente despeinado. Hablaba con Andrea, pero su mirada —y esto Amanda lo supo con una certeza que la atravesó como un puñal— no estaba en Andrea.
Mateo Torres Méndez la observaba desde la barra. A su izquierda, Andrea lo acechaba envuelta en un vestido rojo, fuego puro, labios carmesí, confianza desbordante. Llevaba meses persiguiéndolo con mensajes a deshora y caricias disimuladas en el ascensor. Él se había dejado llevar, había confundido el deseo con amor. Pero no. Aquello era ruido. Y Amanda… Amanda era música callada que él aún no sabía escuchar, pero que esa noche, por primera vez, comenzaba a oír con claridad.
Se acercó a ella con la excusa de preguntarle si estaba bien. Amanda levantó la cabeza, los ojos brillantes por el alcohol y por algo más, las mejillas encendidas como si las luces de la fiesta se hubieran posado en sus pómulos, y soltó una risa que lo desarmó por completo. Una risa espontánea, cálida, genuina, que a Mateo le recorrió el pecho como un golpe de aire fresco en medio de una habitación cerrada.
—Mateo… —dijo ella, inclinando la cabeza con una osadía que ni ella misma se reconocía—. ¿Tú no te cansas de ser tan buen amigo?
Él sintió un escalofrío. No supo si era reproche o una invitación. Pero la boca se le secó y el corazón le latió en la garganta. Se miraron un segundo de más, un segundo eterno donde el ruido de la fiesta se convirtió en un murmullo lejano, como el mar encerrado en una concha. El roce de sus pieles, y el contacto de sus brazos al estar tan cerca, fue un idioma sin palabras; los vellos de ambos se erizaron al encontrarse, como si cada poro despertara de un largo invierno. Él deslizó los dedos por su cintura —un gesto casi inconsciente, como si su mano hubiera estado esperando ese permiso— y sintió cómo la electricidad diminuta viajaba desde la yema de sus dedos hasta la nuca de ella, donde el cabello se alzaba, ligero, como si el viento de su propio pulso lo moviera.
Ella se tambaleó. No era el alcohol; era el peso de seis meses de deseo contenido que de repente se volcaba sobre ella como una ola. Él la sujetó de la cintura con una firmeza que la sorprendió. Fue un roce mínimo, eléctrico, prohibido. Su mano, grande y cálida, se coló en la curva de su espalda, justo donde la tela del vestido azul se volvía más delgada, enviándole una descarga directa a la piel que le erizó todo el costado.
—Nunca te había visto así, Amanda —murmuró él, con la voz más grave de lo habitual, como si las palabras le costaran salir.
—Porque nunca me habías visto —respondió ella, y había en su tono un reproche suave, pero también una invitación que ella misma no sabía que llevaba dentro.
Mateo sintió que el suelo se abría bajo sus pies. Se quedó sin palabras, atrapado en las luces doradas que se reflejaban en los ojos de ella, en ese azul profundo que nunca había notado tan brillante. Y entonces, sin pensar, como si un resorte interno lo moviera, la arrastró unos pasos más atrás, hacia la penumbra que dejaba una de las columnas del salón, lejos de las miradas curiosas y de la voz chillona de Andrea. Allí, en ese rincón de sombras y secretos, el mundo se redujo a dos personas que dejaban de ser invisibles para el otro. Se inclinó y la besó.
Al principio fue un beso breve, torpe, deliciosamente inacabado. Un roce de labios que preguntaba y respondía al mismo tiempo. Pero el contacto desató un hambre que ambos llevaban meses ocultando bajo capas de indiferencia y amistad. Mateo soltó un sutil gemido ahogado y profundizó el contacto, atrapando el labio inferior de Amanda con una urgencia que le cortó la respiración. Ella enredó sus dedos en el cabello oscuro de él, tirando ligeramente, entregándose por completo al vaivén de sus bocas, sintiendo cómo el mundo entero se reducía a la presión de su lengua, al sabor del whisky mezclado con el maracuyá, al calor que irradiaban sus cuerpos cada vez más juntos.
El agarre de Mateo en su cintura se volvió posesivo, apretándola contra él hasta que Amanda pudo sentir la firmeza de su pecho y el latido acelerado que retumbaba como un tambor. La lengua de Mateo exploró la suya con una lentitud descarada, saboreando el dulce rastro de la fruta mezclado con el fuego puro de la tentación. Los dedos de él delinearon la línea de sus caderas a través de la seda azul, trazando círculos que prometían más, que exigían más. El mundo alrededor se apagó por completo; solo existía el roce húmedo de sus bocas, la respiración compartida, el roce de sus frentes cuando se separaron solo unos milímetros para tomar aire y volvieron a juntarse como imanes.
Cuando por fin se separaron, jadeantes, los labios de ambos brillaban húmedos bajo la luz tenue. Amanda sintió que el vértigo no era del vodka, sino de él, de ese beso que le había robado el aire y le había devuelto algo que creía perdido: la certeza de que era deseable, de que podía ser más que la sombra de sí misma.
—Llevo seis meses esperando esto sin saberlo —confesó Mateo, con la voz ronca, la respiración entrecortada y los ojos clavados en los de ella, como si buscara en ellos una confirmación de que no estaba soñando.
Amanda abrió la boca para responder, pero no encontró palabras. Solo acarició su mejilla con la punta de los dedos, y ese gesto fue más elocuente que cualquier frase.
A cinco metros, Andrea miraba la escena desde la barra. Su mano apretó la copa de champán hasta casi romperla. Sus nudillos se pusieron blancos bajo la luz de las guirnaldas. Su sonrisa, de carmín perfecto, se congeló en una mueca que nadie notó. No dijo nada. Pero su silencio era un veneno frío que empezaba a gotear, lento, sobre el suelo de la fiesta. Sus ojos, oscuros como el carbón, registraron cada detalle: la forma en que Mateo envolvía a Amanda, la manera en que ella se abandonaba en sus brazos, la humedad de los labios de él al separarse. Andrea no era una mujer que aceptara perder. Y aquella noche, en aquel rincón de sombras, alguien acababa de ganar algo que ella consideraba suyo por derecho. Su teléfono vibró en el bolso. No lo miró. Solo siguió observando, como una depredadora que calcula el momento exacto del ataque.
Aquella noche Amanda llegó a su pequeño apartamento flotando. Se quitó los zapatos en la entrada, sintiendo la alfombra fría bajo sus pies descalzos, y se tocó los labios frente al espejo del baño. Aún los sentía hinchados, calientes, marcados por el fuego de Mateo. Se miró un largo rato, reconociendo con asombro y orgullo a la mujer sensual que le devolvía la mirada: los ojos brillantes, el cabello ligeramente desordenado, la sonrisa que no podía borrar. Se desvistió lentamente, como si cada prenda fuera un recuerdo que quería conservar, y se metió en la cama abrazada a la almohada, reviviendo el roce de sus manos, el peso de su cuerpo contra el suyo, el sabor de su boca. Su teléfono parpadeó sobre la mesita de noche. Un mensaje de un número desconocido. Lo abrió con el pulso acelerado, esperando que fuera Mateo. No lo era.
El mensaje decía solo tres palabras: "Disfruta mientras puedas."
Amanda se quedó inmóvil, el corazón pasando de la euforia al frío en un parpadeo. Miró el número, intentó recordar si conocía esa tonada, pero no. Dejó el teléfono boca abajo y apagó la luz. Pero esa noche, aunque cerró los ojos, no logró dormir del todo. Algo se había roto, o tal vez algo había comenzado. Y no sabía si era el principio de un sueño o el inicio de una pesadilla. Tampoco sabía que ese mensaje lo cambiaría todo.
No te pierdas el próximo capítulo…
Capítulo 2: El beso
La mañana después de la fiesta, Amanda despertó con el sabor del vodka aún en la lengua y el recuerdo del beso palpitándole en los labios como un segundo corazón. Se quedó unos minutos bajo las sábanas, mirando el techo, sin atreverse a moverse. No quería que el hechizo se rompiera. Afuera llovía suave, y el olor a tierra mojada entraba por la ventana entreabierta como una bendición. El reloj de la mesita marcaba las diez, pero a ella le parecía que el tiempo se había detenido la noche anterior, justo en el momento en que Mateo la besó.
Se levantó descalza, sintiendo el frío de las baldosas en la planta de los pies, y fue al baño. Se miró al espejo con detenimiento. Tenía el cabello revuelto, las mejillas todavía sonrosadas y una sonrisa tonta que no lograba borrar por más que lo intentaba. Se tocó la boca con la punta de los dedos, como si aún sintiera a Mateo allí, como si el beso hubiera dejado una marca de fuego que palpitaba con solo recordarla. Se inclinó hacia el espejo











